Poesía y sueño.

Hoy, sentado en el salón, miro la lluvia a través de la ventana e inevitablemente me viene a la memoria “Monotonía de lluvia tras los cristales…”, aquel sencillo y hermoso poema de Machado. Aunque eso sería más bien en Soria, donde quizá la lluvia pueda llegar a la monotonía. Aquí, en estas tierras secas, estamos tan sedientos de agua que nos la bebemos en cualquiera de sus modalidades y por cualquiera de nuestras aberturas. Desde las cavidades orales hasta cogerla con las manos y dejarla penetrar por esas minúsculas oquedades formadas por los millones de poros que recorren nuestra anatomía. Ha llegado a tal punto en estas tierras la sequía que anoche, cuando dormía, y seguimos con don Antonio, soñé que la gente salía desnuda por la calle tratando de evitar con su cuerpo que cayeran al suelo las gotas de la lluvia. Observé algo realmente inusitado. Unos policías en cueros solo identificados por la gorra, paraban a la gente para denunciarlos por ir justamente como ellos, desnudos. ¡Ah! Pero nosotros somos policías, respondían ante la sorpresa de los multados. Algunos se resistían a firmar la multa, otros lo hacían y veían cómo su firma se desleía por la fina lluvia que caía sobre aquellas hojas de plástico que los polis llevaban guardadas bajo el sobaco. Inimaginable ver cómo después de extraer el bolígrafo del trasero lo exponían a la lluvia antes de pasárselo al denunciado para evitar el lógico mal olor del tintero. Ya sé que algunos detalles del relato afean la belleza y sonoridad de esos hermosos y sencillos versos del poeta, pero en honor a la verdad, me veo obligado a reflejarlo. Igual que cuando vas a deleitarte con el perfume de una rosa y acaba sangrándote la nariz herida por sus espinas. Y sigue el poeta:

“Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales”.

Ahora, en estas horas, en estos días, los colegiales berrean, protestan, gimotean, encerrados en sus casas, sin poder dar rienda suelta a sus impulsos de carrera, de juego, de pelea. Y la lluvia, caprichosa, va y viene con los vaivenes del viento. Si es del Este, quizá llueve. Si del Oeste, esas montañas que nos protegen del frío, nos privan de las lluvias. Y ¿cómo acaba el sueño? Era tanta la gente que se aglomeraba desnuda por la calle que los polis desistieron, incapaces, de su trabajo. Inidentificables sin uniforme y desprovistos de la gorra, abandonaron por el suelo libretas de plástico y bolígrafos, hundidos en el barro y comenzaron a disfrutar, como los demás, de los placeres de la lluvia sobre los cuerpos. En los más jóvenes, la lluvia, sin obstáculos, resbalaba formando riachuelos que iban desde la cabeza y los hombros chorreando por espalda, nalgas, piernas y pies hasta el suelo. Había quienes acariciaban la piel de sus vecinos lamiendo los canalillos del agua en dirección contraria a su caída. La que caía por el pecho y el vientre, se entretenía en el bosquecillo del pubis, donde algunos la saboreaban como si de una fuente mágica se tratara. No había diferencia entre jóvenes y ancianos, por cuya piel con arrugas, el agua se demoraba recorriendo sus estrías horizontales hasta caer, extenuada de tan largo y zigzagueante recorrido, a tierra, convertida en barro. De donde dicen los libros antiguos que proceden los humanos.

San Juan, 24 de marzo de 2020.
José Luis Simón Cámara.

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