El tren y la higuera

Hoy, paseando por el pueblo, he visto las hasta hace unos días desnudas ramas de las moreras vistiéndose poco a poco de esas tiernas hojas verde claro que una mirada paciente y atenta podría ver crecer por momentos. Es un espectáculo que no por repetido cada año deja de ser siempre sorprendente. Acabada casi la explosión de la flor del almendro, el verde se va extendiendo por las sarmentosas ramas de las moreras, abundantes por esta tierra, en otros tiempos como alimento del gusano de seda y ahora ya como uno de los árboles más frondosos y de sombra más refrescante. Pero lo que realmente me ha llamado la atención ha sido pasar junto a una de las no tan abundantes higueras de la localidad. Hay algunas, incomparablemente menos que moreras o acacias o jacarandás o almeces. Quizá en el patio medio-abandonado de una vieja casa o a las afueras, en esas huertas antaño cultivadas y ahora ya pasto de la fiebre constructora, sólo atemperada por las repetitivas crisis económicas que paralizan la voracidad especulativa o por la acción de la pandemia.

Desde que un día mi padre me contó la historia, siempre que veo aparecer los brotes de una higuera la recuerdo. Iba él, hace ya bastantes años, en el tren que comunica Orihuela con Murcia en los últimos días de Febrero o los primeros de Marzo, contemplando distraído la densa variedad de verdes a un lado y otro de las interminables paralelas de la vía férrea. El ritmo era tan lento, aún funcionaba el tren con aquellas viejas locomotoras echando el humo inseparable de su imagen, como en el antiguo Oeste americano que, si no bajarse y subirse del tren en marcha, posible en algunas ocasiones, sí lo era poder mirar el arbolado de los alrededores. Le llamó especialmente la atención la observación de una higuera cuyos brotes comenzaban a “desperezar” sus tiernas hojas hasta perderlas de vista, grabadas en su retina. Era uno de esos días en que, todavía invierno, parecía que había avanzadillas de la primavera. El viaje continuó hasta Murcia capital, se apeó en la estación del Carmen, poco después bordeó el jardín de Floridablanca hasta atravesar el río por el puente de los Peligros y llegó al Ayuntamiento donde habría constancia de los papeles de propiedad de su casa del Siscar, todavía pedanía de la capital, de no haber desaparecido por los estragos de una riada del Segura que anegó los sótanos del Ayuntamiento, a la vera izquierda del río, donde se encontraba toda la documentación. Su insistencia en conseguir demostrar, como finalmente ocurrió, los derechos de propiedad sobre su casa, lo volvió a llevar otra vez a Murcia dos meses después, a finales de Abril. Por esos días un inusitado descenso de las temperaturas había vuelto a sacar las ropas de invierno guardadas en los armarios. Ni el vaho de las gargantas ni el chorrear de la humedad concentrada en los cristales del ferrocarril le impidieron ver a su paso por aquella zona donde había visto florecer las tiernas hojas de la higuera, cómo se retorcían sin vida, caídas, mustias, pegadas a las ramas de las que semanas antes brotaban llenas de vida.

Me limito a recordar esta curiosa observación que contaba mi padre y a recordarlo a él por muchas otras razones cada vez que en esta época me encuentro con una higuera. Aunque no se trata de una historia entre animales sino de un encuentro casual entre una planta y un humano, si yo fuera un fabulista podría extraer alguna moraleja o conclusión de la misma, pero como no lo soy……

San Juan, 4 de marzo de 2021.
José Luis Simón Cámara.

Otras miradas

En un supermercado he tropezado con una antigua alumna. El nombre no siempre lo recuerdo, sí la cara en casi todos los casos a pesar de que el paso de los años va deformando aquella imagen que, inalterable en el recuerdo, guardamos de sus años jóvenes, los que los tuvimos, los que en muchos casos, los moldeábamos entre nuestras manos. Se mantiene, a pesar de eso, en su silueta de siempre, incluyendo la simpatía que se le escapa por los cuatro costados.

— ¿Qué tal, Simón, cómo estás?

Y por primera vez en mi vida, aunque me he visto ya en situaciones parecidas con amigos, le he respondido:

— Pues, mira, enterrando amigos.

Aunque ya suponía por el amago de tristeza en sus hermosos ojos negros que sabía de su muerte.

— Sí, ya me he enterado. A Satorre le tenía yo mucho afecto.

— Y pocos días después, Lillian.

— También lo sabía. ¡Vaya tragedia! Eso sí que es una tragedia. En casos tan tristes como éstos, recuerdo aquellas cosas que nos explicabas sobre el origen de la tragedia y su etimología. Aquellos cantos desgarrados que se acompañaban con el sacrificio de un macho cabrío, donde había sangre, donde había muerte.

— Además de María Blasco, la profesora de dibujo, y unos meses antes Mercedes Herrera, la profesora de Lengua y Literatura Españolas.

— ¡Ah, también! No me digas. Aquella chica algo más joven que vosotros, rubia y elegante que paseaba su tipo por los pasillos. ¡Vaya racha, Simón! Un compañero de estudios me decía hace unos días a propósito de Lillian que al principio de curso solía repetir el primer día de clase de inglés:

— Si alguien quiere que le llame por un nombre diferente al suyo, un apodo, un diminutivo, como él quiera, por favor que me lo diga. Yo no tengo ningún problema en llamaros en clase por el nombre que os guste.

Así la voy a recordar siempre, con mucho cariño. Y alguien me contó que una alumna que se llamaba Marina quiso que la llamara Navy, como si fuera ésa la traducción de su nombre al inglés. Ella había oído que a la marina americana la llamaban “The american navy” y estaba tan convencida de que ése era su nombre en inglés. Aunque le explicó el error de su interpretación, a Lillian no le importó llamarla como le pedía. Y así se quedó durante un tiempo para la profesora y para los compañeros.

Ya nos acercábamos a la cinta de la caja en el supermercado y, mientras empujaba con el pie un pack de cerveza que había dejado en el suelo, continuamos el diálogo y le dije:

— Aún me la encuentro distribuyendo camisetas con distintos logotipos para los equipos deportivos del polideportivo de Muchamiel. Tan menuda y despierta como siempre. Y tú, ¿qué haces?

— Trabajar, trabajar y trabajar.

— ¿Aquí en San Juan?

— No, en Alicante, como administrativa en un despacho de abogados.

Ya depositando las compras en la cinta de la caja casi nos despedimos.

— Me alegro mucho de verte, guapa.

— Y yo también. Cuídese mucho, Simón.

San Juan, 27 de Febrero de 2021.
José Luis Simón Cámara.