El ruedo ibérico. 5.

Un pistolero se pasea por el Oeste1.

Al matón solo le faltan las pistolas. En otro tiempo las llevaba. Con esos ademanes, casi perdonando la vida, se pasea por los saloons de ese territorio donde se encuentra como pez en el agua porque está volviendo a funcionar la ley de la selva, la ley del más fuerte, la ley bajo cuya protección han estado dando licencias de vida o condenas de muerte durante los casi 40 años de vida democrática en este país, territorio donde ellos decidían sin necesidad de tribunales el linchamiento de sus adversarios aunque es cierto que algunos de los caciques de aquellas grandes manadas de ganado, como el inefable Carod Rovira, había conseguido patente de corso para sus leales cuando en un irrepetible esfuerzo de pureza democrática o de limpieza étnica consiguió excluir a sus cuatreros de la diana etarra, porque ya tenían bastante ganado con el que entrenar su puntería en el resto de la llanura.

No estoy hablando de un inculto gudari forjado tras el rústico arado, sino de un pistolero recién salido de la cárcel por delitos de secuestro y pertenencia a banda armada, licenciado en esa Ciencia que debe de estar avergonzada de tener entre sus estudiosos a un carnicero, Filosofía y Letras, lo que nos hace suponer que ha leído a Tomás de Aquino, a Kant o a Sartre, autores entre otros muchos a los que se atribuye la famosa frase “Mi libertad acaba donde empieza la de los otros”.

Claro que incluso en el Oeste había una pequeña diferencia. No era lo mismo Billy el Niño o Lucky Luke que los hermanos Dalton. Unos mataban en defensa propia y en igualdad de condiciones. La astucia y la rapidez eran sus habilidades. Otros matones, los de este Oeste, mataban a ciudadanos indefensos a traición, con un tiro en la nuca, mientras se tomaban un café o jugaban al dominó con sus amigos o llevaban a sus hijos a la escuela.

Que nadie se confunda. Aquellos pistoleros del lejano Oeste se enfrentaban en medio de la calle, en igualdad de condiciones y, en muchos casos luchaban contra los poderosos dueños del ferrocarril o los banqueros o los rancheros que se protegían con una selecta pandilla de pistoleros para hacer frente a aquellos llaneros solitarios. Nada que ver aquel Oeste con éste. Aquí ha sido una pandilla de matones al servicio de la oligarquía y desprovistos del romanticismo o heroísmo de aquellos que se enfrentaban cara a cara, a pecho descubierto, con su enemigo, y no a escondidas y armados hasta los dientes frente a gente indefensa que ni siquiera se sabía objeto de persecución porque no había ninguna razón objetiva para perseguirlos. Eran una banda de asesinos a sueldo. Lo más alejado del honor y la valentía. Lo más cobarde y deleznable.

Pues bien, ese torturador y, al menos, cómplice, encubridor y, quizá, promotor de asesinatos, ese pistolero que habla de los asesinos presos condenados por la justicia como de “presos políticos” y de los fugados de la justicia como de “refugiados”, no solo se pasea por el polvoriento Oeste donde la Tramontana llena los ojos y la mente de polvo y nieve hasta hacer enloquecer a los que más ataca sino que es recibido con todos los honores por la presidenta del parlamento catalán en el Saloon donde los próceres reparten certificados de ciudadanía en nombre de ese pueblo , quizá, espero, avergonzado de que los pistoleros se paseen por su tierra como si fuera un saloon más del Oeste sin ley.

San Juan, 19 de mayo de 2016.
José Luis Simón Cámara

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[1] También llamado “Hombre de paz”. Si vis pacem, parabellum.

2 pensamientos en “El ruedo ibérico. 5.

  1. » Si vis pacem, parabellum «. Sabia reflexión de los antiguos romanos.

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