Viejos amigos. (4)

IV

Frecuentábamos todo tipo de bares. También sitios pijos como el “Dallas Junior” en el paseo Gadea, con aquella Harley brillante sobre una plataforma y las chicas tontas buscando chicos a su medida. Los bares de cada zona de la ciudad cosechaban la fauna correspondiente. Aunque a veces y según las horas, había trasvase de personal. Digamos que los sectores más desahogados podían bajar a las cloacas. No a la inversa. El atuendo y el bolsillo marcaban la frontera. Pero preferíamos el tipo de taberna. La estética cutre nos gustaba. No sabíamos por qué exactamente. Quizá por el rechazo a la estética oficial que gozaba de tan poco atractivo, también porque era la de nuestros padres, la del poder vigente, y, ya se sabe, la juventud… Eso aparte de la rebeldía ante el sistema que se había convertido en represor de todo lo que representaba nuestro mundo.

Casi todos los tugurios a los que íbamos tenían algo en común. Mal iluminados, ambiente sombrío, tipos malencarados, caras de pocos amigos, sobre todo si no te conocían. Si se trataba de una pareja de gente joven bien vestida, es un decir, porque nos gustaba vestir algo estrafalarios, entonces olían a guripa. Y se deshacían los corros o se guardaban los paquetes de cigarrillos, a veces manchados de coca o mezclados con chocolate, como hacía Juan. Aquel chico del barrio que vaciaba el cigarrillo, lo mezclaba con coca y luego volvía a rellenarlo. Parecía un cigarrillo normal que sacaba del paquete recién abierto y se lo fumaba sin levantar sospechas. El mismo Juan que necesitaba sujetarse el labio para que no se le saliera la cerveza de la boca. Un accidente de coche lo dejó sin fuerza muscular en el labio inferior. Por entonces tus amistades y mías se encontraban rozando la frontera del peligro o al otro lado. Como aquella noche, por unos bares cerca de las Mil Viviendas. Íbamos a tomar unas copas y pillar chocolate. Sentados en una mesa con el camello, se le erizó la joroba cuando vio entrar por la puerta todo agitado al “Pirrele”, colega suyo de andanzas, detenido meses antes y encerrado en Fontcalent. ¿Qué haces, tío, por aquí, fuera del trullo?. Acabo de escaparme, dijo, mientras dejaba la pistola sobre la mesa. Yo no podía creer lo que estaba viendo. ¡Ostias, una pistola de verdad! Dijo un joven que echaba monedas a la máquina tragaperras. ¿Cómo se te ocurre venir por aquí? Es donde te van a buscar primero. Aún no me echarán en falta hasta el recuento de la mañana. Tienes que perderte, tío. Antes tengo que saldar las cuentas con ese hijo de puta. Yo no puedo estar entre rejas mientras ese malnacido se está cepillando a mi mujer. Además, delante de todo el mundo. Si al menos fueran discretos. Pero esto no acaba así. Después que pase lo que tenga que pasar. No paraba de dar vueltas, nervioso, alrededor de la mesa, con un botellín tras otro en la mano. Las copas y el chocolate, tira que va, pero la pistola era demasiado. Apuramos las copas y el negocio y sin darnos mucha prisa para no levantar sospechas ante el fugado, aquella gente era peligrosa, tomamos las de Villadiego y sin llegarnos la camisa al cuerpo, nos refugiamos en la calle Labradores, zona fronteriza donde confluían gentes de todo tipo, del barrio y de la Rambla. Una zona donde se podía pasar bastante desapercibido entre los pijos y los lumpen. No supimos qué ocurrió con el fugado. Seguro que le echaron el guante. Al final se dejaban cazar porque sabían que era la única salida. Ésa o el cementerio. No había otra. Y todos seguían teniendo mucho apego a la vida. Aunque fuera una mierda. Era lo único que tenían. La vida y ganas de disfrutarla, de aprovecharla. De aquella manera. Su manera.

San Juan, 28 de mayo de 2020.
José Luis Simón Cámara.

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