Aproximación al tema del Estatut

Resulta curioso cuando menos que el Estatut de la vecina comunidad ocupe y preocupe más que el de la propia a ciudadanos y políticos.

Ahondar en esta aparente contradicción nos llevaría a encontrar aún más aristas y elementos de discusión. No es mi propósito por el momento.

Simplemente aludo al tema, objeto de todas las iras.

Lo coloco en el paisaje mediático para ver el espacio que ocupa en este mundo donde también aparecen otras siluetas en el horizonte.

Y, claro, ya no voy a incluir el Katrina ni el Rossi,¡cielo santo, apenas hace unas semanas y ya parecen años!

Me refiero a Stan que ha sepultado en el lodo pueblos enteros de Centroamérica.

Me refiero al terremoto de Pakistán, donde se cuentan por muchos miles los muertos.

Me refiero a la valla que separa África de Europa, donde la búsqueda de la libertad deja jirones sanguinolentos de seres humanos, si no ya la vida.

Me refiero al Irak de todos los días, donde ya tan habituados, parecen escasos los muertos.

Me refiero a los niños de la calle….

Me refiero…..

Y en medio de este horizonte tan candente y tan próximo el Estatut me aparece diluido y lejano.

Y me parece inexplicable que aún quede ira después de tanto desastre para encender el fuego que calienta las entrañas que alimentan la intolerancia y los privilegios.

Apliquemos todos, y especialmente los que hablan a los ciudadanos,  mucho hielo a la mente para enfriar las vísceras, y no coloquemos vallas que desgarren a los seres para los que todas las leyes se hacen.

 

José Luis Simón

San Juan, 9 de Octubre de 2005

La Inquisición rediviva

Es, creo, innecesario comenzar dejando clara mi mayor repugnancia ante los horribles atentados de Nueva York, Madrid y Londres, pero también ante los horribles bombardeos, saqueos y torturas del mundo «civilizado» en Oriente.

Que todo esto está relacionado casi nadie lo pone en duda. El precio de la foto de Las Azores lo estamos pagando a plazos.

Ya sabemos que todos los muertos no son iguales. Desde nuestra óptica de europeos que vivimos en democracias donde los derechos humanos son para todos, se nos enseña, iguales, es muy triste reconocerlo.

Pero así es.

Sabemos que 56 muertos en Occidente desestabilizan mucho más que miles en Oriente.

Bien, dicho esto,

¿No ha sido la pérfida Albión una de las mayores creadoras de la leyenda negra española?

¿No sabe su último primer ministro nada de la Inquisición?

¿Quiere como Rumsfeld el imperio romano reproducir él las cárceles inquisitoriales?

¿No se ha leído en la historia de Francia las famosas «lettres à cachet» con las que en secreto los monarcas franceses encerraban a sus adversarios en la Bastilla?

¿Solo se ha leído el muy «solidario» Blair los manuales de su amigo Bush  para Guantánamo?

¿Pretende acaso reeditarlos?

¿Dónde va a llegar esa tierra que dio cobijo a tantos rebeldes de tantas causas, a Marx, a Rimbaud y Verlaine con sus disputas, a los liberales españoles cuando el absolutismo los obligaba al exilio, a Blanco White, aquel cura católico andaluz que no pudo soportar la presión tras convertirse al protestantismo y se refugió en Inglaterra?

¿Quiere colocarse en la época histórica que ahora vive el mundo árabe, equivalente al siglo XVI en Occidente, con guerras de religión, con persecuciones, con cárceles llenas de ciudadanos K, desconocedores de lo que se les acusa, con jueces sin rostro?

¿Son esos los tribunales especiales de los que habla Blair?

Thank you, mister Torquemada.

 

José Luis Simón Cámara

San Juan, 12 de Agosto de 2005

La saga de los pastores. 5.

Rodrigo el de Atapuerca

Se llamaba Rodrigo, como el mercenario de Vivar que fue desterrado por hacer jurar su inocencia al futuro rey Alfonso, sospechoso de fratricidio; también llamado Cidi, señor,  por los sarracenos con los que sucesivamente luchaba  o se aliaba según venían los vientos.

Bien, hablaba del pastor Rodrigo, pero esto es como empezar la casa por el tejado porque así no comienza la historia.

Bajábamos de San Juan de Ortega, antiguo y costroso monasterio enclavado en los Montes de Oca, donde la frondosidad y bruma matinal parecen sumirte en parajes de ficción y babosas gigantes se deslizan a tu lado por y bajo los helechos.

Es San Juan de Ortega amigo de Santo Domingo de la Calzada y como él ingeniero de caminos, y ambos artífices de la mayoría de puentes y caminos existentes para facilitar el paso de peregrinos del mundo conocido a Santiago de Compostela.

Pero me adentro en terrenos tentadores que ya me están distrayendo del principio de la historia, aunque como de lo que se trata es de distraerse justamente,¿ por qué Cervantes puede introducir en su novela de Don Quijote y Sancho la apasionante aventura de la bella Camila  del Curioso impertinente y no yo?

A nadie en su sano juicio puede ni siquiera pasarle por la cabeza que trato de compararme a él ni a la suela de su zapato que beso, me tomo la licencia en que él me ha precedido y, pues la puerta está abierta, voy a cruzar el umbral.

Si la historia se alarga y divierte, bienvenida sea, y si aburre, servirá de crisol donde el espíritu podrá purificarse.

No me resisto a contar aquella mañana de julio, subiendo a los montes de Oca, envueltos en la niebla, caminando casi a ciegas por una senda entre helechos, carrascas, pájaros despertando la mañana, cuatro amigos peregrinos del camino de Santiago, hasta llegar a un gran llano de densos robledales aunque con una gran herida abierta ancha y larga que me temo ya sea autovía.

Llegamos al monasterio donde aquellos concienzudos arquitectos medievales levantaron un templo a través de cuyas vidrieras dos veces al año, el 21 de Marzo y el 22 de Septiembre, los rayos del sol penetran e iluminan a las 5 de la tarde el triple capitel de la Anunciación y se produce el portento. Mala suerte si está ese día nublado.

Justo al lado se encuentra el albergue o refugio u hospicio, donde a veces la abundancia de peregrinos de un mismo país  que por allí pasaban o incluso se quedaban enfermos, tullidos, cojos,..llegaba a dar su nombre a la localidad, como es el caso de Villafranca Montes de Oca, por la cantidad de francos que allí había.

El albergue u hospicio para peregrinos de San Juan de Ortega es de los más entrañables y añejos. Aún dan allí «la sopa boba», aquella costumbre de algunos conventos de repartir sus sobras entre los mendigos que a sus puertas acudían.

Pues allí, por la noche, en una ceremonia ya ritual, cada uno con su cazuela pasa por delante de la olla donde el prior y hospedero mayor del monasterio va distribuyendo la caliente sopa de ajo que reanima en aquellas frías tardes del monte que obliga a ponerse todos los pares de pantalones que llevas en la mochila.

Antes de lanzarse a devorar la sopa hay que esperar la retahíla de atentas bienvenidas en las varias lenguas de la rica variedad humana que suele pernoctar allí.

Y luego los dormitorios. Es el caso más sorprendente de todos los albergues del camino. Quizás el único. Allí hay salas o dormitorios con camastros para chicos, para chicas, para parejas y para roncadores. Como suena.

Aunque dice el hospedero que casi nadie se reconoce a sí mismo como roncador, todos huyen del calificativo, incluso aquellos roncadores tan estruendosos que se despiertan a sí mismos sobresaltados por sus propios ronquidos.

En algunas de las libretas de notas que hay en los albergues, donde algunos peregrinos escriben sus impresiones, se puede leer: «¡Atención, el roncador de la Rioja, Manolo,  circula a 20 por día y ayer pasó por Frómista!».

Son avisos para no coincidir con quien puede hacerte pasar la noche en blanco.

Porque habéis de saber que hay una variadísima gama de roncadores, de nariz, de garganta, susurrantes, estrepitosos, pausados, a sobresaltos, y basta que en una sala-dormitorio haya sólo uno para que el sueño de los demás se vea dificultado, aunque alguna vez he tenido la suerte de yacer, no de dormir a pesar de mi facilidad, con un grupo de roncadores que, si coinciden pueden dar un concierto en mi bemol menor, con instrumentos de viento, de cuerda y hasta de percusión en el caso de los de la apnea que respiran tan entrecortadamente que cuando lo hacen son como olla a presión que rompe a borbotones.

¡Cuántas veces he visto tumbado en un banco de piedra al raso al desafortunado compañero de habitación de un roncador!

Conocí  a un chico entrado en carnes que no sólo se despertaba a sí mismo sino que hasta se asustaba sobresaltado por sus propios ronquidos.

Pues bien, y retomo la historia, cuando bajábamos  de San Juan de Ortega hacia Burgos, sorteando sendas y pedregales, llegamos a zonas más bajas donde vimos la indicación de Atapuerca.

Atraídos por lo que habíamos oído y leído sobre las excavaciones de Atapuerca, donde se han encontrado fósiles que parecen datar de 800.000 años atrás, torcimos ligeramente el curso del camino y vimos a lo lejos un ganado de ovejas del que volando subían y bajaban sucesivamente una bandada de pájaros negros.

Cuando fuimos acercándonos observamos que sobre cada oveja había dos o tres pájaros que picoteaban y escarbaban entre la lana.

No, no les molesta, nos dijo el pastor, los pájaros se alimentan y desparasitan a las ovejas.

Poco más que su nombre conseguimos averiguar del silencioso pastor apoyado en su cayado.

Sí, dicen que por ahí encontraron restos humanos cuando las obras de la nueva carretera y ahora no se puede pasar.

Posiblemente  por las venas de Rodrigo corra sangre de la misma que dio vida a esos huesos amontonados objeto de estudio antropológico.

Posiblemente algunos de ellos sientan la nostalgia del pastoreo cuando Rodrigo se acerca por aquellos parajes.

Posiblemente otras ovejas y otros pájaros hicieran lo mismo que estos pájaros y estas ovejas de Rodrigo.

Sólo que hace 800.000 años.

 

José Luis Simón Cámara

San Juan de Alicante, 12 de Julio de 2005

La saga de los pastores. 4.

José  «el chalao»

Vive en la falda de la sierra de La Aparecida, pedanía de Orihuela, a caballo de las provincias de Alicante y Murcia; en la antigua vereda de «la venta».

Siempre con sombrero negro, pañuelo al cuello, hacha al cinto, patillas largas y barba de varios días.

Atuendo antiguo y, si quitamos el hacha o la cambiamos por navaja o pistola, moderno.

(Aunque ya hay tribus urbanas con hacha incorporada).

Habéis de saber que son muchos los pastores provistos del hacha para cortar ramas de morera, de chopos, con cuyas hojas se alimenta el ganado.

Aparte de las ovejas, oficio que hoy sólo tratamos de pasada, siempre ha tenido un caballo para el paseo. Y entonces su atuendo se completa con el látigo.

Ya lo había oído decir, pero un día lo comprobé.

Caminaba yo por Torrevieja y a lo lejos veo a un caballero a caballo, solo, no alineado en fila india como van los turistas que alquilan un caballo para dar un paseo en grupo con el guía.

Cuando se acercó, entre dunas y asfalto, con una sonrosada nórdica a la grupa, no podía creer que fuera él.»El chalao» en persona.

Se paseaba solo, altivo, haciendo restallar el látigo para asombro de gentes recién llegadas de Helsinki o Estocolmo.

El látigo era su reclamo y después su figura.

Luego me contaba que por la tarde, acabada la faena del pastoreo, subía el caballo a su camioneta y buscaba encuentros por la costa, una copa, un baile-eso sobre todo-, un paseo..

Alguna vez he ido a visitarlo a su casa.

Las más veces me he encontrado con él en el camino.

Su camioneta, con ovejas que acababa de comprar o iba a vender, con hierba, sacos; y delante, en el asiento junto al conductor, lleno de bolsas con tomates, pan, naranjas, bacalao, la bota de vino, alguna manzana, todo revuelto, la navaja, la petaca del tabaco con briznas esparcidas por doquier,..

Un día quedamos en ir juntos de caza a la sierra. Pasó por mí, paramos en una venta a abastecernos de pan, vino, un trozo de pernil y dos o tres tomates.

Vimos algún conejo, oímos el canto de alguna perdiz, pero no disparó un solo cartucho.

Habíamos ido a conversar, de modo que distraídos, hablando, ni nos preocupábamos de los pájaros como no fuera para contarme que cuando él fue a la emigración se sentía como el águila que vuela lejos buscando alimento para sus polluelos y siempre vuelve.

Cuando me hablaba de su escasa cultura yo le respondía que unos leen en los libros y otros, como él, en la naturaleza. En el fondo todo lo que viene en los libros ha salido de la naturaleza, de la observación de la realidad física o humana.

¿Qué más da leer como tú en la calle, en los rostros y comportamientos de la gente que aprenderlo en libros de agricultura o en novelas que cuentan vidas felices-rara vez- o atormentadas?

¿Acaso has necesitado tú de libros que te enseñaran el oficio de pastor?

¿No sabes tú mucho más de las ovejas que puede aprender un lector de tratados sobre las mismas?

Sí, todo eso está muy bien, pero tú, además de leer en la calle y en la cara de la gente, lees en los libros y yo, aunque sé leer, nunca he leído un libro.

No consigo olvidar su mirada cuando me lo dijo por segunda vez y como subrayándolo.

Nunca he leído un libro.

Me lo dijo casi como un reproche.

Algún día volveré con otras historias del «chalao», empezando por ejemplo por su mote.

Ni siquiera he nombrado a su familia, ni la edad, es como si estuviera hablándoos de alguien sin presentároslo, como si os explicara algo de lo que no os estoy hablando, no cabe duda, volveré con el chalao porque ni el nombre, ¡vamos!.

 

José Luis Simón Cámara

San Juan, 28 de junio de 2005.

La iglesia oficial se ha cubierto de gloria.

Esa iglesia tan espiritual.

Tan alejada de los asuntos mundanos.

Esa iglesia que jamás se ha manifestado por la calle a menos que haya sido en las procesiones.

Esa iglesia que sólo se encuentra cómoda en salones o templos

ha bajado finalmente a la calle.

Pero no penséis, ilusos,  que ha salido en defensa de los pobres.

O en defensa de la libertad a cuyo aherrojamiento casi siempre ha contribuido.

Pero no penséis, ilusos, que ha salido a la calle para manifestarse contra la pena de muerte.

No penséis que ha salido a la calle en defensa de un planeta más justo.

No penséis que ha salido a la calle para protestar contra los curas y obispos pederastas.

No penséis que ha salido a la calle para protestar contra la guerra.

Para todo eso bastan las encíclicas.

Realmente ha salido a la calle

para protestar contra el derecho de las personas a organizar su vida afectiva libremente.

Para eso han salido a la calle.

Como cuando la Inquisición, la santa iglesia, condenaba a los sodomitas (modernos homosexuales) a la hoguera sin quemarlos ellos,- tan santos-, directamente, sino que los entregaban al brazo secular.

Como cuando a Galileo los instrumentos de tormento con que lo amenazaba la santa iglesia romana le hicieron desdecirse de su certeza en el sistema heliocéntrico.

Las fuerzas más retrógradas de la sociedad civil y religiosa se han dado ostensiblemente la mano en temas que ojalá una hipotética llegada al gobierno no exijan contrapartidas.

La iglesia oficial y sus meapilas se han cubierto de gloria.

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 20 de Junio de 2005