A to trapo

  • Dia X

Digamos que la enjundia del heterogéneo grupo que jocosamente serios o seriamente jocosos formamos se ha ido elaborando, no en despachos llenos de ordenadores que teledirijan la más mínima ramificación capilar del atleta, sino a golpe de carrera, mientras el cerebro se golpetea con el suelo amortiguado por los pies, que cada día, abrazan a la madre tierra por veredas, sendas y rastrojos hasta alcanzar el mar.

El mar inmenso. Frente a nosotros, junto a nosotros, a veces, en el suave invierno, esperamos la ola propicia para mojarnos manos, brazos y cara mientras nos llegan los primeros rayos del sol naciente.

Y llenos de sol y de sal y de arena regresamos al quehacer diario.

Otros días mientras corremos, Rodolfo, el galeno, nos cuenta sus experiencias en la Residencia:

Anoche ingresaron a un chico árabe con una puñalada en la barriga. Veinte años. Muerto. Nadie lo conocía, lo llevaron al hospital otros árabes avisados por unos gitanos.

Y llegamos, por la vereda de los pavos reales, a donde están los que le dan el nombre.

A veces nos encontramos con una manada de 50 o 60 pavos que tranquilamente saltan y bailan, rebasando unos la valla, otros posándose en ella y algunos subiendo a las altas ramas de los pinos.

Su plumaje, los  escasos días de lluvia, irisado por el sol naciente nos produce una explosión de color no vista en el «National Geographic».

 

  • Dia Y

A días tomamos la vereda de los canes. El trino de los pájaros es un concierto «molto allegro» encaramados en la higuera o el cañaveral.

Al cruzar los cuatro caminos nos reciben los ladridos de la  casa roja, 3 o 4 perros que nos siguen un trecho tras la alambrada y dan aviso al «gran Kan», un mastín de ladrido ronco y poderoso que sobrepasa la valla cuando estaba atado, pero pronto anduvo suelto para sobresalto de caminantes.

Después al seguirnos tras la valla buscaba su hueco en la misma y nos salía al encuentro con zancada envidiable a pesar de nuestro ritmo acelerado. Cruza el camino, le ahuyentamos. Ya otro día vamos provistos de palos o cañas porque no sabemos si por familiaridad o malas intenciones se aproxima demasiado.

Algunos días lo rehuimos y tomamos otros derroteros pero finalmente pasamos sin problemas, lo saludamos, amigo, tranquilo, y seguimos.

Últimamente incluso nos ha llegado a dar pena porque, aburrido y cojeando, ha perdido su antiguo poderío.

 

San Juan, 28 de Octubre de 2000

José Luis Simón Cámara