El sacrificio del mensajero

El solo hecho de aceptar como premisa de trabajo la posibilidad de que EEUU pretendiera eliminar a la periodista italiana es descorazonador.

Aunque encaja perfectamente en la lógica maquiavélica que desencadenó la guerra.

«El fin justifica los medios»

Todo está permitido al que dicta la ley. Porque él hace la ley. Porque él es la ley.

Y ¿cuál es la ley?

¿Cuáles son las leyes?

La primera es: yo soy el amo.

Y el amo tiene la tranca más grande, la pistola más moderna, la bomba más mortífera.

Solo él y sus amigos  porque si no peligra el dominio, la hegemonía.

Ésa es la gran ley.

Por eso, sólo pueden tener armas nucleares el emperador y sus amigos.

Nadie más. Ésa es la ley.

Pero las armas se consiguen con dinero.

La segunda ley.

El dinero es el origen del poder porque con el dinero se pueden fabricar las armas más caras. Por eso es necesario -y legal- controlar las fuentes de riqueza, sea el petróleo, el gas, el oro o los diamantes.

Si la riqueza se encuentra en países amigos se comercia, haya dictaduras, democracias, reyezuelos, sharias,…

Si la riqueza se encuentra en países enemigos, haya dictaduras, democracias,…se les invade en nombre de lo que en cada momento convenga.

Todo lo que obstaculiza estos objetivos hay que eliminarlo, son pequeñas leyes que derivan de la primera gran ley.

Y un objetivo en el punto de mira son los periodistas porque, como un espejo, reflejan la realidad. Pero esta realidad no conviene mostrarla porque aparecen pequeños detalles que afean la grandeza de la misión encomendada al eje del bien.

Por eso la periodista de «Il Manifesto», después de haber demostrado «nuestra» superioridad consiguiendo liberarla de las garras de «nuestros» enemigos, debería morir para evitarnos así el conocimiento de algunos pequeños detalles que afean la grandeza de «nuestra» misión.

Es realmente descorazonador.

 

José Luis Simón

San Juan, 6 de Marzo de 2005.