Desde el más allá1. 1.

I

Anoche, cuando aún caminaba por el filo del sueño y de la vigilia escuché tus palabras desde la distancia, trasladadas por el viento, y las sentía tan cerca como si estuviéramos tomando un café en el Blanco y Negro, tu bar preferido de La Albufereta. Y tú, como tantas veces me contabas alguna de las historias que leías, en esta ocasión me hablabas de los últimos días, en los que no habíamos podido hablar de nada, de tus últimos días postrada, traída y llevada de tu casa a la clínica.

“En aquellos finales días, imposibilitada de hablar por la, no sé si maldita afasia o si más bien fue una bendición que me aisló definitivamente de este mundo, las ideas se me atropellaban en la mente a una velocidad vertiginosa, desde la más tierna infancia hasta estos últimos tiempos. Allá en Almendralejo veía a las gallinas picoteando por la calle, los primeros escarceos bajo los naranjos de las plazas de Sevilla rociadas de azahar, luego las islas y la península, amores, hijos, horas y horas junto a la cama del hospital con mi hijo pequeño hasta que los años y la ciencia y el otro hijo por sus derroteros, y el largo tiempo de estancia en el Instituto de San Juan, tantas historias. Me dejaste, como una premonición, ¿te acuerdas? la, como la mía, triste historia de Stoner, aquel profesor que rozó la felicidad un breve tiempo con los dedos de la mano pero se le escapó como un pájaro que encuentra la puerta de la jaula abierta. Ahora aquí, sin las penas que me han acosado a lo largo de la vida pero también sin las alegrías puntuales contadas con los dedos de una mano. La fuerza de las ideas atropelladas que se elevaban por encima de mi maltrecho cuerpo era como un halo que lo sobrevolaba y desde lo alto miraba el triste espectáculo de un cuerpo, el mío, manipulado, encerado, hasta dejarme la cara fría, de cerámica, a la vista de los pocos amigos que se acercaron en esos momentos definitivos, y fui viendo incluso cómo me introducían en aquel horno a mil grados de temperatura donde mi cuerpo se iba consumiendo hasta ser reducido a cenizas que cabían en el cuenco de la mano, mientras a mí me llegaba apenas un poco del calor que se desprendía de aquel ingenio. Una sonrisa se me dibujaba cuando veía la tristeza colgada del rostro de mis amigos, de todos vosotros. Únicamente se me escapó una lágrima al contemplar la soledad de mis hijos, cuyo polo, vínculo y horizonte había desaparecido para siempre.

¿Qué te voy a decir, amigo? ¿Qué quieres que te diga que no sea triste? ¿Qué más quisiera, conociéndote, que decirte cosas que invitaran a la alegría? Pero no puedo engañarte. Nunca te he engañado. Tú lo sabes. Cuando hablábamos de poesía y cuando hablábamos de los hijos y del amor y de la amistad. Sobre todo de la amistad. Ese sentimiento tan raro, tan generoso, tan necesario. Más incluso que el amor, laberinto de vendavales. ¡Cuántas preocupaciones inútiles durante tantos años! Las cosas, muchas cosas, la mayoría de las cosas, ocurren. Simplemente ocurren. Rara vez podemos evitarlas. Y tampoco sabemos si ha sido mejor evitarlas. Las aguas buscan siempre su cauce y a pesar de los obstáculos acaban encontrándolo. ¿Qué te voy a decir que ya no sepas? Es como si todo se viera ahora mucho más claro. Antes, en la vida que tú sigues viviendo, también se veía. Pero como una neblina lo difuminaba. Más bien se intuía. Ahora está tan claro que no puedo creerme que no lo percibiéramos así.”

San Juan, julio de 2020.
José Luis Simón Cámara

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[1] Al leer este título me dan ganas, si aún tuviera ansias, de reír porque acabo de expresarme como quien ya no pertenece a vuestro mundo.

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