La fuerza de la sangre. (6 de marzo de 2020)

Aeropuerto Charleroi de Bruselas.

Vuelo Alicante – Bruselas sin sobresaltos. Aterrizamos a las 12.40. La lluvia y el viento nos golpean bajando las escalerillas. Pasamos de los confortables 24 grados del interior de la aeronave a los 4 grados en el exterior. Guiados por las cintas llegamos a las dependencias cubiertas. Salimos del interior del aeropuerto ya a cielo abierto. Cientos de pasajeros esperando bajo la lluvia persistente con viento frío en la calle, muchos de nosotros sin ninguna protección. Con los billetes en los bolsillos pero sin autobuses a la vista. Llega uno hacia las 13 horas. Comienza a moverse la fila y entre el personal algunos gritos: ¡eh, vosotros, listos…! (En distintas lenguas, claro) Que pretendían burlar el orden y colarse en el autobús. El viento arrecia y la sensación de frío aumenta. Hay quienes intentando cobijarse en la frontera del toldo, se mojan doble con el agua que chorrea de sus faldillas laterales. Grupos de jóvenes ajenos a las inclemencias del tiempo, charlan y ríen. Un pasajero setentón de casi dos metros luce mascarilla por el coronavirus, el mal amarillo que ha desabastecido supermercados y farmacias de productos de limpieza de manos, de alcohol, de desinfectantes y de mascarillas, que llegan, si las hay, a alcanzar precios desorbitantes en esta sociedad donde se hace negocio hasta de la adversidad ajena. Una empleada de la compañía de autobuses, viendo la ebullición creciente de la masa humana cada vez más inquieta, se acerca para informar, en un intento, creo, de tranquilizar al personal, de que en el plazo de veinte minutos llegarán dos autobuses. Noticia que tranquiliza relativamente al escaso número de gente que calcula sus posibilidades de ser de los afortunados y poder subir a los ansiados autobuses para abandonar este infierno frío y desapacible sin posibilidad alguna de escapar de él. El grupo entre el que me encontraba habíamos perdido la esperanza de poder subir a esos dos primeros autobuses. 14 horas. Aparecen autobuses que alimentan las esperanzas pero dan media vuelta y desaparecen. A las 14.15 horas llega un autobús y comienza a moverse la fila que como una gran procesionaria va girando por la senda que marcan esas vallas formadas por cintas, cada vez más frecuentes en las aglomeraciones humanas. Se para el movimiento cuando se ha llenado el autobús y aparece otro. Un respiro. La cola se mueve otra vez pero solo una leve sonrisa amaga en los aproximadamente 50 afortunados cuando, imprevistamente, aparece un tercer autobús que generaliza ya la sensación de descanso porque prácticamente todos ya podemos subir después de una larguísima hora y media de espera. Hasta podemos elegir asiento espacioso, confortable. Ya calientes en el autobús que nos lleva a la estación de Midi en Bruselas, comenzamos a olvidar esos larguísimos, inacabables minutos pasados con frío bajo el agua. La estación de Midi es un laberinto de plantas, trenes y metros, pero eso, caliente y bajo cubierta, es ya otra historia. Se trataba del principio del viaje a la antigua Flandes para conocer a mi nieta Teresa, recién nacida en aquella tierra tan hostil a la España de uno de sus hijos, Carlos V. La hostilidad pervive con el paso del tiempo.

San Juan, 11 de marzo de 2020
José Luis Simón Cámara.

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