Viaje a Venecia. (29 de Mayo-1 de Junio de 2010)

Alicante 29 de Mayo.

Llegan mis primos del Siscar y mi hija Marina y la suya nos llevan al aeropuerto. El vuelo se retrasa 30 minutos por las protestas de los controladores. Llegamos a Trevisso a las 5 de la tarde. Una suave lluvia nos refresca en el minúsculo aeropuerto italiano. A las 6, tras casi una hora de espera nos lleva el autobús hasta Venecia. Antes de abandonar el continente comienzan a verse grúas y viejas naves portuarias. Poco después un brazo de tierra con carretera y vías ferroviarias paralelas nos aleja del continente y nos acerca a Venecia hasta la plaza de Roma, único lugar al que llegan vehículos rodados. Tras unas vacilaciones José Antonio saca billetes para el vaporetto que nos hace un largo recorrido de 50 minutos hasta el apeadero de San Zacarías. Es el primer contacto con la ciudad. A pesar del hambre, son ya casi las 8 y no hemos comido, excepto Inma, desde las 12 en San Juan, la vista no sale de su asombro ante el inacabable espectáculo de palacios y más palacios, de todas formas, arcos, colores, dimensiones, conservación… porque los hay desconchados, refulgentes,…

De vez en cuando unas gotas de agua del canal salpicaban la cara y nos sacaban del encantamiento multiplicado por el hambre, el cansancio y el ligero mareo del inestable vaporetto.

Una ciudad flotante sin coches ni motos ni autobuses, sólo los vaporettos, alguna pequeña embarcación con sordina y cientos de góndolas silenciosas que salían de estrechos canales impulsadas por un remero de pie con una pareja de enamorados o un islámico con su harén o un grupo de asiáticos o japoneses, especie que más abunda aparte de los occidentales.

Sin salir del asombro, renovado de tramo en tramo, llegamos a San Zacarías, el apeadero próximo al de San Marcos, hasta donde nos llevó el vaporetto. Allí, siguiendo las instrucciones del hotel, tomamos la estrecha calle Rasse hasta el final a la izquierda que nos llevó a una pequeña plaza en la que según las instrucciones estaba la calle di Spezieri. Miramos todas las que llegaban hasta la plaza o de ella salían y no la encontrábamos porque en ningún momento pensamos que pudiera tratarse de un callejón de un metro de ancho que también daba a la plaza. Pasando por delante vi un viejo y pequeño cartel de madera colgando de un alambre torcido en la pared donde ponía escrito con letra a mano «Albergo Al Tiépolo». Nunca pensé que podría tratarse del hotel. Me adentré en el pasadizo mientras los otros seguían buscando calle adelante y al final del mismo, no tendría más de 10 metros, una pared del edificio lo cerraba, se encontraba el hotel. Regresé a la plaza y los llamé ya alejándose en busca de otra calle. Se quedaron de piedra cuando vieron en aquel cochambroso pasillo el nombre de la calle «Di Spezieri» y el viejo cartel de madera anunciando el albergo Al Tiépolo.

Todos mantuvimos la respiración hasta entrar a la recepción donde una simpática y oronda chica observó en nuestros rostros la incertidumbre y respiro que nos produjo pasar del callejón a la recepción. Aquello ya parecía otra cosa. Como fuimos descubriendo con el paso de las horas la mayoría de edificios de esta ciudad que emergió y se sumerge o están hechos de ladrillo mudéjar o de piedra sillar o de mármol. En recepción veíamos ese viejo ladrillo manchado de salitre y enmarcado en un moderno color ocre limpio. Una hermosa y singular flor saliendo de una larga copa de vidrio apoyada en el suelo. Dos reproducciones de Tiziano en la pared.

Las habitaciones, ambas exteriores, una a un callejón donde también se veía basura y el chapoteo del agua asomando del canal, y otra principal con hermoso balcón de piedra sobre el canal por el que una tras otra pasan lentamente las largas góndolas todas iguales, como en otro tiempo los taxis en Londres, a veces con música en vivo, acordeón y cantante, si los turistas, mayoritariamente japoneses, tienen el bolsillo generoso. Ya hacia las 9 de la tarde, hambrientos, nos sentamos en el primer restaurant de la plaza, perteneciente al hotel y con derecho al 10% de descuento.

Las inevitables pizzas y unas como croquetas de bacalao. Un paseo por San Marcos, nunca visto hasta ahora, con las omnipresentes y feas estructuras que esconden las obras de rehabilitación en torno al Campanile. La plaza, apenas iluminada, casi ocultando todas las mezclas del rico arte de la época, lo bizantino y lo occidental se funden allí en un despilfarro de mármoles y piedras y mosaicos de mil formas y colores.

Los músicos de los bares de la plaza, Florián, y otros compitiendo por la posible clientela que pasa y se para o se sienta mientras al anochecer comienza ya en estos días de junio a brotar el agua por las alcantarillas de la plaza hasta rodear la catedral sumida en la semioscuridad. El día ha sido largo y nos retiramos al hotel del callejón oscuro.

Domingo, 30 de Mayo.

A las 9 desayunamos y comenzamos un paseo que nos lleva por la plaza nuevamente, hasta ahora no vista de día, de la que salimos por uno de sus muchos arcos en dirección al puente de Rialto caminando junto a los canales que a veces nos pasan por debajo. Iglesia de San Salvador, palacio de la música, donde compramos entradas para asistir por la noche a una selección de óperas conocidas. Seguimos hasta el hermoso puente de Rialto escoltado a ambos lados por innumerables y minúsculas tiendas de souvenirs, casi todas como en toda Venecia, llenas de máscaras y cristal. Atravesamos el puente y pasamos al barrio de San Polo en cuya rivera del vino nos sentamos a tomar un trago junto al gran canal. Nos damos cuenta en aquella quietud llena de movimiento de que no hay ruidos coches, motos…Sólo el vaporetto y algún barco-taxi cuyo sordo ronquido se pierde entre el chapoteo de las góndolas. El paseo continúa de nuevo por el barrio de San Marcos dejando atrás teatros, Goldoni, La Fenice, palacios, iglesias, torres torcidas, hasta el puente de la Academia, cruzamos al barrio de Dorsoduro y regresamos por el puente hasta el amplio campo de San Angelo donde nos sentamos a comer en una de las muchas trattorias que rodean la enorme plaza.

La primera vez que los afortunados habitantes de la privilegiada habitación con balcón al canal escucharon durante la siesta a un gondolero cantar «O sole mio» se les saltó una furtiva lágrima de emoción, pero las siguientes veces ya se les saltaban de irritación porque les impedía conciliar el sueño.

Tras descansar un rato nos dirigimos a la ópera. En el camino, como otras veces, algún chico negro cargado de bolsos se nos acercaba para venderlos. Aunque tentadas por el precio, las chicas dijeron varias veces que no, pero aquella tarde la rubia y misericorde Mariasunción sucumbió al negro africano y le compró un bolso. Después del comercio subimos hasta la terraza de un hotel a tomar un gin-tonic y ver la ciudad por los tejados y cúpulas y torres. Poco después vamos entrando en el edificio donde escuchamos a Verdi, Rossini, Mozart, El barbero de Sevilla, La traviatta, Una furtiva lacrima, músicos y cantores vestidos de época con pelucas blancas y ademanes dieciochescos van desgranando una selección bastante conocida que te hacen creer por un momento, ignorante conocedor de esta música celestial, que te encuentras en tu ambiente.

Ya a las 10.30, con el espíritu alimentado por esta música diríase que pensada para la ciudad de los canales, nos sentamos a alimentar el cuerpo antes de que cierren la ciudad para el estómago. Por cierto, esa noche, de retirada al hotel observamos a un joven uniformado, son muy variados los uniformes entre los que creíamos distinguir a los carabineros, los municipales, los soldados o miembros del ejército, pero había otros además, como el de esa noche, pantalón y camisa de manga corta grises con unas pequeñas pinceladas rojas que a buen ritmo nos adelantó colocando unos pequeños papeles doblados en las rendijas de tiendas o establecimientos ya cerrados, serían las 12 de la noche. ¿Quién podría ser aquel uniformado dejando papeles en las rendijas de las puertas? Nuestra imaginación, ayudada por la abundante variedad de uniformes, todos armados con pistola, eso sí, volaba a los tentáculos de las tierras del sur de Italia, a esas organizaciones, mejor no nombrarlas, que, fuera de la ley, se incrustan en las más altas instancias del Estado. ¿Sería quizá el precio de una mordida o la prueba de la protección nocturna de los negocios?

Lunes, 31 de Mayo.

Salimos hacia el puerto y compramos un billete de 36 horas para el vaporetto. Esta modalidad te permite subir y bajar en cualquier apeadero cuantas veces quieras. En la primera parada bajamos para patear un poco el principio de Dorsoduro con la hermosa iglesia de Santa María de la Salud, construida después de una gran peste que asoló la ciudad. Retomamos el vaporetto y nos dirigimos al barrio de Cannarregio donde se encuentra el gueto judío más viejo de Europa. Gueto viejo y gueto nuevo. Tiendas de ropas y candelabros de siete brazos, restaurantes israelíes, algún clérigo anciano, la sinagoga con entrada de pago para el museo. Plaza con una pared llena de alambradas que recuerdan la vieja tierra donde ellos volvieron y cercaron a los penúltimos pobladores. Justo después, porque no comprábamos prensa ni veíamos informativos, supimos que ese día la armada israelí había abordado sangrientamente a una comitiva humanitaria que intentaba romper el bloqueo de Gaza. El guillotinado hecho verdugo.

Un alegre mercado recorre la arteria principal del barrio. Mientras tomábamos una cerveza sentados en una terraza reconocimos a una señora más bien gruesa con las piernas rojas a la que José Antonio había ofrecido el asiento que ocupaba en el repleto vaporetto. La señora, bastante inexpresiva, le había agradecido con un gesto su amabilidad sin sentarse.

No es difícil en una ciudad como ésta ver más de una vez a la misma persona aunque no sea en el mismo canal.

Desde allí cambio de aires, cogimos el vaporetto rápido (línea 2) y nos adentramos en el mar casi abierto hasta llegar a la isla de Lido. Nada que ver con Venecia. Comida en el jardín de un restaurant, algún decadente hotel en el que Inma creyó reconocer al que aparece en la película «Muerte en Venecia» y pocos metros más allá el mar abierto, una larguísima playa de arena grisácea, el Adriático. Lido tiene una anchura de unos 700 metros y una longitud de 12 kilómetros, perfecta muralla defensiva de Venecia en la época del comercio y las luchas con turcos y genoveses.

Regresamos a Venecia justo 5 minutos antes de las 5 de la tarde y pudimos entrar, librándonos de las interminables colas de todo el día, a la catedral y tras nosotros cerraban las puertas de acceso. Es verdad que lo vimos todo en 10 minutos. La vista se desplazaba sorprendida por techo, paredes y suelo. ¿De cuánto tiempo han dispuesto los humanos para tamañas construcciones? Junto a las inmensas y variadas columnas las miniaturas de mosaicos de inimaginables formas y colores, cúpulas, dorados, azules.

La borrachera de arte nos condujo a sobar la mona en forma de siesta. Por la tarde compras, pocas, y yo me dediqué a buscar la casa donde nació y vivió Marco Polo, aquel viajero infatigable que llegó a los confines del mundo conocido en busca de las preciadas especias que más tarde, por iniciativa de otro viajero genovés, causaron la desgracia de los indios americanos que subidos a sus hermosos árboles y rodeados de vistosos pájaros vieron venir por el mar, mientras fumaban, aquellas embarcaciones del viejo mundo con sus bodegas llenas de fuego que les quemaba las entrañas.

Marco Polo Leaves Venice Almost Certainly on His Second Trip in 1271

Suponía que la fama de Marco Polo me iba a facilitar la localización de su casa pero las respuestas de camareros, tenderos, era siempre imprecisa, ambigua, cerca del puente de Rialto, cruzándolo, antes de cruzarlo, hacia la derecha, por aquel pasadizo. A punto de desistir vi el nombre de una calle «million» y por allí pregunté hasta descubrir una pequeña y de tan alta casi ilegible placa donde decía que en aquel lugar donde ahora hay un edificio contemporáneo sin gracia alguna estuvo su casa. Eso sí, junto a un canal. Fue toda la información que obtuve. No me pareció muy popular la figura del primer occidental que pisó aquellas desconocidas y lejanas tierras y lo contó además, preso de los genoveses, a un colega de presidio que fue tomando nota hasta convertirse en el libro de las maravillas o millione.

Cuando regresábamos tropezamos otra vez con el chico negro de los bolsos y poco faltó para que mi prima le vendiera esta vez el bolso al vendedor ante su ancha y simpática sonrisa.

Esa noche, ya de despedida, nos sentamos tras la música bajo los soportales del Florián, bar visitado en el XIX por escritores, artistas, pintores, de cuya época guarda aún el aspecto. Allí cenamos mientras escuchábamos a la orquesta y observábamos la cara de tedio de la pianista y la monotonía de músicas que tocan día tras día hasta el aburrimiento y sirve de distracción a los que sólo pasan por allí una vez en su vida.

Martes, 1 de junio.

Hechas ya las maletas, últimas compras y paseo por una zona próxima y aún no visitada con ancho canal donde se encuentra la casa de Grecia. Subimos al vaporetto que nos dio el último paseo por el gran canal hasta llevarnos nuevamente a la civilización del ruido y el motor en la plaza de Roma donde comimos antes de coger el autobús que nos trasladó al aeropuerto. Treviso-Alicante.

Releyendo este breve reflejo de nuestro deambular, que es lo que más hemos hecho, observo que apenas he hablado de la gastronomía. Buena señal. Si hubiéramos encontrado algo malo hubiera aparecido reflejado. Cerveza buena, vino mejor, me refiero al corriente y moliente que aquí llaman de garrafa y en la España antigua de frasca. ¡Qué decir de pizzas, spaguettis, canelones, frituras! Parece que las hayan inventado por aquí.

Una leve somnolencia, en algunos sueño profundo, nos trasladó de aquella tierra o agua de ensueño a la realidad diaria. Ya en el aeropuerto periódicos, radio, TV, sólo hablaban de la crisis económica de la que por unos días nos habíamos abstraído, rodeados de canales, góndolas y pasado.

 

San Juan. 10 de junio de 2010

José Luis Simón

Un pensamiento en “Viaje a Venecia. (29 de Mayo-1 de Junio de 2010)

  1. Venecia con Josele crece y es que la engalana tanto que a cualquiera le entra gana !! de visitarla , cuando le llegue la paga.

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