Estampas marroquíes. 8. Una presencia invisible.

Una sensación de ser controlados nos invadió cuando en las primeras horas de la tarde del primer día de estancia en Chaouen, después de la comida en el Andalusí, mientras descansábamos en casa, tocó la puerta una chica de unos 20 años para pedirnos los pasaportes.

Morena, agraciada, en perfecto castellano y sumamente correcta.

Le dimos los pasaportes con desgana, pero por la natural resistencia a sentirse controlados, uno de nosotros escudándose en el número se hizo el sueco y a los pocos minutos regresó la joven diciendo que faltaba uno.

Sabían perfectamente los que éramos. Cinco adultos y tres niñas.

Aunque es razonable la entrega de documentos en cualquier hotel, nos parecía una invasión de la intimidad.

Pero ya al anochecer, después de haber paseado por la Medina y de encontrarnos en la hermosa y sencilla casa que nos cobijaba, vuelven a tocar la puerta. Ya no era la morena, era un moreno maduro. Pidió disculpas por la hora, aunque no era muy tarde, y nos llevó dos colchones porque pensó que nos harían falta para dormir cómodamente. También en perfecto español. Se marchó inmediatamente ofreciéndose a ayudarnos si necesitábamos cualquier cosa.

Los sentimientos de vergüenza y de gratitud se mezclaban.

Lo que considerábamos una intromisión no era más que por un lado el cumplimiento de la ley y por otro la omnipresente hospitalidad que, inevitablemente, despierta el recelo, tan inmersos como estamos en la cultura europea de no hacer nada gratuitamente.

De hecho, Maribel había contratado la casa para ella y sus tres hijas y allí aparecimos además Carmen, Inma, Paco y yo.

La casa tenía una entrada al salón a través de un amplio arco que separaba de la cocina y demás dependencias formadas por dos habitaciones y un cuarto de baño, todo exterior.

Quienquiera que fuera aquella persona, nos había observado y comprendió que difícilmente íbamos a acomodarnos todos a pesar de los sofás y cojines del salón.

En días sucesivos seguimos viéndolo al salir o al entrar porque en la planta baja y comunicado con el pasillo de entrada por un gran ventanal abierto, había un pequeño despacho con vitrinas y cuadros que veíamos al pasar para subir a la primera planta. Allí trabajaba aquel señor que no era otro que el dueño de la casa.

Delgado, alto, correctísimo, tuvimos con él varios encuentros, cada vez más prolongados y más afectuosos.

En una ocasión nos acompaño a la entrada de la Medina, junto a la que vivíamos, para ayudarnos a comprar el pan.

Iba normalmente vestido a la europea, como muchos otros, y, a veces, llevaba la camisa o la chilaba.

Como sabíamos que hay judíos sefardíes y moriscos que habían guardado las llaves de sus casas cuando salieron expulsados de España en la época de los reyes católicos, le preguntamos por el cuadro que preside el salón de la casa y nos contó que eran restos de la puerta y la cerradura de la casa que sus antepasados moriscos tenían en el Albaicín de Granada hasta que en 1490, Ibrahin Ben Alí, sintiendo la creciente hostilidad que precedió a la conquista de Granada, vendió sus propiedades y con su familia pasó el Estrecho de Gibraltar y se instaló en las montañas del Rif, lo más cerca posible de su querida Granada, donde se quedaron muchos de sus vecinos que después de la conquista lo perdieron todo tras el decreto firmado por la catolicísima reina Isabel el 14 de Febrero de 1502, obligándoles a que se convirtieran a la fe cristiana o a que se marchasen dejando todo lo que tenían.

A su antepasado le atribuyeron desde entonces el sobrenombre que él mantiene  de «el Akel» que significa «mente lúcida», porque se anticipó a los acontecimientos.

Ahora sus hijos, aquella chica morena que nos pidió los pasaportes el primer día, y otro joven educado que siempre saluda al pasar, ironía del destino, estudian en Granada.

Nuestro hombre, ya jubilado de la Banca, de la que nos contó alguna anécdota, se dedica a la pintura, a las piezas ornamentales, anillos, colgantes, a esculpir y a mirar la vida de su gente desde la perspectiva que le da su amplia cultura e información.

Cuando le cuestionábamos el régimen político marroquí sin apenas libertad, él, reconociéndolo, nos recordaba que días atrás habían secuestrado una revista en España,»El Jueves», porque ironizaba sobre los príncipes.

En cualquier caso era partidario de la calma y la evolución natural de las situaciones políticas, aunque su mayor preocupación por encima de la libertad de crítica se centraba en el hambre que aún siguen sufriendo muchos compatriotas.

Aún se sienten colonizados por la orilla norte del mediterráneo, abandonados económica, política y culturalmente, y a esto  y quizá por esto se suma ahora la inmigración, las pateras, y para colmo el llamado terrorismo islámico que, según ellos, no tiene nada que ver con el Islám.

Nos contaba que trabajó un tiempo en un banco de Casablanca con un jefe español con el que siempre hablaba en francés. Éste, simplificando su nombre lo castellanizaba y le llamaba «Adelgazar» continuamente, por lo demás totalmente inadecuado porque nuestro hombre está bastante delgado.

Hasta que un día, dirigiéndose a él, a su jefe, en perfecto castellano le espetó: ¿Por qué te empeñas en llamarme permanentemente Adelgazar cuando mi nombre es Abdelghafar?»

Su jefe, deshaciéndose en disculpas, quedó perplejo y avergonzado por la indelicadeza que involuntariamente y por comodidad le había llevado, ajeno totalmente a su dominio del español, a adaptar su nombre.

Como podéis suponer, nuestro hombre no es otro que nuestro anfitrión, Abdelghafar el Akel.

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 28 de septiembre de 2007.

Estampas marroquíes. 7. Voces en la Alcazaba.

Paseando una tarde por la Medina escuché una voz ronca canturreando. La puerta abierta dejaba ver a mucha gente sentada en silencio, me asomé a un gran patio, junto a los muros de la Alcazaba, y allí, sobre un escenario, solo, sentado, un varón como de 40 años, barbado, ante dos micrófonos salmodiaba frases entrecortadas, con largos silencios,  mientras la gente escuchaba recogidamente.

Su voz, a veces, atronaba, otras era suave y meliflua.

Me acordé de ese palo flamenco sin acompañamiento musical, el martinete, con el cantaor serio, sentado en  una silla, con las manos apoyadas sobre las rodillas y creí que se trataría de un concierto, si bien la compostura de la gente, si bien el silencio,…

Ya en la calle preguntamos  por el tipo de espectáculo musical y alguien, mirando de reojo a su alrededor y en voz baja nos dijo sorprendido que se trataba de un concurso de recitadores del Corán, el libro sagrado de los musulmanes.

Tampoco nosotros pudimos ocultar nuestra sorpresa.

Y reciben, nos decía, premios muy  importantes en metálico aparte de la consideración social y de las posibilidades que se le abren al triunfador.

Ya desde pequeños comienzan a recitar.

Por la mañana, de visita a la Alcazaba, nostálgico intento de imitación o más bien de evocación de la perdida Alambra de Granada, y a su museo con ropas y trajes de ceremonia para la boda según las distintas zonas y categorías sociales, con armas y armaduras, con ornamentos y vasijas, habíamos escuchado una algarabía de voces al unísono y pudimos ver en una dependencia retirada a un numeroso grupo de niños sentados a lo largo de la pared y mirándose de frente con un libro entre las manos, dirigidos por un adulto y balanceando su cuerpo hacia adelante y hacia atrás mientras iban recitando una retahíla de palabras interminables y, para nosotros, ininteligibles.

Me acordé del catecismo en otros tiempos, no sé ahora, cuando había que aprenderse de memoria aquel pequeño libro con preguntas y respuestas muy concretas que no podían alterarse y había que decir de carrerilla.

Este espectáculo religioso, monótono, silencioso tenía lugar junto a uno de los lugares más concurridos y bulliciosos de Chaouen como es la plaza Uta al Hamman, sin que por ello se viera perturbado a pesar de ser a cielo abierto, junto a los jardines y con una ancha puerta abierta.

Al anochecer revoloteaban los murciélagos.

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 26 de septiembre de 2007.

Estampas marroquíes. 6. En busca de una rubia.

Aunque ningún día ha hecho propiamente calor, al menos no insoportable, la verdad es que estamos a 600 metros de altitud en la ladera de una montaña, y nos movemos por callejas tan estrechas que guardan el frescor de la noche, pero a media mañana y después de caminar entre la gente ansiábamos una cerveza fresca imposible de encontrar en cualquier bar o restaurante. Sólo té, agua o refrescos.

Indagando nos dijeron que había un bar en el hotel Parador a unos 150 metros de la plaza  Uta al Hamman.

Allí nos encaminamos y pudimos saborear la única marca existente por allí, Flag, en botella o en lata. Con unas patatas finas en rodajas. Lo más parecido que podíamos encontrar a una caña y una tapa a las que estamos acostumbrados. Como dice Lázaro de Tormes «Yo, como estaba hecho al vino, moría por él».

Volvimos en varias ocasiones, por la mañana en la barra y por la tarde, sentados junto a la piscina en la terraza, balcón natural sobre el pequeño valle por donde discurre un riachuelo.

Desde allí se ve la montaña, uno de los picos que da nombre a la ciudad, y en su falda el alto minarete de una mezquita blanca que incluso al anochecer destaca entre la vegetación que la rodea. Más abajo un moderno barrio extramuros. A algunas horas, para nosotros indefinidas, pero fijas, se oía la voz del mujaidín a través de los altavoces convocando a la oración mientras algún águila cerca de los cielos paseaba majestuosamente ajena a los versos del Corán.

Inma prefiere el vino a la cerveza y supusimos que habría porque detrás de la barra una repisa rebosaba de botellas de güisqui, ron, ginebra y otras bebidas de alta graduación.

Pero ¿vino? ¿Cómo se nos ocurría pedirlo? Aquí no se encuentra vino.

Pero sabemos que Marruecos es productor de vino.

Sí, para la exportación. Aquí nadie consume vino. La religión lo prohibe.

¿Cómo se pueden tomar bebidas con mucho alcohol y no se puede tomar vino?

¿Una concesión no escrita para los extranjeros, para los turistas, para los infieles, que  desconocen los preceptos de Mahoma?

¿Quizá el vino es la bebida que desde antiguo representa el alcohol?

Pero ni esto ni nuestros ropajes se traducía en incomprensión o intolerancia.

Máximo respeto y amabilidad por doquier. En la calle, en los bares, en las interminables puertas abiertas con objetos para vender: cuero, telas, chilabas, babuchas, faroles, ceniceros, colgantes, piedras, …

Te invitan amablemente, insistentemente, obstinadamente, casi se ponen pesados hasta que o sucumbes o aligeras el paso con agradecimientos y reverencias que en algún caso desatan su disgusto.

La primera noche, desorientados, preguntamos a un chico que se dirigió a nosotros en castellano por la dirección de la gran plaza y él, mientras nos lo indicaba nos acompañaba. Mostramos cierto recelo porque los guías y comerciantes se hacen demasiado insistentes y él nos dijo enseguida: «Amigos, yo no guía, yo aquí tienda, pueden pasar, pero voy para allá y  acompaño».

Cuantas veces pasamos por la puerta de su tienda nos veíamos obligados a decirle que ya entraríamos porque íbamos a estar allí varios días. E, inevitablemente, la última noche que paseamos por la Medina, no pudimos eludirlo y nos vimos obligados a comprarle unos ceniceros por salir del paso y también como muestra de agradecimiento por su amabilidad.

«Adiós, amigos, aquí amigo siempre.»

Fue su despedida.

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 23 de septiembre de 2007.

Estampas marroquíes. 5. El joven Mohamed.

Plaza de Uta al Hamman. Paco y yo vamos a la oficina de cambio que se encuentra en un extremo de la plaza junto a la Mezquita en obras. Al regreso al centro de la plaza, nos encontramos a Inma, sentada en la repisa que rodea la gran araucaria, lugar de concentración y reposo de quienes por allí pasan, charlando con un jovencito de unos doce años, vestido a la europea y con una bolsa de plástico en la mano.

Inma creía que sería hijo de algún marroquí emigrado a España por su lenguaje sin acento y por su desenvoltura.

– ¿De dónde eres tú?, le preguntó.

– Soy de Alicante.

– ¡Ah, alicantina, borracha y fina!

Volvimos a encontrarlo varias veces, casi siempre en la plaza.

Una de ellas, por la tarde, sentados en la terraza de un bar, tomando el omnipresente té con hierbabuena y, ahora, con el sol, también con decenas de abejas que aletean en torno al gran vaso de té que hay que tapar, atraídas por el dulce y meloso olor, se nos acerca el chico con la bolsa de plástico y nos saluda dirigiéndose a Inma.

– Hola, ¿qué tal vuestro viaje a Chaouen? ¿ Queréis algún paquete de té?, y los saca de la bolsa sobre la mesa.

– Parece que es chino.

– No, eso es porque nos envían los cartones, pero es de aquí.

– ¿Vas a la escuela? (No podemos evitar el tic profesional)

– Ahora no porque hay vacaciones.

– ¿Sabes ya leer y escribir árabe?

– Este año he aprendido a leer y el año próximo aprenderé a escribir.

– ¿Has aprendido el castellano en la escuela?

– No, lo he aprendido en la calle, y también algo de francés, italiano y portugués.

– ¿Vives aquí, en Chaouen?

– No, vivo en una aldea a 10 kilómetros.

– Y ¿cómo vas y vienes?

– Andando o en autobús si he sacado dinero. Si queréis puedo compraros tabaco americano a 25 dirhams. En la tienda cuesta 32 dirhams.

– Bueno, tráenos dos paquetes.

No llevamos monedas y le damos un billete de 100. Nos asalta la sospecha de que no vuelva, pero el chico, quizá suspicaz por lo mismo, deja, como muestra de confianza, su bolsa con los tés sobre la mesa y se pierde entre la gente que ya va aumentando según avanza la tarde.

Comentamos la pena de ver a un joven tan despierto, tan capaz, que podría emprender cualquier empresa con éxito en Occidente.

A los pocos minutos regresa con el marlboro americano y las vueltas.

Le compramos dos paquetes de té.

– Bueno, ¿cómo te llamas?

– Mohamed.

– Y ¿qué significa Mohamed?

– Pues, como vosotros Antonio o José, es el nombre de Mohamed, el profeta. Y mi apellido  Addid, es el nombre de la familia.

Nos vimos con él todos los días por la plaza o por las callejuelas de la Mediana y siempre tan afable y comunicativo.

¿ Qué pensará el joven Mohamed sobre nosotros, europeos y nuestro mundo?

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 22 de septiembre de 2007.

Estampas marroquíes. 4. Comida en el Andalusí.

Cruzamos la frontera en Ceuta a las 12 y en Marruecos eran las 10. Se gana en el cambio de moneda y hasta en la hora.

Después del encuentro con las amigas fuimos cerca de casa a comer al Andalusí, acabas por acostumbrarte  a la cantidad de nombres evocadores del pasado colonial como «pensión Denia»,  «hostal Guernica», hotel Parador,… no hay que olvidar que el protectorado español sobre esta zona del Rif duró hasta 1956; junto a la entrada al callejón donde se encuentra el restaurante o, mejor, casa de comidas, una anciana, sólo con cara y manos a la vista, vende ramilletes de hierbabuena apilados en un trozo de tela extendida por la acera.

Bajamos unos peldaños y entramos a un pequeño recinto abovedado con dos mesas en el centro a las que se alcanza desde el poyo o asiento corrido pegado a la pared que sirve de respaldo.

Estamos sedientos y aunque no tienen, ya lo sabemos, pueden conseguir unas cervezas.

Pedimos una sopa, ensalada, couscous y pollo.

Pasan los minutos, la hora, y nada aún sobre la mesa, excepto unas aceitunas.

No impacientarse. Tenemos todo el tiempo del mundo. Han comenzado a elaborar la comida. Somos los únicos comensales.

Finalmente empiezan a poner la ensalada, las sopas después tranquilamente y ya el couscous y…

Las cervezas llegan más tarde, calientes. Las meten a un frigorífico, supongo, y nos vamos bebiendo una a una entre todos para que las otras, pretensión vana, se vayan enfriando.

Al final ya no nos llaman ni frías ni calientes, vamos siendo engullidos lentamente por la lentitud ambiente.

Entre dueño, camarero y chicos de los recados hay cinco o seis personas a nuestro servicio que, sin alterarse, «prisa mata» dicen, nos van trayendo todo a un ritmo contagioso que nos hace cobrar conciencia de la inutilidad de la impaciencia.

Después de tres largas horas y del té con hierbabuena, que echan a puñados, el camarero regala tres collares a las chicas, y a los chicos,¡ qué ocurrencia!, nos regala una china de hachís del tamaño de un guisante. Sorprendente regalo en Occidente para unos desconocidos.

Allí mismo y obligados por las reglas no escritas de la hospitalidad, como hubiéramos fumado la pipa en una tienda india, hicimos el sacrificio.

Maribel y Carmen, la hospitalidad se contagia, nos invitan a esta primera comida en Chaouen. 350  dirhams, unos 30 euros, la comida de los  ocho, cinco adultos y tres niñas.

Con saludos y reverencias mutuas inacabables nos despedimos del personal del Andalusí que nos acompaña hasta la puerta, donde la anciana sigue sentada junto a la hierbabuena.

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 21 de septiembre de 2007.