Un día más

Hoy, 19 de Marzo, he salido a correr con mis amigos hasta el mar, revuelto, de olas ennegrecidas por las algas. Hemos perdonado el baño habitual. Ya en casa, ejercicios de estiramiento, ducha y afeitado. Nada fuera de lo normal. Mientras me afeitaba he recordado aquel día de cumpleaños, hace ya quince, en que minutos después de afeitarme y acicalarme para echarme a la calle y celebrar la fecha, me llamó mi hermano para decirme que acababa de morir en Valencia nuestro amigo Alfredo. Sin pretenderlo, he asociado, eran los mismos ritos, el santo con aquel cumpleaños. Como mis nietos españoles, la otra pequeña vive en los fríos países del Norte, comían previsiblemente con su padre, los he invitado a desayunar en Cittá Nostra, una cafetería de San Juan que les gusta por sus croissants. Ahora la posibilidad de celebraciones culinarias se limita al desayuno o comida porque la cena queda excluida por las restricciones de la pandemia. Inma y yo hemos ido, por salir de la monotonía, hasta Alicante a tomar unas cañas. Allí me ha regalado la última novela de Cercas, “Independencia”. De regreso a San Juan hemos parado en Santa Faz, donde los niños comían con su padre y Patricia, camarera del restaurante “Probar” nos ha hecho un hueco en el interior. Ha acudido también mi hija para comer juntos. Mi nieto, Juanito, aparecía y desaparecía con un amigo, engullendo berberechos o “presa” con patatas, como si no hubiera comido, como había ocurrido. Con discusiones cruzadas entre padres, hija y nietos, como si fuera el destino ineludible, hemos acabado el agridulce postre y regresado a casa. Yo arriba a descansar un rato e Inma abajo, supongo que a lo mismo. He dormido la siesta pensando, como me he despertado, que vaya mierda de vida. Ni siquiera un día tranquilo, cualquiera que sea, el de tu cumpleaños, el de tu santo o cualquier otro día de tu vida. Con ese habitual sabor amargo, ya lavados los dientes, he bajado a preparar una infusión, adictos de un tiempo a esta parte, ella manzanilla, yo té. Mientras iba y venía en silencio lamentando mi suerte he recordado, apenas se me van de la cabeza, el triste destino, no de aquel amigo, también triste, que se marchó hace ya quince años, ni tampoco el de los que se han ido marchando hace diez, ocho o cinco, ¡ay dios!, están muriéndose ya casi todos los años. Me refiero ahora a los últimos, a Mercedes, a Pepe, a Lillian, muertos hace apenas unos días y casi sin darse cuenta, casi sin saber que se morían, casi sin poder despedirse de sus hijos, de sus hermanos, de sus amigos. Sin poder despedirse de la vida. Y pensar en todos ellos, sin posibilidad de risa, sin posibilidad de llanto, sin posibilidad de vinos ni de soles ni de lunas ni de cantos. Y yo, miserable, amohinado por unas discusiones que no son más que una muestra de la vida, de esta vida que disfruto en todas sus manifestaciones, festivas y dolorosas, lo propio de la vida. Cuando le llevo la infusión a Inma recojo el libro de regalo sobre la mesa y lo ojeo entre las manos. Me sorprenden unas letras manuscritas, no es ella aficionada a las dedicatorias, que transcribo sin comentario:

“Este regalo de tu santo se adecúa perfectamente al día de hoy, lluvioso, gris, pandémico,… y un poco conflictivo, como los últimos años. A pesar de eso, hemos celebrado un año más sin renunciar a nuestras cañas y vinos.

Con amor. Inma.”

San Juan, 19 de marzo de 2021.
José Luis Simón Cámara.

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