La saga de los pastores. 4.

José  «el chalao»

Vive en la falda de la sierra de La Aparecida, pedanía de Orihuela, a caballo de las provincias de Alicante y Murcia; en la antigua vereda de «la venta».

Siempre con sombrero negro, pañuelo al cuello, hacha al cinto, patillas largas y barba de varios días.

Atuendo antiguo y, si quitamos el hacha o la cambiamos por navaja o pistola, moderno.

(Aunque ya hay tribus urbanas con hacha incorporada).

Habéis de saber que son muchos los pastores provistos del hacha para cortar ramas de morera, de chopos, con cuyas hojas se alimenta el ganado.

Aparte de las ovejas, oficio que hoy sólo tratamos de pasada, siempre ha tenido un caballo para el paseo. Y entonces su atuendo se completa con el látigo.

Ya lo había oído decir, pero un día lo comprobé.

Caminaba yo por Torrevieja y a lo lejos veo a un caballero a caballo, solo, no alineado en fila india como van los turistas que alquilan un caballo para dar un paseo en grupo con el guía.

Cuando se acercó, entre dunas y asfalto, con una sonrosada nórdica a la grupa, no podía creer que fuera él.»El chalao» en persona.

Se paseaba solo, altivo, haciendo restallar el látigo para asombro de gentes recién llegadas de Helsinki o Estocolmo.

El látigo era su reclamo y después su figura.

Luego me contaba que por la tarde, acabada la faena del pastoreo, subía el caballo a su camioneta y buscaba encuentros por la costa, una copa, un baile-eso sobre todo-, un paseo..

Alguna vez he ido a visitarlo a su casa.

Las más veces me he encontrado con él en el camino.

Su camioneta, con ovejas que acababa de comprar o iba a vender, con hierba, sacos; y delante, en el asiento junto al conductor, lleno de bolsas con tomates, pan, naranjas, bacalao, la bota de vino, alguna manzana, todo revuelto, la navaja, la petaca del tabaco con briznas esparcidas por doquier,..

Un día quedamos en ir juntos de caza a la sierra. Pasó por mí, paramos en una venta a abastecernos de pan, vino, un trozo de pernil y dos o tres tomates.

Vimos algún conejo, oímos el canto de alguna perdiz, pero no disparó un solo cartucho.

Habíamos ido a conversar, de modo que distraídos, hablando, ni nos preocupábamos de los pájaros como no fuera para contarme que cuando él fue a la emigración se sentía como el águila que vuela lejos buscando alimento para sus polluelos y siempre vuelve.

Cuando me hablaba de su escasa cultura yo le respondía que unos leen en los libros y otros, como él, en la naturaleza. En el fondo todo lo que viene en los libros ha salido de la naturaleza, de la observación de la realidad física o humana.

¿Qué más da leer como tú en la calle, en los rostros y comportamientos de la gente que aprenderlo en libros de agricultura o en novelas que cuentan vidas felices-rara vez- o atormentadas?

¿Acaso has necesitado tú de libros que te enseñaran el oficio de pastor?

¿No sabes tú mucho más de las ovejas que puede aprender un lector de tratados sobre las mismas?

Sí, todo eso está muy bien, pero tú, además de leer en la calle y en la cara de la gente, lees en los libros y yo, aunque sé leer, nunca he leído un libro.

No consigo olvidar su mirada cuando me lo dijo por segunda vez y como subrayándolo.

Nunca he leído un libro.

Me lo dijo casi como un reproche.

Algún día volveré con otras historias del «chalao», empezando por ejemplo por su mote.

Ni siquiera he nombrado a su familia, ni la edad, es como si estuviera hablándoos de alguien sin presentároslo, como si os explicara algo de lo que no os estoy hablando, no cabe duda, volveré con el chalao porque ni el nombre, ¡vamos!.

 

José Luis Simón Cámara

San Juan, 28 de junio de 2005.