Carrera del 1 de enero de 2008.

Aparte del placer de correr bajo la luna cuando se va y viene el sol, aparte de sentir la muelle arena bajo nuestros pies mientras nos salpican las crestas de las olas traídas por la brisa, aparte de triscar como las cabras rozándonos con romeros, tomillos, mentas, cardos y manzanillas, aparte  de esquivar el agua saltando sobre las piedras del inesperado río Seco, aparte de esos conejos que despiertan sobresaltados a nuestro paso y se pierden veloces entre matorrales, aparte de esas bandadas de pájaros que sucesivamente van formando figuras geométricas que ni Euclides, aparte de todo eso, los esforzados corredores de A to trapo no se sacian con unas botellas descorchadas en la noche al ritmo de las campanadas que marcan los relojes de donde quiera que sea, «Londres, Madrid, Ponferrada..» .

Necesitan sumergirse en el piélago, verse envueltos y rodeados por esas gélidas aguas que quizá proporcionen la invulnerabilidad de Aquiles o quizá algún catarro, como a aquellos jóvenes espartanos que se bañaban en las frías aguas del río Eurotas para fortalecer el cuerpo y la mente.

Al amanecer del primer día del año y reconociéndonos apenas en la semioscuridad del jardín, comenzamos la carrera que nos lleva por sendas y asfalto, cada vez más floreciente, hasta el mar donde el sol nos espera para mostrarse. Lo saludamos y seguimos corriendo junto al mar y viendo gaviotas y nubes a lo lejos mientras él,  espejismo del sol deslumbrado, cree vernos correr sobre las olas cuando pisamos donde ellas acaban de besar la arena.

Así hasta llegar al Cabo de la Huerta después de haber sorteado las algas que buscan el cobijo del remanso.

Allí  comienza el camino por la tierra pedregosa que se va convirtiendo en piedra terrosa, todo el mar por delante, casi cayendonos al mar empujados por las obscenas construcciones que se abalanzan sobre nosotros.

¡El más ostentoso chalet  no vale una piedra desnuda!

Al fin y por escarpadas cornisas llegamos a las rugosas rocas desde donde nos lanzamos al frío mar que, misericordioso, nos escupe veloces a la roca desde la que lo miramos y volvemos a saltar a la horadable plancha azul moviente.

Después nos ponemos el equipo haciendo equilibrios sobre la, para nuestros delicados pies, inhóspita piedra y cobijados en las cuevas que el mar ha ido lamiendo en la roca, sigue el festín, champán, dulces, turrón, dátiles y brindis.

Al fondo una meada, una flor, todo, no sé qué más, tan poético…

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 3 de enero de 2008.