Palabras de bienvenida y salutación a los asistentes a la cena del 25 aniversario del instituto de bachillerato de San Juan, ahora llamado Lloixa

No se trata hoy de un congreso de médicos o de físicos o de lingüistas o de filósofos, por cierto, aprovecho la oportunidad para reivindicar la permanencia de las llamadas materias humanísticas en la enseñanza secundaria, pero sí se trata de un simposio puesto que vamos a beber juntos, y es que, así como todos los que asisten a esas reuniones o son expertos en el tema o al menos son conocedores del mismo, así también  nosotros, por muy heterogéneos que seamos, por distintas que sean las actividades que después habéis llevado a cabo en vuestra vida, todos podéis recordar, incluso si erais flojos en literatura, al traqueteado poeta de las coplas a la muerte de su padre, me refiero a Jorge Manrique, referente inevitable cuando gentes de edades, procedencias y culturas diferentes se reúnen para celebrar el paso del tiempo.

Y es que aquel  lapidario e imborrable verso

«cualquiera tiempo pasado

fue mejor»

todos sabemos que no es verdad.

Todos sabemos, ¿recordáis los comentarios de texto? que la explicación de esos versos está en la nostalgia de la juventud cuando uno va viéndola alejarse.

Todos sabemos que la vida es imparable y va hacia arriba aunque nosotros nos mantengamos o vayamos hacia abajo.

Pero no penséis que voy a dar otra clase con el pretexto de dirigiros unas palabras.

Querría recordar al poeta por dos razones.

La primera porque sin menospreciar las fórmulas físicas, que han transformado al mundo pero que lo han puesto al borde de la destrucción, ni la historia que nos enseña los errores de los humanos, ni la geografía que nos explica  la lentitud de los movimientos telúricos, hoy que hay tanta impaciencia por unidades políticas continentales, sin menospreciar todas estas ciencias y otras muchas, estos versos son un caudal común, un valor compartido, una riqueza inapreciable de la que todos, cada uno  a su manera, participamos.

La segunda razón porque ninguna metáfora mejor para hablar del fluir de nuestras vidas.

Por aquí han pasado cientos de profesores, unos pocos administrativos y conserjes y miles de alumnos en estos 25 años.

Y echaros la vista encima me recuerda vuestro pasado como el de un río.

Aquellos jóvenes indomables que como un riachuelo en sus orígenes va cobrando tamaño y fuerza y arremete contra las rocas hasta desgastarlas formando gargantas y cascadas, aquellos jóvenes  que parecían irreductibles, con el paso del tiempo han ido moderando sus bríos y sus aguas  bajando la ladera se van tranquilizando hasta llegar, según los casos, a unos cauces suaves, con meandros que entretienen el paso por la vida.

Antes de roca en roca, saltando, golpeando, ajenos al vuelo del águila, ahora en el suave discurrir entre las cañas, observamos lo que pasa a nuestro lado, vemos la nube, el saltamontes, los pececillos cosquilleándonos el baño…

Y esto es común a profes y alumnos.

Quiero recordar aquí a todos los amigos y compañeros, Beltrán, Pedraz, Arciniega, desaparecidos en estos años, todos en la flor de la vida, evocando el consejo de Séneca contra el excesivo dolor por a muerte de un amigo. Lo importante ha sido el imperecedero regalo de la amistad, no su natural desaparición física.

De profesores rebeldes, melenudos, luchadores, innovadores o a la inversa, de profesores rigurosos, distantes, legalistas -donde hay siempre queda- a una serenidad inquieta, hemos ido poco a poco confluyendo como ríos, como cantos rodados hemos ido limando asperezas, aristas, impertinencias, modales.

Siempre se ha oído decir que los profesores trabajamos poco tiempo y tenemos muchas vacaciones.

Y afortunadamente es verdad.

Una mañana estaba yo paseando en el mercado de Muchamiel por entre la engañosa multitud, como decía el poeta latino Horacio, en un día de fiesta sólo escolar.

Y una señora que debía conocerme comentó: «Es que los profesores tienen muchas vacaciones».

Yo, con un poco de ironía en la mirada le respondí amablemente: «Señora, ¿cómo vamos a enseñar a disfrutar la vida si nosotros no la disfrutamos?»

Y es que el trabajo, como todo en exceso, embrutece.

Aparte de esta anécdota bien podéis saber los que ya vais teniendo hijos que educar, lo altamente difícil que es ocuparse de un hijo o más, para que entendáis lo que cuesta ocuparse cada día de muchos de vuestros hijos e hijas juntos en el aula.

Sabéis que nuestra profesión supone tantos quebraderos de cabeza que alcanza uno de los primeros puestos en el ranking de profesiones peligrosas junto con periodistas, mineros, albañiles,..

Esto ya en el pasado.

Y ¿qué deciros del presente?

Antes toda la variedad ya apreciable se reducía a chicos y chicas de la comarca, algunos venidos de fuera, de Baza, de Murcia, de Albacete,..

¿Y si os dijera que ahora con la mitad de los casi mil alumnos que llegó a haber, tenemos chicos y chicas de 20 países distintos?

¿Podéis imaginaros la riqueza y la complejidad a un tiempo de nuestro trabajo?

¿Sois capaces de añadir a los ingredientes habituales del trabajo educativo los que aportan las distintas, dispares, diferentes y lejanas procedencias, razas, lenguas y culturas que ahora conforman nuestro centro de enseñanza con las dificultades que de esta riquísima variedad se derivan?

¿Cómo pensar que aquellos revoltosos chicos que correteaban como cabritillos, por no decir su nombre de crecidos, iban a convertirse en estos modosos jóvenes o maduros que aquí se sientan sin subir -de momento- los pies encima de la mesa?

¿Cómo pensar que aquellas distraídas chicas ocupadas en modas y ropajes atractivos sean éstas que aquí veis con títulos, hijos, trabajos, compañeros, búsquedas,…?

Aquel instituto era como una gran nodriza que alimentaba a todos los que necesitaban la cultura en la comarca. El instituto de San Juan era el único en toda la comarca. Luego fueron brotando a golpe de necesidad y de exigencia centros de secundaria en casi todas las localidades.

Podéis estar orgullosos de haber pasado por uno de los centros más pobres en medios, en instalaciones, en recursos económicos, pero más ricos en preparación profesional, en variedad humana, en diversidad ideológica, en respeto a todos los puntos de vista en esta sociedad global que tiende a uniformar.

Podéis estar orgullosos de haber pasado parte de vuestra vida en este centro porque aunque va a ser destruido, nadie puede destruir lo que aquí habéis aprendido porque lo que os hemos enseñado no son bienes materiales perecederos sino valores que sobreviven y crecen con el tiempo como semillas diminutas al principio, como el grano de mostaza que con el paso del tiempo crece y se hace árbol frondoso donde anidan y cantan los pájaros.

Nosotros los profesores, en cuyo nombre indignamente os hablo, estamos orgullosos a pesar de que la valoración del rendimiento de nuestro trabajo es tan sutil, tan espiritual, tan intangible, que parece escapar a una valoración concreta, en metálico, contante y sonante.

Pero resulta conmovedor por ejemplo que un día en el bar del instituto, un antiguo alumno, Juan Ignacio Calduch, cuyos padres tenían una tasca en el actual «Pie Duro» de la Rambla de San Juan, en presencia de otros compañeros que tomábamos café durante el recreo, nos contara que después de años en la marina mercante y estudiando por libre estaba dando clases de literatura española en la universidad de Chicago y explicando a sus alumnos  una novela de Ramón J. Sender que había estudiado en clase conmigo.

Y es que, como decía, la cultura, su semilla, crece como un árbol cuyas ramas y raíces se extienden y expanden.

La cultura, ya sabéis lo que decía Joaquín Costa: España progresará cuando se dedique más empeño a la pluma que a la espada.

Corren tiempos en que la espada hace estragos, y debemos apostar por la supremacía de la pluma, de la palabra, de la razón , del respeto, del diálogo, del entendimiento.

No  consideréis una pedantería las citas que traigo a colación porque considero un deber y un respeto a vuestra inteligencia echar mano del quehacer que nos ha ocupado estos años.

Como decía otro angustiado intelectual del 98, Don Miguel de Unamuno, refiriéndose a los militares sublevados contra la República en el 36 «venceréis pero no convenceréis porque tenéis la razón de la fuerza pero no tenéis la fuerza de la razón. Abajo la muerte, viva la inteligencia».

Bien venidos todos. Vivid, bebed y gozad.

No quiero acabar sin hacer míos unos hermosos versos en prosa de un poeta simbolista francés, de Baudelaire.

Enivrez-vous. Emborrachaos.

«Hay que estar siempre borracho. Todo está ahí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo que destroza vuestras espaldas y os hunde en la tierra, hay que embriagarse sin tregua.

Pero ¿de qué?

De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto.

Pero embriagaos.

Y si alguna vez, sobre las escaleras de un palacio, sobre la hierba verde de un prado, en la soledad triste de vuestra habitación, os despertáis con la borrachera ya disminuida o desaparecida, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán:

«Es la hora de emborracharse. Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, emborrachaos; embriagaos sin cesar.

De vino, de poesía o de virtud,

a vuestro gusto.»

Hasta aquí Baudelaire.

Mil abrazos, agasajos, alabanzas, arrumacos, alborozos, afectos, albricias, besos, carantoñas, caricias, cariños, carcajadas, contentos, cortesías, donaires, empujones, festejos, felicidades, galanteos, gozos, hurras, júbilos, juegos, halagos, lisonjas, mimos, palmadas, piropos, querencias, regocijos, retozos, risas, sonrisas, vivas, zalamerías y recuerdos.

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 17 de Junio de 2005.