Viaje a Marruecos. Estampas marroquíes.1. Paso de la frontera.

Agosto de 2007.

El diario del viaje que, a veces, hago, por reflejar hechos de carácter personal carece de interés general, pero hay algunas reflexiones, situaciones, comentarios, que pueden presentar elementos, matices, observaciones, útiles para el viajero o interesantes para el conocimiento del mundo o las diferencias de cultura o para simple entretenimiento. Cualquiera de estas razones me parece suficiente para animarme, además de por puro placer, a escribir estas páginas que en cualquier caso sólo van a reflejar una forma de ver el paso por una tierra tan próxima y tan lejana.

Alí Bey, autor catalán de principios del siglo XIX, al que haremos más de una referecia, dice en el diario de sus viajes al pasar de Tarifa a Tánger: «Aquí el observador toca en una misma mañana las dos extremidades de la cadena de la civilización; y en la pequeña distancia de dos leguas  y dos tercios que es la más corta entre ambas orillas, palpa la diferencia de veinte siglos»

Sin más preámbulos y con el deseo de hacer volar la imaginación de mis amigos, envueltos en la vorágine de la cultura y la incultura occidentales, ahí van éstas que he dado en llamar «Estampas marroquíes».

 

Estampas marroquíes.1. Paso de la frontera.

    Mientras esperábamos en el coche el largo trámite del paso por la frontera de Ceuta vi a un hombre solo, a lo lejos, sentado en la silueta de la montaña, quieto, como reflexionando. Después comprobaría que son muchas las personas que en la terraza de un bar o bajo un árbol en la orilla de la carretera o en cualquier sitio pasan horas sin pestañear.

    Quizá pensando en su pasado o en su futuro, porque el presente más que pensarlo se vive o se malvive.

    O quizá estaba mirando a través de la bruma la proximidad de España, de Europa, de la abundancia.

    Quizá estaba cansado de ver tantos burros y mulos de carga, tanto caminante cargado de sueños con chilaba, y añorara el brillo metálico de los coches, las elegantes ropas occidentales, los dorados cuerpos semidesnudos de las gentes del norte que se dejan caer repletas de dinero por sus tierras donde hasta los niños tienen que buscarse la comida.

    Quizá estoy exagerando y aquel hombre sentado estaba simplemente haciendo un alto en el camino descansando.

    O quizá pensaba en sus hijos, en el futuro que les esperaba, o incluso en aquella cabra que tosía por la noche, si sería pasajero o el principio de una epidemia que lo llevaría a la ruina.

    Y esbozaba una sonrisa ¿Más aún? Pensaría.

    Después de todo si miraba a sus vecinos, el hijo mayor de su primo había perdido una pierna saltando por la valla llena de girones después de cruzar el Estrecho en el catamarán en los bajos de un camión.

    ¿Y si no pensaba en nada?

    ¿Y si estaba saboreando la proximidad del regreso de su hijo que venía después de un largo período emigrado?

    ¿Y si esperaba agazapado el momento de la noche para arrastrarse a la patera?

    ¿Y si era feliz contemplando el inmenso mar y el sol y los barcos alejarse?

    No sé, no sé, pero creo que no estoy exagerando.

    ¿En qué estaría pensando aquel hombre sentado en la silueta de la montaña?

     

    José Luis Simón Cámara.

    San Juan, 21 de Agosto de 2007.