Ni vino ni chocolate.

Como cada equis tiempo, cual sombra solitaria me veo por esos parajes otrora invadidos rodeado de amigos, llego al barrio de Santa Cruz por cualquiera de sus accesos. Me los conozco todos. Si por la serpenteante subida de San Cristóbal hasta la plaza del Carmen, saludo a Manolo, ¡Cómo ha ido engordando con el paso de los años!, muchas veces con su aburrimiento sentado a la puerta de su bar, con el viejo cartel del Ché colgado de la pared junto a algunas botellas de ron o de wisky, casi se confunden de tanto polvo, apenas movidas de su sitio cuando se me ocurre pedirle un chupito con la cerveza, en recuerdo casi siempre de mi amigo Pinki, aficionado a esas mezclas y que últimamente se llega hasta la cantina mexicana “Canalla” donde toma el auténtico mezcal “Alacrán” en Madrid.

Si por la espalda de la Catedral, plaza Quijano arriba, paso a saludar a mi amigo Juan, amante de todos los productos del Caribe, sean humanos, en este caso humanas, o fumables o bebibles, porque allí yo he probado las mejores labores de tabaco de hoja pura elaborado a mano por los viejos tabaqueros de las vegas aquellas por las que el gallego manco los llamaba “vegueros” y he bebido uno de los, dice él, mejores rones de aquellas tierras, el “Santa Isabel”.

La calle Toledo sigue siendo aún columna vertebral de ese viejo barrio en torno al castillo. Allí han surgido y desaparecido tabernas ¡quién no se acuerda del estrecho y siempre lleno bar de Luis con sus quesos! ¡Y del marroquí afincado en su kaasba alicantina! ¡Eran tantos los baretos o tugurios que para qué irlos nombrando!

Ahora suelo encontrar algunos amigos en la Hermandad de Santa Cruz, ahí donde guardan en una vitrina el traje de luces de la alternativa de José Mari Manzanares hijo. Está enfrente del “Mermelada”, otro bar en el que solo falta ya unos años el viejo billar donde solía jugar con mi amigo Paco, reducido a cenizas bajo un árbol en la Carrasqueta. A veces nos encontrábamos allí por negocios con nuestro amigo Juan, ya no lo veo hace tiempo, aquel que como consecuencia de un grave accidente de coche, necesitaba sujetarse el labio inferior con un dedo para que no se le saliera de la boca la cerveza. Cuando hablo de negocios me refiero al pequeño trapicheo de estupefacientes. Nos proporcionaba algo de chocolate y nos invitaba a unos cigarrillos que vaciaba y volvía a rellenar mezclando la hebras con partículas de coca. Todo eso mientras nos entreteníamos jugando al billar para lo que inventamos un sistema consistente en jugar cada uno 5 bolas: del 1 al 5, del 6 al 10 y del 11 al 15, según la primera que metieras. Muchas de las veces que llegábamos lo encontrábamos pegado a su novia, la máquina tragaperras, en la que metía casi todo lo que ganaba. Ya no lo veo hace algún tiempo y cuando pregunto por él rehúyen decirme que cada vez es más ruinoso su estado físico y mental.

¿Para qué acordarme del Quevedo de “Miré los muros de la patria mía / si un día fuertes ya desmoronados…”? Casi todo a mi alrededor es desolación cuando camino por ciertos lugares donde reinaba la alegría de la juventud. Entro finalmente a la Hermandad, calle San Rafael, y allí, como si no pasara el tiempo, amigos y conocidos como Juan, Paco y otros, jugando imperturbables al mus. Montones de cartas sobre la mesa. Sigo sin entender, nunca me han interesado los juegos, tan estáticos, de mesa, y los observo echar una carta tras otra.

Sí, a Paco ya lo han operado del tumor graso y apenas se le nota la cicatriz. Cuando he ido a pagar la cerveza han hecho una señal desde la mesa para que no me cobrara. Se me está acabando el tiempo y el espacio y aún no he hablado del título, pero ¿por qué iba a hacerlo?.

Quizá otro día.

San Juan, 10 de agosto de 2019.
José Luis Simón Cámara.

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