Visita a Venecia

Hacía ya mucho tiempo que tenía ganas de ir a Venecia. ¡Había leído y escuchado tantas historias ocurridas en ella! Desde  Marco Polo a Corto Maltés. ¡Se habían fundido allí tantas culturas, tantas razas, tantas religiones…!

Probablemente, como suele ocurrir, la realidad supere a la ficción, pero es muy posible que tanta ficción, cuando llegue a ella, la reduzca a una sucesión de viejos edificios y canales y góndolas que, como en todas partes, están hechos de piedra, agua y madera.

Como cuando alguien regresa después de muchos años a su lugar de nacimiento esperando reencontrar el pasado, la familia, los amigos, rincones…y…  apenas reconoce a nadie ni a los rincones que buscaba y se encuentra como un extraño y quizá lamenta haber regresado adonde no debía haber vuelto nunca.

Aquí no se trata de reencontrarse con el pasado puesto que Alfredo nunca había pisado aquella ciudad, pero hay lugares, como le ocurrió con Roma, por ejemplo, que le producen la sensación de haberlos visto antes. ¡Tanta lectura, tanto estudio, tanto latín, que, bueno, entonces comprobaba su inutilidad para deletrear desleídas inscripciones en viejas piedras conservadas, pero le evocaban algo familiar.

Hay lugares o ciudades que, como todo debía ser, son patrimonio de la humanidad porque cualquiera puede, por lejanos que sean sus orígenes, sentirlos como suyos. ¿Qué decir de Atenas o del cabo Sunion desde donde los navegantes griegos se adentraban en el Egeo de las mil islas, donde aún puede verse, como los nombres de los enamorados dentro de un corazón, el nombre de Lord Byron escrito a mano sobre aquellas piedras que han sobrevivido?

Se había creado tantas expectativas como cuando te elogian una novela o  una película y luego quedas defraudado por buenas que sean.

Su imaginación lo llevaba envuelto en una capa y bajo los arcos de un puente con una anciana gitana adivina de cuyas descolgajadas orejas pendían unos largos pendientes dorados, pintados los ojos y arrebujada en un rincón cobijándose del viento.

La realidad era otra. Llegó en un vuelo regular al aeropuerto de Venecia y en un taxi se desplazó hasta el hotel, donde le dieron una habitación desde la que no se veía ningún canal, ningún edificio noble; sábanas colgadas de una cuerda entre balcones, unas bragas negras que pudieran parecer una máscara si estuviéramos en carnaval y un par de calcetines, cada uno de un color. En uno de los balcones un cubo de plástico medio roto y dos macetas poco lustrosas.

Esa fue su llegada. Nada menos misterioso en aquella ciudad de la que él se había forjado una imagen que no tenía nada que ver con aquella realidad.

Bueno, había un gato negro con un ojo escurrido junto al cubo de la basura, acomodado sobre una de las macetas. No me quitaba el ojo de encima. Era quizá el único elemento en aquel conjunto que podía formar parte de un paisaje misterioso.

A pesar del cansancio del viaje, en cualquier caso nada parecido al de aquellos otros viajes en carruajes después de largas semanas, decidió salir un rato a respirar al menos el aire de la ciudad que tanto le había hecho soñar. Desde el ascensor del hotel había visto los últimos rayos del sol en aquel enclave que había sido línea divisoria entre oriente y occidente, en cuyas proximidades se habían librado batallas que habían decantado el destino de tierras y gentes.

Ya comenzaba a anochecer cuando, con las manos en los bolsillos, se adentró por unos callejones algo sombríos, después de todo era el ambiente que le gustaba, buscando  un bar donde tomarse una cerveza con alguna tapa, asunto difícil fuera de su tierra, pero sí al menos unas aceitunas o unas almendras.

Canales fuera y canales dentro. Me refiero a las fotos que decoraban el bar al que decidió entrar, quizá porque estaba la puerta entreabierta y vio desde la calle dos o tres mesas con gente joven en animada conversación y a otros en la barra mirando un partido de fútbol en la omnipresente televisión. Afortunadamente ni los parroquianos, que gesticulaban permanentemente, ni la tele eran estridentes.

–          Una birra, prego, y unas aceitunas.

–          Non e possibile. Abiamo amande. ¿Voli?

Siempre le había ocurrido igual con el italiano. Lo entendía casi todo pero le era difícil hablarlo, sencillamente porque nunca lo había estudiado ni practicado.

Observaba el lugar y no veía mucha diferencia con cualquier otro bar de su país. Jóvenes bebiendo cerveza y conversando. Otros mirando la tele. Uno, allá, solo, sentado leyendo el periódico y otro, más escandaloso, que hablaba por su móvil. No entendía el poco recato o respeto que muchos tienen cuando vociferan por el móvil como si estuvieran solos, como si no molestaran a nadie, como si no les importara vocear sus intimidades ante los demás, como si los demás no existieran.

Se giró al oír un movimiento brusco de la puerta, empujada por un tambaleante individuo que caminaba como a saltos con una mano rígida y en la otra una bolsa. Nadie se sorprendió.

–          Ya llega Salvatore.

Es todo lo que escuchó. Salvatore se sentó solo en una mesa libre junto a la ventana y por allí miraba a lo lejos como absorto. ¿Quién sería aquel personaje? El aspecto era descuidado, barba sin afeitar algunos días, pero cierto aire de elegancia se desprendía del conjunto a pesar de su caminar cojitranco y su mano paralítica. La imaginación de Alfredo que no necesitaba mucho combustible para lanzarse a la maquinación, pensó en un noble arruinado, en un poeta maldito, en un novelista fracasado….

Con disimulo observaba.

Poco después Salvatore sacó una libreta donde con la mano izquierda, la otra estaba rígida, comenzó a hacer anotaciones o líneas…también podría tratarse de un pintor, y sin pedir nada le llevaron una botella de vino y un vaso. El camarero, que lo miraba sin ningún amago de burla, más bien con respeto, le sirvió hasta la mitad la copa y se retiró sin decir nada.

Alfredo, que se había quedado embelesado con la aparición de aquel personaje, volvió a la realidad y pidió otra cerveza. Parecía que aún había bajado más el volumen de la tele. Los jóvenes gesticulaban y hablaban menos. El grupo de una de la mesas se marchó.

En la sala crecía la presencia silenciosa de Salvatore que seguía mirando hacia la noche a través de la ventana y de vez en cuando se inclinaba sobre su libreta y hacía unos garabatos o escribía. Desde la barra no distinguía sus trazos.

Poco después de los chicos también Alfredo salió del bar. La oscuridad era total. Apenas unas luces mortecinas que reverberaban en el agua de los canales y se multiplicaban tenuemente. Evitando pisar algunas bolsas de basura regresó al hotel cansado y sorprendido por la delicadeza y respeto con que había visto tratar a aquel vagabundo.

Desde la calle miró hacia arriba y el único ojo del gato negro seguía fijo en él.

Las tersas y blancas sábanas acariciaban su cuerpo cansado y el sueño lo sorprendió pensando en el gato y en Salvatore. Quizá lo acompañaron en sueños pero, como en tantas otras ocasiones, no recuerda nada de todo aquello.

A la mañana siguiente, después del desayuno y antes de emprender la ruta prefijada días antes, se dirigió al bar de la noche y no consiguió encontrarlo. ¿Cómo es posible? Tres veces volvió al hotel para desde allí rehacer el camino que la noche anterior lo había llevado hasta el bar de Salvatore. No había manera. ¿Tanto se había alejado? ¿Habría llegado hasta allí distraido en sus cavilaciones sin darse cuenta de la ruta que había seguido? ¿Habría tomado otra dirección?

El gato seguía en el balcón y la dirección desde la que lo vio cuando regresaba al hotel era ésta que acababa de tomar. ¿Se habría confundido también de balcón y de gato? Desde luego a aquella distancia no podía asegurar que fuera el mismo gato tuerto.

Como quien abandona la búsqueda de algo que sabe tiene encima de la mesa y no encuentra, regresó al hotel para coger los planos de la ciudad, la hoja con la ruta de visitas para el primer día y una bolsa donde llevaba un pequeño diccionario y las gafas de sol.

Pensaba que a veces hay que dejarse llevar por la intuición aunque para hacerse una idea general de la ciudad y conocerla quizá sea mejor trazar un plan que nos lleve a los lugares de más interés. ¿Por qué  no tomar una góndola? Es otra de las posibilidades. El condotiero puede enseñarte una panorámica de la ciudad a través de los canales. Hecho esto, luego tú eliges aquello que más te ha gustado para visitarlo tranquilamente, pasear, comer..

Por otra parte el paseo en góndola le parecía algo demasiado turístico y tampoco  él se encontraba, creía, entre el tipo de gente que se deja guiar por las, muchas veces desprestigiadas, rutas turísticas.

Mientras iba barajando estas posibilidades por la calle vio, junto a las escaleras de bajada al canal una góndola. Apoyado en un remo  y mirando a una gaviota que hacía filigranas desde el aire hasta sumergirse en el agua estaba Salvatore. No lo dudó ni un momento. Se dirigió hacia  la góndola y Salvatore le indicó con un gesto que subiera y tomara asiento. Cuando ya estuvo sentado, Salvatore abrió los brazos indicando las dos direcciones, hacia el norte o hacia el sur, y con un gesto de pregunta lo miraba. Como no conocía nada le daba igual, por donde él lo llevara. A sus preguntas respondía abriendo los brazos como si no lo entendiera y le iba indicando con la mano algunos de los edificios más notables. En un momento del paseo soltó los remos y agitaba los brazos hacia un puente al que se dirigían y a través del cual, llenándolo, casi haciéndolo estallar, aparecía el luminoso sol de la mañana. Como si el puente fuera una diadema que sujetaba los dorados cabellos del sol naciente. Aquella hermosa y pasajera estampa tenía un contrapunto. En una esquina del puente había un anciano con la mano tendida al que pasaba.

El viajero flotaba de una visión a otra sin saber hacia dónde dirigir su sorprendida mirada.

¿Y los atrevidos caballeros que susurran delicadas palabras de amor a las hermosas damas ocultas tras las celosías de sus ventanas?

Todo lo que él soñaba de aquella ciudad estaba siendo desplazado por hechos insignificantes, cotidianos, pero que  cobraban una vida propia no imaginada por él.

Además aún no sabía nada de Salvatore. ¿Sería una especie de monje seglar sujeto a la ley del silencio?, ¿estaría mudo de nacimiento?, ¿Le habría sido cortada la lengua y no la vida como escarmiento viviente de alguna mafia siciliana o calabresa? ¿Pertenecería quizás a una logia masónica de las muchas que hay por el mundo?

¿Qué pensar? Ya en su época de estudiante de filosofía veía pasar por el claustro de la facultad a un individuo desgarbado, con los cabellos largos y desordenados, más bien huesudo y con un cubo en la mano. A ciencia cierta no sabía quién sería pero pensó que quizá fuera el catedrático de metafísica, muy existencialista él, o quizá fuera un conserje o un encargado de la limpieza.

Muchas veces la apariencia nos de sorpresas.

En un momento del paseo, Salvatore dejó sus remos y sin prestar atención al pasajero sacó un bloc de uno de sus bolsillos y comenzó a garabatear algo muy aprisa. Poco después, más tranquilamente, volvió a escribir algo que enseguida le mostró.

«Latrare de cani nella note

De qui aspeta, de qui sofre, de qui ama»

Estaba claro. Se encontraba ante un poeta. O sería quizá de otro autor, porque los versos le sonaban, y él se limitaba a repetirlos por escrito. Quizá por eso lo trataban con tanto respeto en el bar. La gente, incluso culta, siente adoración por los versos hermosos y aún más si no los entiende porque los atribuyen a una categoría superior que  a ellos no les es dado alcanzar.

«Todas estas observaciones que voy haciendo sobre lo que encuentro a mi alrededor no están mal pero tampoco constituyen el núcleo importante de un relato, de algo interesante, de algo que pueda mantener la atención y menos aún el interés del lector, ni siquiera del que lo vive, son, eso, pequeños detalles, como elementos descriptivos que añaden, de acuerdo, algunos matices, algunos trazos que pueden ayudar…»

Ladrar de perros en la noche.

Siguieron el paseo por aquel laberinto de canales, el castillo, Il Duomo, la gente por la calle en bicicleta, otras góndolas se cruzan, parece otro el ritmo de la vida visto desde el agua, sobre una barcaza sin motor, en silencio, solo el suave y rítmico movimiento de los remos, quizá como hace cientos de años, quizá como el pequeño Marco Polo vería la vida a su alrededor.

Estaba sumido en estas reflexiones, olvidado de Salvatore que apenas hacía notar su presencia, cuando vio que se acercaban a la orilla del canal y le hizo un gesto como de que el viaje había acabado. No sabía dónde se encontraba. Inútil preguntar al gondolero. Le dio las gracias y agarrándose a una maroma para no perder el equilibrio saltó de la embarcación a tierra firme. Dejémoslo en tierra. Fue subiendo lentamente los escalones hasta llegar a la calle. Trató de orientarse intentando localizar algún edificio conocido, el nombre de la calle o del canal y se dirigió a un porche donde había una anciana sentada.

–          ¿Cómo has tardado tanto tiempo? Sabía que vendrías.

Él no entendía nada. Esta señora se confunde, pensó para sí. Le preguntó dónde se encontraba pero ella volvía a la carga.

–          ¡Te he esperado tanto tiempo!

¿Sería una anciana perturbada por la pérdida de un hijo, por la prolongada espera de alguien que partió algún día para volver y no lo había conseguido?

Llevaba en las manos unas cuentas de rosario al que sus dedos daban vueltas mientras lo miraba, mientras hablaba. Su rostro parecía inexpresivo, no mostraba alegría ni tristeza. Miraba al horizonte. Sobre su cabeza un pañuelo negro anudado bajo el cuello.

Un abrigo viejo pero limpio y unos botines de media pierna sobre unas medias negras como de lana.

–          Sígueme.

Y comenzó a caminar lentamente. ¿Para qué iba a seguirla? Sin duda que la señora lo había confundido por alguna razón. Quizá el parecido, la edad, la altura… Pero, si  ni siquiera era italiano. La acompañaría un tramo para no desairarla hasta deshacer el malentendido y luego seguiría su ruta que tampoco sabía muy bien cuál era.

–          Ya nos estamos acercando.

Su castellano era perfecto, nada sorprendente en un italiano por la claridad de sus sonidos, pero ni siquiera tenía acento. Y esto era más raro en una anciana.

Al llegar a la fachada de un palacete del XVII extrajo la llave de su bolsillo y abrió la puerta. Allí, otras personas que susurraban al pasar,  prepararon la mesa junto a una chimenea.

Queso, aceitunas, vino y pan.

El refrigerio lo recuperó de tanta irrealidad y fue entonces cuando le dijo que ella era Lucrecia.

–          Y ¿qué tiene eso que ver conmigo? ¿Por qué se ha dirigido Vd. a mí ¿ Acaso cree que soy un pariente? Yo jamás había pisado esta laguna. Vd. está confundida. Le agradezco su amabilidad, su hospitalidad, pero siento defraudarla. Yo soy Alfredo Tresfuegos, crítico literario, algo poeta y biógrafo, sobre todo esto último.

–          Ya lo sabía.

–          ¿Cómo que lo sabía? ¿Qué quiere decir con eso?

–          Por esa razón te esperaba.

–          ¿Cuál es la razón? ¿Porque soy algo poeta como Salvatore?

–          Salvatore no es un poeta.

–          ¿Quién es Salvatore?

–          Salvatore es mi hijo. Y estaba ansioso por poder traerte hasta mí.

–          O sea que estábais conchabados.

–          No desesperes, Alfredo. Todo vendrá a su tiempo. Hoy ha sido la toma de contacto. Vete a tu hotel y descansa. Mañana te espero a mediodía. Hablaremos y entenderás muchas cosas.

No salía de su asombro. Recordó  «Con  la muerte en los talones», un error tonto desencadena una serie de acontecimientos vertiginosos e incontrolables que te arrastran no se sabe dónde.

Aún con el sabor del parmesano y el vino, que por estas tierras es bastante potable, salió de aquel noble edificio donde la señora, sin ser a todas luces la dueña, era al menos obedecida y respetada por todos los que había a su alrededor.

Le indicaron la ruta de regreso y no podía imaginarse que estuviera tan cerca del hotel.

El gato seguía acurrucado en la maceta de la ventana. Ya en la habitación del hotel daba vueltas de un lado a otro sin decidirse a ponerse cómodo. Lo mejor sería ponerse el pijama y tumbarse a mirar algún programa de TV o a leer un poco. Se había llevado un poemario de García Montero, entre otras razones porque el tiempo dedicado a la lectura durante los viajes es escaso y nada mejor que unos poemas que pueden leerse por separado. Otro habitual de sus viajes es Sánchez Rosillo, el poeta murciano.

No, decididamente no se pondría el pijama hasta encontrar alguna rendija que arrojara alguna luz sobre el encuentro con la señora.

Se tumbó vestido en la cama y así amaneció al día siguiente cuando los primeros rayos de sol le dieron en la cara. Se incorporé algo sobresaltado. Hacía años que no dormía así. Se aseó, se vistió y bajó a tomar el desayuno.

El camarero le indicó una mesa en la que había un sobre dirigido a él.

«Alfredo, te espero a las 11 en el mismo sitio de ayer»

Desayunó tratando de tranquilizarse y salió con precipitación hacia la calle. Caminó sin fijarse en nada de lo que lo rodeaba. Iba solo pendiente de encontrarse con aquella inquietante señora.

¿Y su hoja de ruta?

Había elaborado una ruta circular para no dejar ningún barrio de la ciudad sin visitar, y la verdad es que aún no había visitado ninguno propiamente. Se había movido unos metros en las proximidades del hotel. Tantas ganas de visitar Venecia, de conocerla, y después de dos días seguía sin conocer casi nada. Si al menos presenciara el rapto de una dama a través de las murallas de un convento, como le ocurrió aquella noche en Toledo, sin salir de de su asombro; bueno, siempre pensó que se trataba de una dama, pero vete tú a saber si se trataba de un caballero embozado con capa o si se trataba de un monje, que no era ajeno Toledo a estos raptos en la historia.

No, nada de esto pasaba en Venecia, al menos, él no lo veía.

Haciéndose estas reflexiones llegó hasta donde estaba Lucrecia. Con un gesto le indicó que la siguiera y llegaron, por una puerta pequeña y discreta en una callejuela lateral del palacio hasta las dependencias de caballos y criados. Una gran cocina con el fuego encendido los aguardaba. Junto a la mesa que había cerca del fuego se sentaron.

–          Te advierto que va a ser muy difícil que te creas la historia que voy a entregarte. Pero te ruego que la sigas, si te decides, hasta el final. Si no, márchate ya porque no quiero ver ojos de incredulidad cuando confío algo de mi vida. Tú sabes muy bien que en la famosa batalla de Lepanto hubo soldados españoles y entre ellos, y muy conocido ya en su época aunque más en la posteridad, hubo uno llamado Miguel de Cervantes, el manco de Lepanto, por haber perdido allí un brazo, el izquierdo. Otros muchos perdieron la vida.

Aquella señora, desde luego que no pertenecía a la nobleza, a lo que normalmente se entiende por nobleza, vamos, pero mostraba una elegancia de gestos y ademanes que, a pesar de sus austeras, humildes y manidas ropas, no podía ocultar una esmerada educación y modales que se reflejaban también en su perfecta pronunciación del castellano y, por supuesto, a su corto entender, del italiano.

Su cabellera blanca, su rostro sereno, su claro perfil romano hacían pensar en alguien de familia venida a menos o en quien, a pesar de los escasos medios, había recibido una educación muy superior a la de la gente que se mueve por la calle.

Bueno y ¿qué podría contarle aquella buena señora? No creo que le viniera con la copla de que era descendiente de Cervantes, porque sí, todos sabemos,  o al menos la gente estudiosa de la vida del manco, que de su estancia en Italia le viene el apodo. Pero eso ya sería el colmo. Más de 400 años después de su estancia en Italia sería mucho más que sorprendente que hubiera algún descendiente suyo por aquellas tierras. Aunque ¡quién sabe!, se dice desde hace tiempo que la realidad supera a la ficción y vete tú a saber si personaje tan prolífico con la pluma no lo fue también con la espada.

Porque también es verdad que de lo poco que se sabe de  Miguel es que tuvo que huir a Italia, avisado por un amigo de que los alguaciles iban en su busca por la gravedad de las heridas que había causado a un contrincante por un asunto de faldas. Tenía 20 años. Visto así podría pensarse que su afición a todas las batallas muy bien podría incluir las amorosas. Además el caldo de cultivo, la eclesiástica Roma de finales del siglo XVI, la depravada curia del momento, los aires de libertad del humanismo, el escaso precio de la vida de un soldado, el desarraigo del exilio, quizá sean elementos..¿y las historias que cuenta? ¿son fruto de su fantasía o más bien reelaboración de episodios vividos o presenciados o escuchados en sus correrías por aquellos laberintos palaciegos de pasiones encendidas envueltas en conspiraciones y silencios?

Estaba dando rienda suelta a su imaginación y lo más probable es que la buena señora quisiera simplemente venderle alguna de sus telas o pedirle algún favor para su hijo confundida por no sé qué motivo.

Pensaba que esto último era lo más probable. Porque si era sincero, casi ni en su pueblo lo conocen, más allá de su familia y cuatro amigos y, bueno, algún editor pero sólo por el nombre. A veces le gustaría que la gente lo reconociera, como ocurre a famosos actores, políticos o escritores, pero  prefería el anonimato a pesar de sus servidumbres, como que nadie te haga caso ni te conozca ni se quede mirando cuando pasas.

Bueno, a decir  verdad, una vez en Londres, iba él disfrazado, dos jóvenes lo confundieron, no, no con Marlon Brando, que ya le hubiera gustado, con Belmondo, quizá por el grosor de su labio inferior o por el cabello anillado o por la nariz, lo demás iba todo tapado.

¿Con quién podría haberlo confundido la señora? Aunque no sería la señora sino quien se lo dijo a la señora, es decir, o el gondolero o el barman del bar aquella noche o alguno de los chicos que bebían y charlaban en las mesas. ¿Y alguien del hotel? Allí tenían su nombre. Porque ella aún no lo había visto hasta el momento del encuentro. Al menos eso creía él. ¿Qué podría haberlos llevado a la confusión? ¡Entre tanto turista (¡qué poco le gustaba la palabra!) que todos los días pasea por Venecia!

O ¿habría una serie de sociedades secretas, como una imaginación calenturienta pensaría, unas dedicadas a los asuntos más abominables y abyectos unas veces y otras a los más generosos y transparentes? Entre las primeras están las que han hecho tristemente famosas a regiones como  Sicilia y ciudades como Palermo, y entre las segundas  esas sociedades filantrópicas y culturales que ayudan desde tiempos lejanos a paliar los efectos de la pobreza y de la miseria cultural.

De las primeras una incipiente irrupción literaria que ha puesto en la picota a sus autores, nos muestra la crueldad de sus procedimientos y la bajeza de sus fines.

En cuanto a las segundas, su pretendida falta de puesta en escena, por huir de la vanidad y el reconocimiento públicos, las hace casi desconocidas.

¿Quién puede estar interesado en el estudio de la influencia de la libación de las abejas en la reproducción y evolución de algunas plantas? ¿A quién le intriga el rastreo de unos genes desde la época romana hasta nuestros días en la ciudad de Trevi?

Es sabido que algunas de estas sociedades tanto por filantropía como por discreción se alimentan de un amplio y variado espectro humano que va desde miembros de la aristocracia  hasta otros que rozan la marginalidad. Encontramos a ricos hombres con rancios apellidos y a ciegos y disminuidos que limpian los zapatos en un rellano. A quienes duermen en amplios aposentos llenos de tules y a los que echan sus huesos en las caballerizas de los palacios.

Ya sabéis lo que es un secreto guardado a voces. Así funcionan las primeras sociedades. Y el que no lo guarda aparece cadáver con un pez en la boca.

En las otras no hay ley del silencio sino práctica de la discreción pero no las convierte por esto en menos eficaces. Dicen de éstas que una noticia puede transmitirse del punto más alejado del norte de Italia hasta el talón de la bota a una velocidad superior a la de la luz. Ya sé que es exagerado pero lo dicen.

¿Sería posible – parece mentira la capacidad de invención  para salir de una vulgar visita a una ciudad conocida por estar construida sobre el agua donde han ocurrido tantas aventuras- que una de estas sociedades se dedicara a rastrear la herencia de un ser humano o bien por su vida insigne o miserable o bien por su riquísima producción artística o por cualquier otra razón?

Y ya empezaba su imaginación a elaborar una teoría entre muchas. ¿Sería que aquella anciana y austera dama pretendía -conocedora de sus trabajos ¿cómo era posible por otra parte? sobre algunos autores- alguna investigación sobre alguno de ellos? O ¿sería quizá que quería proporcionarle alguna información cuidadosamente guardada durante años o incluso siglos y transmitida con sumo secreto de padres a hijos cuando ya presentían la proximidad del final de sus vidas?

¿Qué podría decirle la señora?

¿Le contaría que era descendiente de uno de ellos?

Estaba empezando a pensar que cualquier personaje podría haber dejado alguna estela, algún recuerdo, algún descendiente, algún manuscrito celosamente guardado.

¿Y si el secuestro de Miguel no hubiera sido fruto de la casualidad?

Sí, se dice que una tormenta separó al grupo de naves que regresaban de Italia y la galera «Sol» fue apresada por unos piratas berberiscos con sede en Argel adonde los llevaron a todos. ¿Por qué precisamente su nave y no otra?

¿No sería posible que el pirata hubiera seguido los pasos del convoy con el ojo puesto en la galera donde iba embarcado el causante de su desengaño amoroso?

Y entonces empezó a evocar sus tímidas relaciones con una hermosísima joven napolitana a la que visitaba cada vez que el Bey de Argel le encomendaba una misión de espionaje industrial en los astilleros de Nápoles. Tanto turcos como cristianos sabían que los acorazados barcos de guerra no podían perseguir a una ágil galera que desaparecía en el horizonte antes de que sus pesados cañones la alcanzaran. Tanto cristianos como turcos intentaban hacerse con los planos de las embarcaciones más seguras y rápidas porque sabían que de eso dependía el control del comercio y a veces el político y militar.

Es verdad que apenas habían hablado y mucho menos se habían comprometido, además, quizá hubiera problemas de convivencia a menos que Francesca se aviniera a dejar su Nápoles natal para irse a vivir con los turcos, enemigos de la cristiandad, a Argel, que era un nido de renegados, piratas y esclavos.

Pero él volvía cada vez y siempre la encontraba o cerca de su casa o en la plaza junto a la fuente o vendiendo ricos paños en la tienda de sus padres.

Habían pasado varios meses desde su último trabajo en Italia y regresó ante la sospecha, poco tiempo después confirmada, de que los del Papa estaban preparando una gran armada de todo Occidente para luchar contra el imperio otomano.

Su misión consistía en averiguar el número y tipo de embarcaciones que los cristianos iban a utilizar contra los infieles, según dicen los cristianos.

Aunque  ésa no era su misión, lo primero que hizo al llegar a Nápoles fue buscar a Francesca por todas partes, sin atreverse a preguntarles a sus padres que no veían con buenos ojos el escaso trato que el moro tenía con su hija. Ni en la tienda ni en la plaza ni en la fuente.

Comenzó a pasear por el puerto olvidado de los barcos sin conseguir quitarse del pensamiento a Francesca, hasta que creyó ver lo que no hubiera querido haber visto, a Francesca sonriendo junto a un soldado enclenque cuya espada reflejaba el movimiento de las farolas de los barcos atracados.

Era ella sin duda.

Said quedó desolado. Ya no le importaban los barcos ni los musulmanes ni los cristianos. Lo único que le importaba era Francesca. Era su ilusión. Sólo pensaba en ella dondequiera que estuviera. En Argel, en Nápoles o en Palermo. Eso le daba igual.

A partir de aquel momento se prometió a si mismo vengarse de aquel soldado algún día. Aquí, en tierra extraña era un suicidio, pues la ciudad estaba en manos del ejército español. Bastante problema tenía haciéndose pasar por comerciante. Bastaba cualquier altercado para que lo investigaran y acabaran sabiendo que era un espía enviado por el Bey de Argel. Aunque para antes de que eso ocurriera guardaba una cápsula de veneno preparada para la ocasión. Su desolación era tal que tuvo más de una vez la tentación de usarla, pero aún más fuerte que el amor a Francesca era el deseo de venganza en aquel inoportuno soldado que se la había arrebatado.

Resignado a su suerte, después de unos días de decaimiento, recobró su vitalidad y acabó el trabajo para el que había sido enviado, asombrado ante el número de naves preparadas para esa sospechada batalla de la que aún no se sabía ni la fecha ni el lugar pero que tendría lugar sin duda alguna porque los dientes no se afilan sin motivo.

Cuando volvió meses después vio nuevamente a Francesca embarazada pero no vio al joven soldado. Después de muchas dudas se atrevió a abordarla en la fuente con el pretexto de ayudarle a llevar el cántaro lleno de agua. Said no hacía más que mirarle el vientre sin decir palabra. Ella se sonrojó y, aprovechando unos soportales de la plaza se apoyó en la pared y comenzó a llorar como una niña. Said se acercó a ella tratando de consolarla.

–          Dice que volverá, pero ya hace meses que no sé nada de él. Quizá está muerto.

–          Y ¿cómo te confiaste y te entregaste a él? ¿Sabes quién es? ¿En qué cuerpo del ejército y compañía está?

–          Sólo sé que se llama Miguel de Cervantes y está al servicio del  capitán Don Diego de Urbina. No sé nada más. Es cariñoso, ocurrente, iluso, pero me ha dejado abandonada.

–          Algún día lo encontraré. Descuida.

Said se marchó de Nápoles porque los vientos de lucha cada vez soplaban más fuerte. Con el juramento de que volvería cuando amainara la tormenta se despidió de Francesca prometiéndole ocuparse de ella y del fruto de su vientre.

Poco tiempo después comenzaron las hostilidades. En el golfo de Lepanto, cerca de Corinto, en aquellas claras aguas tuvo lugar la batalla más grande que vieron los siglos.

Hubo mucho muertos pero Miguel, aunque herido, sobrevivió a la batalla y también Said que había luchado a las órdenes del Bey de Argel, al que había salvado in extremis asediado por los enemigos. Ya en Argel lo colmó de obsequios y, conocedor de sus gustos, le regaló una galera de las más veloces que se conocían.

Habían pasado ya tres años pero  no había podido regresar a Nápoles porque los ánimos seguían encrespados y los cristianos estaban aún envalentonados por su pírrica victoria en Lepanto.

Miguel sí regresó a Nápoles y estuvo con Francesca y con su hijo. Había visto tanta sangre, tanta muerte, tanta viuda abandonada a su suerte que su corazón se había endurecido a pesar de que la ternura fue como un oasis aquellos pocos días que pasó junto a ellos. Tras explicar a Francesca que los problemas de su familia lo obligaban a regresar a España, le prometió volver algún día y desde el principio le enviaría algún dinero para ella y para Marcelo, el niño.

Había conseguido alguna carta de recomendación de sus superiores como soldado ejemplar con heridas de guerra y regresaba a España.

Todo este tiempo Said no había estado inactivo. Sus contactos como antiguo espía los mantenía y había hecho averiguaciones sobre la peripecia del soldado que había preñado a Francesca. Sabía que, en última instancia, la había abandonado a su suerte y volvía a España en la nave Sol de una escuadrilla que viajaba en grupo por seguridad, para evitar posibles asaltos de piratas. Ahí entró en juego Said. Estaba cerca de saborear su venganza.

Alertado por otros navegantes, seguía a lo lejos la escuadrilla esperando la oportunidad de un ataque por sorpresa aprovechando la noche o un islote o una tormenta que dispersara al grupo de naves.

La suerte lo acompañó porque una imprevista tormenta dispersó las naves. La galera de Said, mucho más ligera, pudo vadear cómodamente el temporal y seguir a la vez, dada su pericia y su ligereza, a la galera Sol donde sabía que navegaba el soldado español.

Es verdad que llevaba las cartas de recomendación, pero sólo le quedó como marca de la batalla su mano izquierda inmóvil, porque cartas, documentos y algunos versos escritos después de la batalla, fueron a parar al mar en el revuelo del asalto y la lucha por defenderse de los piratas.

Miguel se veía observado por uno de los piratas pero ni podía imaginarse que Said lo había visto con Francesca y mucho menos que supiera cuál era su relación con ella, que tuviera un hijo, que la había abandonado, que él la rondaba hacía tiempo. Nada de esto podía imaginarse Miguel que se había sumido en la desesperanza después de tanto tiempo deseando volver a Madrid de donde había salido hacía más de 5 años y viéndose ahora secuestrado y con un destino incierto en el mejor de los casos, pues había tenido tiempo de escuchar cómo las gastaban los piratas de Argel en aquellas mazmorras o baños donde maltratan, amputan, sodomizan, empalan a los secuestrados.

Únicamente el sueño lo hacía olvidar todo lo que se le venía encima después de lo que ya había pasado.

Said estaba un poco perplejo porque aunque casi todos los datos que él tenía, todos los informes que había conseguido, coincidían, había algunos detalles que lo hacían dudar.

Francesca no le había dicho en aquella ocasión que el soldado tuviera la mano inválida ni a él se lo parecía cuando lo vio aquella vez paseando junto a Francesca por el puerto de Nápoles. Tampoco sabía que tuviera un hermano que había luchado con él en  Lepanto. Y lo que más le sorprendía. El secuestrado se ensimismaba en cualquier rincón y sobre cualquier trozo de papel o de tela de la ropa, que llevaba hecha jirones, tomaba notas, escribía con un carboncillo o tinte de los que abundan en un barco. Y luego lo guardaba entre el calcetín y la bota procurando que no quedara a la vista. En más de una ocasión lo vio untar en la sangre de una herida no del todo curada para escribir.

Pasadas tres semanas llegaron a la costa. A pesar de las miserias del secuestro pudo contemplar la hermosa bahía en la que desde el mar se elevaba sobre el cerro una ciudad blanca que  deslumbraba con el sol naciente al amanecer de nuestra llegada.

Llegaron justo a tiempo para la exposición a la venta. Era el mercado de esclavos. ¡A él que venía de Italia, de la Roma humanista, de la libertad del ser humano!. Iban siendo colocados en fila ordenados por edad. A Miguel no lo subieron a la tarima de la exposición. Ya estaba asignado a alguien, a Al Mumi Suli. No entendía por qué él era el único excluido del grupo. Ni quizá lo supiera nunca. Pero quizá fuera esa la causa por la que a pesar de todos sus intentos de fuga, pagados normalmente con la muerte por empalamiento, siempre salía ileso. Realmente Said no quería que muriera. Prefería que siguiera vivo para sufrir. Said se complacía de ver sufrir a quien le había arrebatado, sin saberlo, es cierto, a su amor. Ni nadie excepto él lo sabría. Porque entonces tendría que confesar su fracaso. Tendría que hacer público que aquel manco infiel le había arrebatado a la mujer de su vida. Y esto era humillante. Pero la posición de Said le permitía una venganza lenta.  Estaba siempre informado de los pasos de sus «protegido». Y quizá el odio tampoco pueda ser eterno. Said empezó a mirar a su víctima con menos rigor del que acostumbraba hacía ya varios años.

Sabía cómo se comportaba con los otros prisioneros, cómo los animaba, cómo los ayudaba, cómo se atribuía  las conductas sancionables , los intentos de fuga, para evitar que castigaran a sus amigos..

Todo esto fue haciendo mella en el corazón de Said que después de todo se había sentido atraído por la misma mujer que él, lo cual era una forma de mostrar que ambos tenían sensibilidad, quizá la misma sensibilidad., pero lo que colmó el vaso de la misericordia fue enterarse un día por sus informadores de que cada cinco meses enviaba parte del dinero recaudado por su familia y amigos para la compra de su libertad, a una tal Francesca de Nápoles en Italia.

Entonces fue cuando la barra de hielo de la venganza se quebró y Said, avergonzado, fue desapareciendo discretamente del escenario de Miguel, no sin antes dar instrucciones para que mejorara su trato a pesar de que, después de este giro, aún intentara Miguel una última fuga de cuyo castigo apenas pudo librarlo, porque si bien no fue empalado, como solían hacer con los reincidentes, no podría evitar la decisión del Bey de trasladarlo a Constantinopla, dado lo elevado de su rescate.

Pero aún así pudo Said ayudarle, porque fue él quien a través de un discreto intermediario amigo suyo, hizo llegar a los padres mercedarios la cantidad de 200 ducados que faltaban para completar los 500 que pedían por su liberación.

Entonces regresó a España.

Miguel nunca supo que durante cinco largos años más los dos o tres previos a su captura había estado en manos de alguien por el solo hecho de haber estado enamorado de Francesca, la chica napolitana con la que él había tenido un hijo.

Cuando Miguel llegó a España su hijo había cumplido ya los 8 años. Durante mucho tiempo sólo supuso que Francesca y su hijo vivían porque nunca recibió devueltos sus envíos de dinero.

Fue mucho más tarde, cuando el azar y la insistencia le proporcionaron el oficio de recaudador de aceite para pertrechar los barcos de la armada invencible que Felipe II había decidido enfrentar a Inglaterra, cuando recibió una nota manuscrita de Francesca a través de un antiguo compañero de armas recién regresado de las campañas italianas. El chico tenía ya 15 años y su madre 33.

«Sabemos que te acuerdas de nosotros porque recibimos tu inestimable ayuda. No te olvidamos».

Así siguió enviando dinero hasta que por sus cálculos el chico cumplió los 20 años.  Ahora se explicaba tanto enigma en su entrega de cuentas al contador real que lo había contratado. Hasta ahora se pensaba que si deudas de juego, quiebra de bancos donde guardaba el dinero, vida disipada…todas esas hipótesis que se han barajado como causas de sus sucesivos presidios en Castro del Río y Sevilla.

Su vida estuvo llena de prisiones, quizá por eso sus discursos sobre la libertad, quizá por eso Don Quijote liberó a los galeotes «¿Quién es el rey para privar de libertad?»

El joven y su madre, cansados de los continuos sobresaltos del virreinato de Nápoles y con los ahorros que tenían, fruto del trabajo y de la ayuda del desaparecido soldado del emperador, se trasladaron a Venecia, ciudad rodeada y atravesada por el mar, que parecía más tranquila y de animado comercio.

Allí se instalaron y la madre continuó con su habilidad en los bordados; su fama entre las damas elegantes pronto se extendió por la ciudad. Ni sus delicadas manos ni las limitadas horas del día podían satisfacer las muchas peticiones que recibía. Francesca contaba con la ayuda de su hijo que ocupaba casi todo el día llevando los bordados de su madre a muchas casas principales.

Su natural gracia y discreción, muy apreciadas por algunas damas cuyos maridos andaban ausentes por asuntos de armas o de comercio, le proporcionaron no pocas aventuras y problemas de los que siempre salió bien librado. La experiencia lo fue haciendo cauto y cuidaba mucho mezclar el amor con los negocios. Aunque este cambio de actitud los privó de algunas clientes que más bien se sentían atraídas por Marcelo que por los bordados.

Aun así, la finura del trabajo, la elegancia de la clientela y los cuidados  modales de Francesca y de Marcelo, los hicieron gozar de una reputación muy alta para su clase si bien no llegara a la altura de las damas principales.

Una de aquellas damas, Alfonsina, de las más jóvenes y tímidas, cuyas mejillas enrojecían al ver aparecer a Marcelo, enviudó sin que el joven mercader de gran futuro hubiera dejado un heredero para su apreciable fortuna. Un asalto de piratas berberiscos a su nave se cobró la vida del caballero y de tres de sus colaboradores.

Alfonsina se fundió en un mar de lágrimas durante meses pero la primavera del año 1585 pareció revestirla de sus adornos y aquella flor ajada por el dolor comenzó a cobrar vida y movimiento hasta lucir de nuevo como antaño.

Era tan tierna, tan ingenua, tan transparente que ni el cauto Marcelo evitaría sucumbir a sus encantos. Nada era pretendido. El candor de Alfonsina la hacía tratar a Marcelo como a un amigo de la infancia, hasta el punto de correr hacia él cuando se acercaba y saltar sobre sus brazos para que Marcelo la cogiera. Luego lo sentaba a su lado en el jardín y comenzaba a contarle sus cuitas, secretos de las criadas, habladurías que escuchaba. Era tal su candor y naturalidad que a los ojos de Marcelo crecía cada día en estima.

Es cierto que esas familiaridades no se las permitía en vida de su marido, pero sólo por si acaso eran mal interpretadas por la gente de palacio; ahora nadie podría malinterpretarlas y todos lo consideraban como los cariñosos y espontáneos modales de Alfonsina.

Algunos caballeros venecianos, atraídos por la belleza, la juventud y el patrimonio de Alfonsina, comenzaron a cortejarla pasados dos largos años. Sus parientes la aconsejaban sobre la conveniencia de contraer nuevo matrimonio con uno de aquellos distinguidos caballeros. Pero ella que tan temprana e involuntariamente había sido llevada al matrimonio pensó prolongar un tiempo al menos aquella situación de libertad que nunca había gozado como ahora y la hacía sentirse feliz y satisfecha. Era como si un mundo nuevo se abriera ante su vida. Podía disponer de ella a su antojo. Y todos la respetaban. Muchas ricas casadas la envidiaban. Asistía a algunas fiestas. No demasiadas. No le gustaba prodigarse. Prefería que todos se quedaran con ganas de su presencia. Marcelo se había convertido en su confidente. A su relación nadie le atribuía importancia porque ¡quién iba a pensar que una dama principal y un recadero de bordados!

Lo cierto es que su trato amistoso, su vivo afecto, su mutuo atractivo los fueron aproximando de tal manera que un día se fundieron en un abrazo interminable del que se libraron para cobrar fuerzas, reírse a carcajadas y volver a abrazarse una y otra vez.

Era imposible mayor armonía, pero su espontaneidad, la alegría que rebosaban, su incontrolable y creciente atractivo, comenzaron a desatar las habladurías, y el insoportable peso de las costumbres y de las convenciones sociales aconsejaron a Marcelo, desgarrado el corazón de Alfonsina, ausentarse de Venecia.

Algún correo los informaba de su suerte. Marcelo volvió a Nápoles, ya más pacificada, y allí, ayudado por sus parientes, pudo trabajar primero como bracero del puerto y después como comisionado de una compañía de mercancías de ultramar. Supo que Alfonsina había dado a luz un niño y meses después se casó con uno de sus pretendientes. Según le decía su madre, Alfonsina le permitía visitar al niño y le puso el apellido del padre. Era una de las condiciones a su nuevo matrimonio. Seguía tan hermosa como siempre y se desvivía por su hijo. Podía estar tranquilo.

Así fue como Piero Cervantes creció en una rica mansión y recibió la educación y los modales de una elegante familia veneciana.

Marcelo volvió una vez a Venecia, cuando supo que su madre estaba enferma. Rodeada de amigas y servidoras la encontró en el lecho de muerte. Un abrazo, un fuerte suspiro y murió. En el funeral pudo ver a lo lejos a Alfonsina y a Piero, pero el dolor y el desasosiego lo embargaron y se empozó el desconsuelo.

Nada de esto sabía Miguel en España. Siempre asediado por problemas de familia y de dinero, se consideró liberado de su responsabilidad para con Marcelo y su madre cuando aquél cumplió la mayoría de edad y como él mismo, pensó, podría buscarse la vida.

Estaba en lo cierto. Su hijo, con dificultades, y ¿quién no las tenía? supo salir adelante y organizarse la vida. Para Miguel, la literatura, por la que siempre había tenido pasión, fue ocupando cada vez más espacio en su vida para sobrevivir en varios sentidos, primero como ayuda económica para la subsistencia, casi siempre escasa, y sobre todo porque el desarrollo de sus ficciones le absorbía de tal modo que era el  mejor mundo donde poder desenvolverse, era su refugio, era la vida que hubiera deseado en el país que hubiera deseado. Todo estaba tan lejos de la realidad que ni siquiera soñaba con verlo realizado a menos que fuera en su imaginación. ¡Qué lejano quedaba entonces ese mundo idílico, de justicia, de solidaridad! Pero nadie podía impedirle soñar y se adentró en algunos sueños que todavía no han pasado el umbral de la realidad.

¡Había pasado tantos episodios en su vida! Episodios ligados a lugares. Su duelo en Madrid lo envió a Italia, su guerra y su amor lo llevaron a Argel, su libertad a España nuevamente. Y de allí aún hizo intentos frustrados por largarse, buscando las Américas, donde no pudo marcharse. Como si cada ciclo de su vida acabara cuando dejaba la tierra donde se había desarrollado. Etapas de una vida bien diferenciadas.

Y ¿es verosímil que aquel hombre con tantas horas y años de pluma no hubiera escrito ninguna carta a Francesca y a Marcelo? ¿ Es eso creíble? ¿Era tan desalmado?

Como aparecen los huesos del eslabón perdido en Kenia o Atapuerca, seguro que un día aparecerán esas cartas.

Quizá esta cita con la anciana dama no tenga nada que ver con estas hipótesis que barajo y se limite a entregarme un manojo de cartas, en parte roídas por los ratones, o ¡quién sabe! Quizá bien conservadas en un pequeño arcón que ha viajado sucesivas veces de Nápoles a Venecia y de Venecia a Nápoles. Cartas llenas de nostalgia, de cariño, de compromiso, de olvido, de recuerdo.

«Amiga mía, no consideres un agravio lo que no es más que el deseo de que organices tu vida honestamente. Mi ansia de viaje, los problemas de mi familia,el riesgo de mi oficio y el desasosiego de mi vida me obligan a decirte adiós aunque mientras pueda te llegará mi ayuda económica para que ni a ti ni a nuestro hijo os falte lo necesario aunque me costara cárcel»

Esta carta fue enviada desde Italia aún, cuando las campañas militares posteriores a Lepanto lo llevaron por otros puntos de la península.

«Buscando la libertad he venido a dar con mis huesos en estos baños de Argel. En Lepanto perdí la mano, saliendo de Italia os perdí a vosotros y ahora me he perdido a mí mismo en esta sombría mazmorra donde sólo escucho el ruido de las cadenas y los lamentos de los presos. Mi ayuda se espaciará por las circunstancias. Espero que esto sea pasajero»

Me parece innecesario aclarar que fue desde Argel, valiéndose de algún fraile de la Merced, desde donde envió esta otra carta.

Algunas otras que tratan de dinero y de las dificultades para conseguirlo y enviarlo en su actual estado le fueron dirigidas a Francesca que maldecía primero haberlo conocido y ya conocido -le había cogido tanto cariño-  no haber sabido retenerlo.

«El sol de la libertad vuelve a calentarme la espalda. Espero que vosotros ahí, en la bulliciosa Nápoles, no hayáis estado expuestos ni a la más pequeña de las adversidades que me han sobrevenido en estos años. De regreso a mi patria espero poder dar un cambio a mi vida y a la vuestra»

Pasaron meses hasta que recibieron su misiva porque fue entonces el traslado a Venecia de Francesca y Marcelo. La verdad es que no mucho después las ayudas económicas que les llegaban iban en aumento y gracias a ellas y a la industria de Francesca consiguieron instalar aquel negocio de bordados que los hizo casi codearse con gentes que de otra manera nunca hubieran estado a su alcance.

Mientras Alfredo Tresfuegos andaba con estas ensoñaciones, la anciana señora, como para traerlo al mundo real, poniendo en sus manos una arqueta llena de cartas, le dijo que allí estaba todo lo que tenía que confiarle y se despidió de él revelándole su nombre: Lucrecia Cervantes.

Con aquel tesoro entre sus manos salió a la calle donde lo esperaba Salvatore. En su góndola lo devolvió a las escaleras de acceso al hotel desde cuya puerta vio al gato tuerto rodeando la maceta del balcón en el que aún permanecían colgados los dos calcetines de distinto color y las bragas negras como antifaz de carnaval.

José Luis Simón Cámara

San Juan, Febrero de 2009

Un pensamiento en “Visita a Venecia

  1. Y es que la lluvia, hace milagros,…., reverdece nuestro mejor Josele al cual tendremos pronto en la Volta a la Foia !!

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