Retazos. 28. ¿Tanatos o Eros?

Chispazo.

Me avisan de la muerte de la mujer de un antiguo compañero de trabajo. Nunca había tenido mucho trato con él, menos aún con ella, pero siempre habíamos mantenido una relación cordial, discreta, respetuosa. Acudo solo al tanatorio para presentarle mis condolencias. Como tantas veces ya, una visita más al tanatorio. Pero no imaginaba, ni por asomo, el desenlace de aquella rutina. Poco después, sentado en uno de los amplios sofás distribuidos a lo largo del gran salón alargado frente a las salas mortuorias, la vi, me vio y no hicieron falta palabras, fue suficiente la mirada. Impulsado por un resorte primitivo me incorporé lenta y decididamente siguiendo sus pasos. Sin recatarnos lo más mínimo, sin pudor estúpido, precisamente allí, donde la muerte está más presente que en ningún otro lugar, dirigidos por una fuerza irresistible nos encaminamos hacia los servicios y, ya dentro, en el pequeño vestíbulo que da acceso a las puertas de señoras y caballeros, comenzamos a desplumarnos, me refiero a la expresión de Calixto en la Celestina cuando Melibea le recrimina que le meta mano tan bruscamente: ”el que quiere comerse el ave, quita primero las plumas”, y fuimos dejando sembrada la ropa por el suelo hasta llegar casi desnudos al primero de los aseos con que tropezamos, no estábamos para mirar el símbolo del sexo. Cualquiera nos servía en todo caso a uno de los dos o a los dos porque fue tal la fusión que no sé qué máquina o herramienta hubiera sido capaz de separar el acoplamiento. Ni la búsqueda del espacio más acogedor en el estrecho e incómodo recinto enfriaba la fiebre que nos consumía. Sobre la taza, contra la pared, en el suelo, los cambios de posición no menguaban el orgásmico encontronazo prolongándolo ya un tiempo que llegué a considerar excesivo para estos efluvios eróticos.

Acabado el arrobamiento nos miramos a los ojos, hasta entonces no podían verse de tan cerca, y con la incredulidad de quienes han tenido tanta intimidad sin haberse visto ni haber cruzado jamás una palabra, salimos de nuestro cobijo y fuimos recogiendo la ropa desparramada por el vestíbulo de los aseos y, sin cruzar una palabra, nos fuimos ayudando a ponernos la ropa arrugada y casi sin desabotonar, más bien arrancada a girones en el paroxismo de la excitación.

Y, ya sin mirarnos a la cara, salimos por la puerta común como dos desconocidos. Lo que realmente éramos. Todo había sido un paréntesis. ¿Quién me iba a decir que ese signo de puntuación pudiera llegar a ser tan intenso y agramatical?

La gente que pululaba por las distintas salas seguía sentada o moviéndose y los muertos seguían muertos y quietos en sus respectivos ataúdes. Volví a sentarme en el mismo sofá del que me había levantado un rato antes y vi llegar a otros compañeros que se acercaron a saludarlo. Él, hasta entonces bastante sereno, apenas pudo reprimir unas lágrimas al evocar los momentos aún recientes en que le leía una novela a su mujer, ya incapaz de hacerlo por sí misma, casi en el lecho de muerte. Con un apretón de manos y palabras de ánimo salí del lugar sin volver a verla.

San Juan, 6 de Enero de 2019.
José Luis Simón Cámara.

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