Un albergue en el camino.

Aquella noche no podía ya perder el tiempo. Era la primera noche en un albergue en el corazón de la ciudad. Entre el río y la plaza del Baldón, cerca del mercado y de la iglesia de Santiago Matamoros, nunca mejor dicho, porque tiene a sus pies las cabezas cortadas de dos o tres sarracenos y la espada levantada para seguir con su tarea. Comenzábamos allí un tramo del camino, ya hecho hacía muchos años, aunque siempre cambiante, como el cauce de un río por el que el agua que pasa es siempre distinta. Cometimos un error propio de principiantes e impropio de veteranos, pero siempre se yerra en algo. Después de entregadas las credenciales y documentación, pagamos lo estipulado, dejamos las mochilas en las literas de la 2ª planta y antes de salir nos dijeron que a las 10 de la noche cerraban la puerta. Ya no tenía solución. No íbamos a buscar otro refugio. La verdad es que la dinámica propia del camino casi te obliga a retirarte a esa hora o incluso antes, pero es la imposición lo que no nos gusta. Dimos un paseo por el largo puente que atraviesa el río inmenso y después recorrimos unos bares de tapas por las calles de San Pedro y de Lauro, donde se concentra el tapeo. De regreso al albergue y ordenados los enseres sólo él bajó a la cocina donde minutos antes algunos peregrinos tomaban un bocado. Ahora ya solo quedaban las hospitaleras, también cenando. En el largo balcón de la cocina había un oriental sentado. Cogió una silla de la cocina y la sacó al otro extremo del balcón donde se puso a leer. Cuando las chicas acabaron de cenar recogieron la mesa y colocaron los cubiertos en los armarios. Dos de ellas se marcharon y una tercera, la que nos había recibido al llegar, se entretuvo moviendo cosas de un lado para otro. Cuando acabó lo que hiciera se acercó al umbral de la puerta de acceso al balcón y comenzó a hablar con él obligándole a levantar la vista del libro que estaba leyendo.

–Con que sois del Sur y profesores jubilados…
–Pues sí, allí vivimos aunque de distintas procedencias.
–Yo tengo que incorporarme al Instituto el lunes próximo.
–Ah! También eres profesora…
–Sí, de Ciencias Naturales, aunque este es mi último curso. Y no te puedes imaginar las ganas que tengo de jubilarme.
–Claro que me lo imagino. Yo ya llevo varios años jubilado.
–Este último curso, ¡me han dado un año….!, y menos mal que era un grupo reducido, pero sin ningún interés….

Después de una larga conversación, más bien monólogo, sin razón aparente que, en el fondo, ocultaba un indisimulable deseo erótico, porque para qué todas aquellas consideraciones, todos aquellos comentarios, todas aquellas quejas, si apenas acababan de conocerse y después de muy pocas horas o quizá minutos, iban a dejar de verse, cuando ya parecía marcharse, tras varios amagos de irse aproximando físicamente él le sugirió la posibilidad de sentarse, incluso hizo ademán de levantarse para acercarle una silla que había al fondo del balcón y acababa de dejar libre el chino que desde allí sentado miraba las estrellas y el perfil iluminado de una torre de las muchas que se levantan en esta ciudad. Él, cansado del discurso, se sumergió en la lectura del libro que tenía entre manos y ella se despidió educadamente. Según otros cronistas le cogió la mano y la trajo hacia sí bruscamente. En otra época podría haberse permitido dejar pasar la ocasión, aún disponía de mucho tiempo por delante, pero ahora ya no podía perder ni un minuto de su vida. Era cuestión de intentarlo. Si funcionaba, bien. Y si no, también. Pero lo último era dejar pasar cualquier oportunidad que se presentara. Y valiera la pena, claro. Aquella mujer no era Greta Garbo, desde luego. Tampoco él era Paul Newman. Bien proporcionada, atractiva, discreta. Quizá le faltara decisión. Era lo que a él le sobraba animado por el recuerdo de cómo en parecidas circunstancias fue Menha, aquella egipcia cairota de pelo ensortijado, quien cogiéndole la mano con la que se despedía de ella lo introdujo en su habitación hasta donde la había acompañado y pasó la noche en las concavidades cerúleas del Nilo enredado en los rizos de ébano de aquella Venus negra.

(Del diario apócrifo del camino de Santiago)

San Juan, 10 de septiembre de 2018.
José Luis Simón Cámara.

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