Serena furia

Ya sé que a veces nos desborda la furia por tantas cosas…

Porque a tu hijo lo han despedido del trabajo. Porque tu amigo, aquel sin el que no ibas a ninguna parte, ya te ha abandonado hace tiempo. Porque anoche la inquietud y el calor ayudados por los mosquitos no te han dejado descansar a pierna suelta. Porque los hijos de puta que andan sueltos por casi todas partes.

Porque el encargado de trasladar los muebles a otro sitio te ha llamado diciendo que no podía de ninguna manera cuando tú ya lo estabas esperando con la puerta abierta. Porque ese dolor intermitente de espalda, que por un tiempo te había olvidado, ha vuelto a la carga. Porque no sabes por qué te has levantado con el pie izquierdo. Porque el Gobierno de turno, siempre el gobierno, ¡menos mal!, al menos tenemos a quien echarle el muerto. Porque acabas de enterarte, aunque ya lo suponías y no te ha sorprendido tanto como podías imaginarte, de que efectivamente aquella sospechosa licencia de obras había sido resultado de unas comisiones. Porque las farmacéuticas, como por otra parte han hecho siempre, están interesadas en sus balances de beneficios y hacen caridad con los países del tercer mundo de medicamentos, eso sí, ya caducados. Porque muchos políticos, algunos ya en prisión, después de encabezar campañas de recogida de dinero para auxiliar a países destrozados por huracanes, se lo hayan embolsado en sus cuentas particulares. Porque aquel desvío del tráfico por la circunvalación en nombre del bien público haya sido para evitar los ruidos en la calle del alcalde.

Porque aquella licencia de ocupación de la vía pública a determinados bares haya sido para asegurarse los votos de sus dueños y familia.

Porque… ¡Hay tantos motivos para la furia!

Pero seamos eclécticos.

También los hay, si no para la dicha, para la felicidad, términos de cuya correspondencia con la realidad algunos dudan, sí al menos, tampoco para la resignación, eso faltaba, que el poco o mucho tiempo que vivimos tuviéramos que estar resignados, antes que eso, siempre, siempre, prefiero la rebeldía. No es que la prefiera, es que me rebelo ante la resignación. Ya ha pasado el tiempo de ser esclavos. ¿Ante quién? ¿Qué dios ni patria ni rey va a sojuzgarnos? Ya parece algo trasnochado aquel grito, pero por si acaso lo repito a los cuatro vientos: ¡Fuera las cadenas!, ¡Abajo las cadenas! Seamos o, mejor, sintámonos libres por una vez en la historia. También sé que desde Espartaco y seguramente desde mucho antes, quizá desde los sumerios o desde los egipcios, desde cuando se produjera el primer abuso, el rayo de la furia, de la rebeldía, de la justicia, prendió en el corazón de sus víctimas y de sus testigos hasta convertirse en un clamor irresistible que acabó en casi todos los intentos, en el fondo fracasados, de eliminar aquellas injusticias que los provocaron. También hay motivos, decía, si no para la dicha, sí al menos para la calma, para la serenidad. Para poder ir viviendo sin querer morir de vez en cuando.

¡Cómo no voy a recordar aquella historia de un longevo rey árabe que, haciendo recuento de sus momentos de felicidad después de gobernar en paz sus reinos durante más de 60 años, le sobraban los dedos de una mano para contar las horas que la había alcanzado!

La furia puede librarnos de más explotación, la calma hacernos más llevadera la existencia. Quizá una adecuada dosis de ambas pueda ayudarnos a vivir sin hincar la rodilla ante nadie y a sonreír de vez en cuando.

San Juan, 26 de agosto de 2020
José Luis Simón Cámara.

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