La Calle

No es que tuviera que dar ninguna explicación a nadie. Esos tiempos, no sé si añorarlos a pesar de las inquietudes inherentes, ya habían pasado. Ahora es a mí mismo a quien tengo que dar una explicación. Porque en el fondo, de lo que se trata, aunque quiera envolverlo con justificaciones de cualquier tipo, es de salir a la calle. El pretexto es lo de menos. En una época era el tabaco. ¡Diablos, me he quedado sin cigarrillos! Era razón suficiente no ya para mí, también para mi domadora, como dice mi amigo Pinki; tanto más que ella también fumaba y, aunque no lo creáis, aún sigue haciéndolo. Era y es una chica de convicciones. Cuando no, eran las cerillas. Algo tan elemental como una caja de cerillas, también se acababa. Porque los mecheros no se encontraban como ahora por todas partes. Aún recuerdo los viejos mecheros Zippo, cuyos poseedores se ufanaban del fuerte clic al cerrarlos. No todos los podían disfrutar. Y antes de éstos los de yesca o los de aquella larga mecha arrollada roja y amarilla con la rueda que hacía saltar la chispa al rozar la piedra. Todo esto ya nos retrotrae a la época de las petacas con picadura, aquellos cálidos recipientes de cuero oscuro, suaves de tanta caricia.

Otras veces era una barra de pan para la cena o para las tostadas de la mañana. O la leche. No queda ni para esta noche. Creía que aún quedaba alguna botella en la despensa y mira por dónde. Porque claro, cuando nacieron los niños recorríamos si era necesario todas las farmacias del pueblo y proximidades hasta encontrar el potito, el chupete, el pañal. A cualquier hora del día o de la noche. Pero ahora, sin fumar, sin bebés, con la despensa llena de leche y de pan. Con el cajón de las pastillas, no muchas, pero algunas, también lleno, con la basura ya en el contenedor, con… ¿Qué excusas voy a darme a mí mismo para salir a la calle? Ya no hay ninguna ni falta que hace. Lo que en el fondo me gusta, la razón oculta por la que a veces faltaban cerillas o cigarrillos, leche o biberones, no era otra que las ganas de salir, el deseo de estirar las piernas, el ansia de respirar el aire de la calle. No encontrarte con nada de frente que te corte el paso, poder avanzar sin tener que abrir ninguna puerta, ningún obstáculo, ninguna barrera, ninguna muralla.

Y claro, eso se da por supuesto, las piernas en forma, las rodillas engrasadas para caminar millas y millas sin necesidad de ir a ninguna parte, sólo por el placer de caminar. ¡Que le pregunten si no a quien no puede dar un paso! ¡Que le pregunten si no, aún me acuerdo de los pocos y tristes días pasados hace mucho tiempo en un estrecho y sombrío calabozo, a quienes tienen cercenada su libertad de movimiento entre los muros de la cárcel! ¡Que le pregunten si no a mi amigo Paco al que veía con frecuencia llegar caminando hasta el mar con la caña de pescar y ahora lo veo entristecido arrastrarse con el andador por las aceras del pueblo! ¡Que le pregunten si no a esos desconocidos armados de muletas articuladas para desplazarse unos metros! Ah! Y esto sin recurrir a los duros y largos días, semanas y meses en que por salud pública se nos ha confinado sin poder movernos libremente, sin poder caminar por las calles, sendas y veredas, sin poder acercarnos a la arena, sin poder sumergirnos en el mar. Si todas estas restricciones, ahora suavizadas, aún penden como espada de Damocles sobre nuestras cabezas, los pretextos, las excusas, todo se convierte en inútil, innecesario. No hace falta ninguna razón para salir a la calle, al aire libre, al aire.

4 de diciembre de 2020.
José Luis Simón Cámara.

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