Palabras para varias despedidas.

Tantos años haciendo escritos en la recepción de los alumnos, en la despedida de los alumnos, en las jubilaciones de compañeros, tantos escritos en las paredes a los compañeros y amigos,… y ahora me veo aquí, delante de vosotros, y es como si me hubiera quedado sin palabras, como si las hubiera gastado todas de tanto uso. La verdad es que hay palabras que siguen vírgenes en la práctica aunque su uso las haya desgastado.

Palabras como «amor» en este mundo de odios.

Palabras como «justicia»

Palabras como «libertad» en este mundo lleno de mazmorras..

¿Cuántas palabras harían falta para expresar lo que la mente recorre en un segundo?

Si las palabras fueran tan rápidas como la mente podría repasar en segundos mi vida en la enseñanza desde aquella primera experiencia como lector de español en Francia, concretamente en Bayona, país vasco-francés, mucho más suave en el paisaje y en el paisanaje que éste nuestro país vasco-español. Hermosa ciudad, Bayona,  regada por dos ríos que confluyen y cobijo en aquella época de refugiados y exiliados vascos y de otras procedencias.

Noches que se juntaban con el día en los bares de música junto a la playa de Biarritz pasados por el piano de Clive Weeler y mis dedos en la guitarra acompañando a la garganta.

Luego el regreso a Alicante, donde trabajé en un colegio privado, el Juan XXIII, en la Florida, de la mano de mi amigo desde la infancia y actual director, Antonio Jiménez, cuyas virtudes, siempre que he tenido ocasión, como ahora, nunca me he cansado de elogiar.

Después y de la mano de otros amigos como Marisa, Damián, Agustín,..comencé en la enseñanza pública, en el Instituto Femenino de Alicante, centro del más intenso debate político y sindical  en los estertores del franquismo,.y cantera de políticos aún en ejercicio, y lugar donde conocí a Inmaculada, recién venida de Madrid, ¿recuerdas la tarde que fuimos a ver «Boquitas pintadas»? y desde entonces mi compañera amiga por encima de todas las turbulencias.

Luego el Jaime II, centro aislado en la Goteta, rodeado de lomas, matorrales y árboles en decadencia, ahora emparedado por la avidez especulativa.

Las oposiciones nos llevaron, de pura casualidad entre los cientos de plazas que pedimos, a Andalucía, ella a Villanueva de Córdoba, pueblo también de nuestro compañero Tomás Buenestado, y yo a La Carolina en Jaén, pueblos de la Sierra Morena, sembrada de carrascas, de cerdos, de ciervos, a lomo de los cuales cubría yo los 150 kilómetros de lejanía para verla.

Después nuevamente Alicante, Villena, Villajoyosa, Jorge Juan, San Juan.

Y aquí ya 25 años.

He oído decir que el ser humano tiene una capacidad limitada para la amistad, que no caben en el corazón, digamos que más de x personas.

¿Cuántos miles de alumnos han pasado por nuestras manos?

¿Cuánto cariño hemos podido siempre mostrarles? ¿A cuántos hemos prestado ayuda?

¿Cuántos cientos de profesores?

¿Cuántos padres y madres se han acercado a nosotros agobiados?

Cuando hablo de mí en ésta y otras cosas, está claro que me refiero a todos los compañeros que trabajamos en este  centro que hemos estrenado o en otros.

Ya aquí en San Juan, recuerdo los años iniciales, la polarización del claustro, izquierdas y derechas, los, a veces, agrios debates entre nosotros, que en muchos casos han sellado una inquebrantable amistad donde se difuminan esas cambiantes fronteras políticas.

Mis años ¡qué osadía! de director que, contra todo pronóstico y con vuestra inapreciable ayuda, no resultaron, creo, catastróficos.

Este microcosmos, muestra de variedad, de diferencias, de orígenes distintos, esta herida abierta de la vida, ¿quién de nosotros no ha sido de alguna manera tocado por la incertidumbre, la enfermedad, el desasosiego, la inquietud o incluso la muerte como es el caso de nuestros compañeros ya desaparecidos, Beltrán, Pedraz, Arciniega, Andy, mi amigo Alfredo en otras latitudes..?

Me vais a perdonar que no haga alusiones personales porque, aunque largo quedara corto y si corto quedara largo, pero ¿qué decir de tantas mañanas de café, de almuerzos, de bromas, de confidencias, de desventuras compartidas, de proyectos, de discusiones, y de mi variopinto y entrañable departamento de Lengua y Literatura Españolas?

Quiero tener un cariñoso recuerdo para aquel viejo y querido instituto donde hemos pasado tantos años, deteriorado, maloliente cuando el viento de poniente, remozado lo mejor que pudimos, pintado, repintado, adornado de árboles, ¡cuántas veces pasamos bajo su umbral! ¡cuántos rincones, cuántos recuerdos, cuántos!

Casi siempre en pugna con la Administración cualquiera que fuera su color.

Siempre luchando para conseguir lo obvio.

Siempre dándole a la razón para conseguir lo razonable.

No, no penséis que me quejo, simplemente lo constato.

Y ahora, cuando hemos llegado a la tierra prometida, a este centro, regalo de los dioses de la luz y del espacio, os abandonamos, como dice Miguel Hernández, cuyo sobrino Vicente me honra, como todos vosotros, con su presencia,

«me voy, amor, me voy,

pero me quedo,

pero me voy,

desierto y sin arena,

adiós, amor, adiós hasta la muerte»

Pues yo, me voy pero me quedo.

Pierdo la obligatoriedad de veros

Gano la posibilidad de veros sin obligación

Y tened por seguro que os veré.

Como veo a todos mis amigos, no sólo a los de aquí.

¿Cómo si no se iba a quedar esa gran parte que ocupáis en mi corazón?

¿Quién podría llenar ese hueco?

Los amigos de La Aparecida y de mi pueblo, El Siscar, donde nací,

Los amigos del seminario

Los amigos de Orihuela,

Los amigos de la universidad

-fue entonces aquel episodio que me dejó con los ojos sorprendidos,

cuando la policía me detuvo caminando por Trapería y sentí en mi carne  el rostro inhumano de la dictadura-

Los amigos de Bayona,

Los amigos de Suiza,

Los amigos de Francia

Los amigos de Alicante

-innumerables-

muchos de ellos forjados en la lucha por las libertades democráticas mezcladas con la diversión, el humo, la música, los chatos, cubatas, wiskis, todo iba evolucionando, como los celtas, ducados, marlboro…

Los amigos de Cartagena

Los amigos y allegados de Rafal, algunos ya de viaje sin retorno

Los amigos de San Juan y proximidades.

Los amigos de las carreras por la playa y por el monte.

Los días y las noches y las madrugadas que hemos vivido intensamente.

Casi de todos hay alguna dignísima representación hoy aquí.

Los amigos que a veces van cambiando con el paso del tiempo, son un oasis necesario para este Sáhara de la vida.

No estoy dispuesto a renunciar a mis amigos dondequiera que estén, porque los amigos no se hacen de un día para otro. Los amigos cuestan muchos años, muchas alegrías, no menos tristezas… pero siempre están ahí, aunque el tiempo y los avatares levanten a veces estúpidas murallas que como de metal se funden cuando se les acerca el corazón.

Pero también podría recorrer la historia de aquellos años, desde los diez hasta los veinte, pasados en el seminario diocesano de Orihuela, años de disciplina, de soledad, de internado, de desarrollo de la sensibilidad y también del complejo de culpa, de amistad -aquí entre vosotros están Antonio y Luis-, de aprendizaje de la solidaridad que es el mensaje más válido del cristianismo y el menos ejercitado por la iglesia de Roma o la de Rouco, como el que me hizo una  tarde pedir a mi padre -santo varón- que en su coche llevara a una puta enferma desde su cueva en San Antón hasta el hospital de Orihuela, sin atender como creo que nunca he hecho al qué dirán.

Aquellos años de los que no me lamento

-Je ne regrette rien-

no cabe duda que marcaron mi vida y han dejado en ella recuerdos imborrables y  fueron el comienzo de mi rebeldía en cuanto se refiere a cadenas inadmisibles por la razón, esta herramienta que tenemos los humanos para luchar por librarnos de cualquier esclavitud.

Había que recurrir a sinrazones sobrenaturales para explicar lo inexplicable, como la explotación, la incultura, la injusticia…

¿Cómo se podía explicar que fuéramos al humildísimo barrio de San Antón, donde sus habitantes, muchos de ellos en cuevas, buscaban la comida entre las basuras, mientras nosotros que íbamos a evangelizarlos, disponíamos en el seminario de cama, comida, libros, iglesia? ¿qué clase de amor y solidaridad era ésa?

Recuerdo las audiciones de música clásica, después del deporte y la ducha, relajantes, y los cánticos gregorianos que salmodiaban los versos de Salomón o de Isaías, y recuerdo la hermosa historia de Jonás y cuando casi volábamos en los días de viento con los guardapolvos izados como velas, y aquellos paseos una vez por semana en fila de a dos con sotana, beca blanca y bonete por el centro de Orihuela, todos formales, hasta llegar al río que entonces no era esta cloaca, donde nos quitábamos los arreos y saltábamos y jugábamos por los árboles y entre las cañas,…

Y  remontándome al pasado también quiero recordar mis primeros años, con mi aún indomable madre aquí presente, perdidos en una aldea de la sierra de Alcaraz, El Bonillo. Allí me dejaba al cuido de una mujer en la cocina con el fuego crepitando, mientras ella sorteando el medio metro de nieve que duraba semanas, se iba a trabajar a la escuela. Mi padre, que ya no está presente, aunque lo siento, recorría a pie o en bicicleta los 40 kilómetros que distaba su escuela.

Y esto lo quiero recordar por mis padres y por todos los que en años duros -y éstos también lo son – han recorrido los puntos más lejanos e inaccesibles de la geografía para llevar la buena nueva de la cultura, para luchar contra la ignorancia, para abrir las mentes de los niños y jóvenes que siempre son el futuro..

Con la intención de no perder nada de lo bueno que he gozado. – trabajo, amigos, lugares, mujer, hijos y, ahora, esta nieta mestiza más morena que el sol y más blanca que la luna, que nos alegra aún más si cabe la vida, me jubilo con júbilo de la obligatoriedad de la enseñanza, pero pienso seguir ejerciéndola de una manera más libre o quizá de otra manera, porque sería mucho egoísmo guardarse secretos que cuesta toda una vida descifrar, y pienso también, sobre todo si recuerdo a Gilgamesh o Ulises, seguir por el mundo los viajes que proporcionan sabiduría.

Por todo esto  por tanto, ni llantos ni suspiros.

Quiero, como el día que me muera, porque he tratado y voy a seguir tratando de ser y hacer lo más felices posible a quienes han caminado y  caminan  esta senda de la vida junto a mí, quiero, digo, que se levanten las copas – después tendremos ocasión de hacerlo – y brindemos por el amor, la amistad, el respeto y la vida.

Un abrazo a todos y muchas gracias por acompañarnos este día.


José Luis Simón Cámara.

San Juan, 8 de junio de 2007.