Malas no, pésimas noticias.

Después de 4 meses contando alguna historia casi todos los días, ha pasado ya más de una semana sin escribir una sola palabra. Como si se hubiera secado la fuente de inspiración. Como si se hubieran escondido las musas en la espesura del bosque. Y sin embargo afuera, todo sigue como siempre. Como casi siempre. Unos, la mayoría, viviendo. Otros, unos pocos, muriendo. Sin hacer ruido.

El lunes, 29 de Junio, escribía unas notas con otro título, “Malas noticias”. En un intento de informar a muchos compañeros que, por su hermetismo, no sabían de la gravedad de nuestra compañera y amiga. Por una calle del pueblo me he cruzado, como un presagio, con un antiguo compañero de trabajo durante muchos años.

Sin vernos desde antes del estado de alarma, nos ha preguntado por ella. Mi compañera, mi amiga, mi… lo que quisiera, si es que ella hubiera querido. Nuestra compañera, nuestra amiga, nuestra… lo que quisiera, si es que ella hubiera querido. Sólo he sabido decirle lo poco que sé. Que no es poco. Cáncer de hígado, cáncer de pulmón, ictus cerebral. Muy poco consoladora la información. Nos hemos despedido y ha sido ya en un despacho donde entre el bullir de gente de un lado a otro, alguien se ha quedado quieto ante mí, a poco más de un metro de distancia. Todos allí con mascarilla. Eso dificultaba su identificación. Un ligero movimiento de cojera y el recuerdo de su operación de cadera me han ayudado a identificarlo a la vez que ya él se dirigía a mí. Qué tal. Bien. ¿Y tú? Mira, de gestiones. Sin más preámbulos le he preguntado por ella. Está muy mal. No habla nada. Apenas puede articular palabra si es que acierta con la que busca. Una afasia. Incapacidad de comunicarse mediante el habla o la escritura por lesiones cerebrales. No quiere comer. No quiere ver a los amigos. Le ayudamos a levantarse y a los 10 minutos ya quiere volver a la cama. Al menos no tiene dolor, ése es su consuelo y sus hijos. El pequeño lleva con ella tres semanas y el de Madrid ha pedido la excedencia para estar junto a su madre. Dile que todos deseamos saber de ella. Dile que la queremos. Dile que quisiéramos ir a verla cuando ella lo decida. Transmítele nuestro cariño. Ella lo sabe. Todos, nuestros hijos y yo, sabemos que la queréis. Con la tristeza tras las mascarillas nos fuimos alejando mientras él, con su cojera, se dirigía a una de las dependencias. Casi se me habían olvidado las gestiones administrativas. El martes, 30 de Junio, me llaman unos primos. Acaba de morir el tío Manolo, uno de los doce hermanos de mi padre, con 95 años. Hasta hacía unos días con una energía impropia de su edad. No le sentaba bien el vino pero el cubata lo ponía en su punto. Ictus cerebral. El miércoles, 1 de Julio, cuando me dirigía a La Aparecida, pedanía de Orihuela, donde habían nacido todos los hermanos de mi padre, recibí un WhatsApp de una compañera informándome del agravamiento de nuestra amiga. Germán, hijo mayor de Mercedes, lo envía a las 07.51: “Hola, Concha, mi madre está ingresada. Ayer llamaron a la ambulancia mi padre y mi hermano porque no respiraba bien. Aquí le están poniendo morfina. Está muy mal”. Asistí al entierro de mi tío Manolo en La Aparecida y cuando regresaba de allí a San Juan recibí otro mensaje de Concha a las 14.15, más escueto aún: “Me acaba de decir Germán que ha muerto Mercedes”.

Después ya todo daba igual. Dondequiera que estuviera, cualquiera que fuera la hora de visitarla o no visitarla. Coincidir o no con los compañeros, con los amigos de estos últimos 30 años. Lo importante ahora. Lo único importante ahora es que está muerta. ¡Qué más da ya todo lo demás!

San Juan, 9 de julio de 2020.
José Luis Simón Cámara.

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