Estampas marroquíes. 4. Comida en el Andalusí.

Cruzamos la frontera en Ceuta a las 12 y en Marruecos eran las 10. Se gana en el cambio de moneda y hasta en la hora.

Después del encuentro con las amigas fuimos cerca de casa a comer al Andalusí, acabas por acostumbrarte  a la cantidad de nombres evocadores del pasado colonial como «pensión Denia»,  «hostal Guernica», hotel Parador,… no hay que olvidar que el protectorado español sobre esta zona del Rif duró hasta 1956; junto a la entrada al callejón donde se encuentra el restaurante o, mejor, casa de comidas, una anciana, sólo con cara y manos a la vista, vende ramilletes de hierbabuena apilados en un trozo de tela extendida por la acera.

Bajamos unos peldaños y entramos a un pequeño recinto abovedado con dos mesas en el centro a las que se alcanza desde el poyo o asiento corrido pegado a la pared que sirve de respaldo.

Estamos sedientos y aunque no tienen, ya lo sabemos, pueden conseguir unas cervezas.

Pedimos una sopa, ensalada, couscous y pollo.

Pasan los minutos, la hora, y nada aún sobre la mesa, excepto unas aceitunas.

No impacientarse. Tenemos todo el tiempo del mundo. Han comenzado a elaborar la comida. Somos los únicos comensales.

Finalmente empiezan a poner la ensalada, las sopas después tranquilamente y ya el couscous y…

Las cervezas llegan más tarde, calientes. Las meten a un frigorífico, supongo, y nos vamos bebiendo una a una entre todos para que las otras, pretensión vana, se vayan enfriando.

Al final ya no nos llaman ni frías ni calientes, vamos siendo engullidos lentamente por la lentitud ambiente.

Entre dueño, camarero y chicos de los recados hay cinco o seis personas a nuestro servicio que, sin alterarse, «prisa mata» dicen, nos van trayendo todo a un ritmo contagioso que nos hace cobrar conciencia de la inutilidad de la impaciencia.

Después de tres largas horas y del té con hierbabuena, que echan a puñados, el camarero regala tres collares a las chicas, y a los chicos,¡ qué ocurrencia!, nos regala una china de hachís del tamaño de un guisante. Sorprendente regalo en Occidente para unos desconocidos.

Allí mismo y obligados por las reglas no escritas de la hospitalidad, como hubiéramos fumado la pipa en una tienda india, hicimos el sacrificio.

Maribel y Carmen, la hospitalidad se contagia, nos invitan a esta primera comida en Chaouen. 350  dirhams, unos 30 euros, la comida de los  ocho, cinco adultos y tres niñas.

Con saludos y reverencias mutuas inacabables nos despedimos del personal del Andalusí que nos acompaña hasta la puerta, donde la anciana sigue sentada junto a la hierbabuena.

 

José Luis Simón Cámara.

San Juan, 21 de septiembre de 2007.