LA DERELITTA (la desamparada)

Siempre el control del sexo. En todas las religiones.

Acabo de leer la historia de «la derelitta». Se trata de un cuadro renacentista cuya paternidad ha variado a lo largo del tiempo y que ahora parece atribuirse al hijo de los protagonistas de la historia.

A Filipino Lippi, hijo natural de fray Filippo Lippi y de sor Lucrecia Buti, monja raptada por el fraile en Florencia el año 1456. Aunque años después el papa Pío II los liberó del voto de castidad, el hecho conmocionó  la ciudad. El hijo de tan sacrílega unión, conocedor y víctima social de la misma, se siente desamparado e incapaz de incorporarse a la sociedad selecta de la época. Así aparece en este cuadro que muestra a un joven desesperado con las ropas tiradas por el suelo en el sereno marco de un palacio renacentista con la puerta cerrada. De la escuela y taller de Botticelli.

Fornicadores, adúlteros, homosexuales,..

Los dioses comenzaron echando fuego sobre Sodoma.

La inquisición los llevaba a la hoguera.

La iglesia los demoniza.

Para qué hablar de otras iglesias….

Siempre hay que volver a los clásicos que en sus banquetes eran acariciados por sus jóvenes amantes y podían a la vez que revolcarse en el lodo infernal levantar cariátides y templos llenos de dioses nunca mejor esculpidos en la historia.

Aquellos vecinos de Lesbos  donde Safo celebraba desde su mismo lado las delicias femeninas rociadas de vino y de pasas.

Los clásicos que, como Sócrates, eran capaces de tomarse serenamente la cicuta.

Ahora, algunos purpurados y azulados de nuestro entorno gritan, vociferan, aúllan por las costumbres sexuales de parte de la población resistiéndose a aceptar la realidad, prácticas, derechos que han costado tanta sangre.

¿Cómo pueden los fariseos escandalizarse de las lapidaciones en el «liberado y democratizado» Afganistán y atizar aquí junto a la iglesia romana la intolerancia hacia los homosexuales?

El mismo Cristo, en cuyo regazo se recostaba Juan, el predilecto, y cuyos pies bañaba con perfumes María Magdalena, era capaz de avergonzar a una multitud que pedía piedra en mano la lapidación de una mujer sorprendida en adulterio, perdonándola, puesto que nadie estaba limpio de pecado, pero era intolerante con los mercaderes del templo que hacían negocio en la casa de su padre.

Acabo de leer la historia de la derelitta. Algunos lo traducen por «el desamparado» porque según las nuevas averiguaciones se trata de un chico. En cualquier caso no es eso lo importante.

Un cuadro renacentista también del siglo XXI.

 

José Luis Simón

San Juan, 23 de mayo de 2005.