La saga de los pastores. 2.

El pastoreo, atavismo cultural nómada en la época de los hombres sedentarios, no deja de ser una forma antiquísima de vida que ha atravesado todas las fases de las distintas culturas a lo largo de la historia.

Ya  sumerios, babilonios, semitas y otros pueblos recorrían hace más de 5.000 años llanuras y pedregales buscando las tierras altas donde los pastos florecían en los tórridos meses de la canícula.

En España, en los tiempos de la Mesta, los caminos reales cruzaban la península por donde caminaban los ganados buscando en invierno los suaves y fértiles valles del Guadalquivir y en verano los altos cerros de Castilla.

¿No fueron unos pastores los que recogieron a Edipo recién nacido de manos de su madre Yocasta con el encargo de dejarlo abandonado en el bosque para que muriera ante el terrible oráculo de que mataría a su padre y se casaría con su madre?

¿No fueron otros pastores los que, apiadados del niño, como los primeros, lo recibieron y llevaron a otro reino donde creció hasta que el oráculo, designio de los dioses, se hizo trágica realidad?

El pastoreo ha sido una actividad transmisora de cultura, de costumbres, de lenguas, de mercancías..

El pastor, el cabrero, el ovejero, vivía en un hábitat duro, hostil, normalmente alejado de los núcleos urbanos, rodeado de soledad y siempre observando el cielo.

Aunque voy a comenzar la saga sin orden alguno, nombrar el cielo me evoca la luna y la luna a Toni.

Ahora  ronda los 70 . Sus últimos años de vida laboral activa los pasó de encargado municipal en una depuradora. Como ahora dice: «Siempre rodeado de mierda».

Cada vez que nos vemos, ya no mucho, me dice que tenemos que comernos unos conejos. Su lustrosa y tersa piel muestra a un hombre bien comido y bien bebido.

Aunque ha pasado un tiempo montando todos los días en bicicleta, dos o tres caídas lo han apeado definitivamente.

Estoy hablando de Toni, un amigo antiguo de mi pueblo, del Siscar, nombre de un caserío junto a la carretera general, en torno a la casa de peones camineros, rodeado de tierras y costones llenos de sisca, planta gramínea de nombre celta.

No voy a contar que en los años de la gran emigración estuvo en Alemania, ni que allí escuchó cantar en un bar frecuentado por militares americanos a Elvis Presley que hacía la mili, ni que tuvo dos hijos, ni que su padre iba un día en bicicleta por la carretera y un camión rozó una piedra con la rueda despidiéndola con tan mala fortuna que fue a dar en la base de la bicicleta y lo basculó hacia el camión que lo destrozó. Ni  voy a contar «la calentura» que le comió la cabeza y le envenenó la sangre un tiempo tras la muerte de su padre.

Voy a contar algo más plácido y serenante.

Hacia los 16 y 17 años, ya muerto su padre, tenía como oficio que luego mantendría durante años el de pastor. Y por razones de vecindad tenía relación con un Rebeco, republicano y varias veces preso después de la guerra a pesar de que su vida era tan discreta que apenas recuerdo haberlo visto nunca por la calle. Este hombre le dejaba libros a Toni que, a pesar de haber pisado poco la escuela por el descuido y la necesidad, tenía y mantiene gran afición a la lectura, de todo tipo, especialmente la novela histórica, ni que decir tiene que ha devorado al Quijote, a Balzac, a Víctor Hugo, a Zola, a Clarín, a Galdós,..

Y al dejárselos le advertía que llevara cuidado con los libros porque algunos no estaban bien vistos y otros estaban prohibidos.

Y Toni, el cabrero, rodeado de soledad y observador del cielo, conocía muy bien las estrellas y la luna.

Y, aprovechando las noches de luna llena, aquel joven se embolsaba los libros, se perdía por un huerto de naranjos, y a la luz de la luna pasaba las noches leyendo los irreverentes libros de Blasco Ibáñez o los angustiosos sentimientos de Madame Bovary.

 

José Luis Simón Cámara.
San Juan, 29 de Mayo de 2005.