De Legazpi a Legazpi

El cambio de ubicación de la empresa en la que trabajaba Lucas alteró su vida por siempre. Todo empezó catorce años atrás, cuando la factoría -que le pillaba a diez minutos de casa- se trasladó al otro lado de la ciudad, por el distrito de Canillejas. Desde entonces tenía que tomar cada día el metro y hacer tres transbordos antes de llegar a su nuevo lugar de trabajo. El trayecto le llevaba no menos de una hora y cuarto y otro tanto la vuelta, ya anocheciendo.

No tardó Lucas en darse cuenta de la gran cantidad de usuarios del metro que ocupaban el tiempo leyendo. Observó que cada uno llevaba su propio libro y permanecía absorto en la lectura hasta que llegaba a su destino. «¿Y por qué no, yo también?» se preguntó un día. Aunque no era aficionado a los libros -le pareció recordar que su última lectura había tenido lugar en tiempos del Instituto, obligado por el programa-, no encontró mejor forma de ocupar esas dos horas y media diarias. Al tiempo que se distraía, se le harían más cortos los desplazamientos.

¿Y por dónde empezar?. Decidió hacerlo por aquel librito en cuya lectura había observado que coincidían varios viajeros: La Colmena. Sin duda una buena elección porque ¿qué era la red de transportes públicos de Madrid sino una inmensa colmena con un constante deambular de individuos entre celdas o estaciones?. Además recordaba haber visto al autor por la tele y le caía bien por su frescura y desparpajo.

A La Colmena siguieron más títulos del mismo autor y después de otros escritores que seleccionaba observando lo que leían los viajeros con los que compartía vagón. Los momentos de traslado se convirtieron en los más placenteros de cada jornada. Por otra parte, su abstracción en la lectura le aislaba del resto de viajeros y le evitaba tener que ceder el asiento a inválidos, mujeres o personas mayores.

Hace un año, su jubilación estuvo a punto de poner fin a tan gratificante hábito. Lucas pensó que ahora, que tenía más tiempo, podría dedicar más horas a la lectura en casa. Pero Nieves, su mujer, no había pensado lo mismo. Cuando Lucas, después de desayunar, se sentaba en el salón a leer, no tardaba Nieves en aparecer con la aspiradora pidiéndole que se cambiara de sitio. Si no tocaba limpieza tocaba compra y tenía que acompañarla al mercado, y cuando nada de eso ocurría, Nieves se sentaba a su lado y ponía la tele, con lo que Lucas no podía concentrarse en la lectura más de un minuto.

Decidió ir a la biblioteca del barrio pero el silencio absoluto de la sala de lectura le cohibía y tensionaba, hasta el punto de que no podía aguantar mucho tiempo en aquel lugar.

Tras pensarlo detenidamente, Lucas llegó a la conclusión de que el mejor lugar para disfrutar leyendo era el metro, y que para no verse interrumpido por el principio y final del trayecto, lo más adecuado era tomar la línea Circular que da vueltas sin fin todo el día en ambos sentidos.

Desde entonces Lucas sube todos los días en Legazpi, a veces en dirección a Pacífico y otras, por variar, a la contraria, hacia la Plaza Elíptica, y pasa varias horas leyendo con el trasfondo del traqueteo, de los pitidos de las paradas, del sonido de las puertas cuando se abren y se cierran, de los avisos de megafonía anunciando próximas estaciones, de los músicos mendicantes. Sólo el estómago, cuando reclama su sustento, es capaz de sacar a Lucas de su abstracción. Levanta la mirada para ver en qué estación se encuentra y calcula las que faltan hasta Legazpi para salir a comer o cenar en casa.

Quienes conocemos el caso de Lucas y utilizamos de vez en cuando la línea Circular, tratamos de descubrirlo observando a los pasajeros que van leyendo. Es imposible. Siempre hay no menos de 6 o 7 viajeros, de cierta edad, tan absortos en su lectura que en ningún momento alzan la vista por ver en qué estación se encuentran. Cuando abandonamos el vagón allí siguen, como petrificados, en el mismo asiento en que los encontramos.

Rafael Olivares