Desde Jumilla

Ciudad del Altiplano, conocida por sus vinos, llegaron por distintos caminos a Alicante dos jóvenes, ahora ya no tanto, que acabaron siendo amigos míos. Uno sigue envejeciendo bastante dignamente. El otro mantiene una madurez eterna ya porque su corazón dejó de latir poco después de llegar a los sesenta. Con uno de ellos, a los 16 ya vivía en Alicante, he recorrido la ciudad a cualquier hora del día y de la noche. No sólo la ciudad. La provincia y buena parte de España, por no hablar de otros países, casi todos los del entorno, a los que llegaron nuestras andanzas. Cuando digo andanzas estoy usando la palabra en su significado más exacto, porque muchísimos de esos viajes fueron hechos a pie. Aunque menos rápidos y trepidantes, en muchas ocasiones fueron los más impactantes y arriesgados. No siempre está el riesgo asociado a la velocidad, como decía aquel capullo italiano de uno de los –ismos, Marinetti, anteponiendo la belleza de un coche de carreras a la de la Victoria de Samotracia. Con él había subido, río arriba entre peñascos, uno no lejos de Chaouen, cerca de las montañas del Rif. Con él había recorrido muchos caminos, había dormido en muchas ventas, alguna vez incluso bajo las estrellas. Como aquella noche de luna llena que decidimos hacer un tramo del camino de Santiago, nunca lo habíamos hecho a esas horas. Salimos de Astorga al anochecer y pocos kilómetros después, ya lucía hermosa la luna, paramos junto a la imprecisa orilla del camino a cenar sentados sobre unas piedras. Nos desviamos de la ruta por si tomábamos un café y sobre todo por no perdernos Castrillo de los Polvazares, el empedrado y hermoso pueblo donde Rosalía ahondó su nostalgia de Galicia. No habíamos llenado, como habitualmente, las cantimploras. Una noche de luna y casi con frío no creíamos que fuera tan necesaria el agua como aquellas mañanas soleadas de calor. Alberto, que había compartido su agua con el resto, forzó la portezuela de una pequeña fuente cobijada junto a la iglesia de El Ganso para saciar su sed. Continuamos caminando hasta que el cansancio fue haciendo mella. Pensábamos llegar a las afueras de Rabanal del Camino, en cuyas proximidades se encuentra un roble tres veces centenario para dormir bajo sus ramas. Pero este amigo empezó a quejarse de molestias en el estómago a la vez que Paco, aún no sé por qué después de tantos años ni lo sabré nunca, decidió quedarse a cobijo de un ribazo junto al bosque. A pesar de mi insistencia y la de todos en que no se quedara solo, fue inútil. Tampoco sé si le insistí lo necesario para que nos acompañara. Lo cierto es que aquella noche y ya antes de llegar al roble centenario, comenzamos a escuchar los aullidos del lobo. Unos dicen que la luna los excita, otros que sus ladridos convocan a la luna. Ninguno de los tres conseguimos pegar ojo aquella noche. Acurrucados junto al tronco de aquel árbol gigantesco, extendimos los sacos de dormir sobre el suelo, acolchado de hojarasca y de bellotas que a cualquier movimiento intentando acomodarnos, deslizaban el saco y nuestro cuerpo, incapaces de encontrar un punto estable de apoyo. La dureza del suelo, la inestabilidad del terreno y, para colmo, de vez en cuando los aullidos del lobo, consiguieron que apenas pegáramos ojo aquella noche de luna que aún no hemos olvidado. Cuando nos desperezábamos al amanecer bajo el roble, todavía intranquilos por la suerte de nuestro amigo, vimos aparecer a lo lejos entre la niebla, una figura que, al aproximarse, fue disipando todas nuestras inquietudes. Se trataba de nuestro amigo Paco, el jumillano. Había sobrevivido a la soledad y a los lobos. No sabemos cuál de los dos peligros es mayor. No podíamos imaginarnos la historia que nos esperaba en Rabanal.

San Juan, 27 de Marzo de 2021.
José Luis Simón Cámara.

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