Sueños. 36.

“Si no sabes que cuando canta Sinatra en Washington la Casa Blanca en pleno se traslada hasta el teatro es que no sabes nada ni de Sinatra ni de Washington”.

Como si para mí fuera un baldón desconocer la vida del cantante y los entresijos de la Casa Blanca. Sí, había leído historias de cuando Ava Gardner, entonces casada con Sinatra, bajaba las escaleras del hotel Palas en Madrid, después de haber recorrido tablaos y tabernas con el torero Dominguín, envuelta en su abrigo de piel que abría mostrando su desnudez y dejando boquiabiertos a los muchos admiradores que se agolpaban en los salones del hotel ansiosos por ver a su ídolo. También sabía de los chismes que circulaban por los burladeros de Washington sobre Kennedy, Jacqueline y Marilyn. Pero a mí me interesaba bien poco todo eso. Apenas como una curiosidad. Lo que a mí me interesaba desde hacía tiempo y me seguía interesando era ella. Ni Jacqueline ni Marilyn y mucho menos aún Sinatra y Dominguín. Pero ¿por qué me diría aquello a la vez que se desembarazaba de mis brazos?

Fue su manera de decirme que le quitara las manos de encima aquella rubia que me había costado tantos años llevarme al huerto.. Más clara no podía ser. Me gustaría o no pero lo dejaba bien claro. Lo cual siempre es de agradecer. Si algo aborrezco es la ambigüedad. Así, al menos, sabe uno a qué atenerse. Ni siquiera aquella noche pasamos a mayores. Apenas unos besos, un deslizamiento manual por sus sinuosos contornos y poco más. “Es mejor que todo siga como hasta ahora”, se limitó a decir.

Habíamos coincidido en otros viajes mucho tiempo antes cuando nuestros compromisos morales nos ataban más de lo que estábamos dispuestos a sobrepasar. Pero en aquella ocasión todo había resultado mucho más fácil. La misma ciudad, el mismo hotel y los dos solos. La ocasión era única.

Su propuesta era bien clara. Quería que fuéramos al teatro. Sería una de las pocas veces que podríamos escuchar a Sinatra. Primero porque daba la coincidencia de que estábamos en la capital del país, donde él actuaba, y en segundo lugar porque ya le quedaba poca mecha al cantante. En una actuación reciente la “pájara” le había hecho olvidar las letras de canciones que llevaba cantando muchos años.

No podía imaginarme que desaprovecháramos ocasión tan singular de dar rienda suelta a nuestros deseos reprimidos durante tanto tiempo. Quizás ella pensara que la actuación de “La Voz” ya no podría volver a repetirse para nosotros y sí, en cambio, nuestro encuentro. Quizá la asistencia al recital fuera solo un pretexto para posponerlo. Quizá pensara, ¡quién sabe! Que era mejor mantener esa permanente situación de deseo no satisfecho para evitar que se desvaneciera el hechizo de lo desconocido, de lo prohibido, que durante tantos años había alimentado nuestra mutua atracción. O quizás acabara de descubrir que sin todos los elementos que dificultaban nuestra relación hasta ahora, y que realmente la estimulaban, había desaparecido la razón principal de nuestra fascinación.

El caso es que, con desgana, ¡qué coño me importaba a mí Sinatra!, me vestí.

Ella ya lo había hecho. Nos fuimos al teatro. Llegados allí en una noche fría, vimos aglomeración de gente en las proximidades. Encima de las puertas de entrada al vestíbulo un gran cartel luminoso visible desde lejos no cesaba de parpadear.

“Suspendida la función por indisposición del artista”.

San Juan, 28 de febrero de 2018.
José Luis Simón Cámara.

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