La tabernera

La tabernera [1]

¡Cuánta razón tenía la tabernera!

Hombre, no le vas a quitar la esperanza a quien quiera tenerla, a quien quiera mantenerla a pesar de todas las evidencias tras la muerte. Como la desaparición por deglución de los gusanos o la evaporación por el fuego o la conservación por embalsamamiento de los poderosos faraones, o el acartonamiento de aquellos por azares de la naturaleza como haber sido sepultados por milenios bajo toneladas de nieve o bajo las cálidas arenas del desierto.

¿Alguien puede pensar, con los conocimientos a nuestro alcance, que alguno de esos cuerpos atomizados o acartonados puede volver a albergar la vida, cualquier tipo de vida? Son ganas de querer creer en lo increíble, pero, bueno, no hace daño.

Uno puede creer en lo que quiera, pero tiene que saber que con esa creencia no puede ir mucho más allá de la esquina de su casa o se irá dando de bruces contra la realidad.

Claro que querríamos volver a encontrarnos con nuestro seres queridos en el más allá o en el más acá, eso es lo de menos. Pero ¿alguien en su sano juicio puede pensar que eso sea posible? ¿Por qué no asumimos la realidad, lo único que tenemos, todo lo demás son ilusiones, y nos echamos a la cara a esos seres que luego añoraremos tanto ahora que los tenemos delante? ¿Por qué no llevamos a cabo ahora todos esos proyectos que guardamos para el futuro del que, al menos, sabemos que es incierto? ¿Por qué no afrontamos ya…….?

Me parece que cuando lo confiamos todo al futuro es que en el fondo no queremos afrontarlo. Nos engañamos con tanta frecuencia a nosotros mismos que no sé por qué la gente se sorprende cuando se siente engañada por los otros. ¡Cómo me gustaría encontrarme con aquel amigo después de tantos años! Si eso fuera verdad, cerrarías la puerta de tu casa y correrías a lomos del viento en su busca.

¿Para qué te engañas a ti mismo cuando sabes que en el fondo quieres olvidarlo, cuando incluso aquella vez te diste la vuelta porque lo viste aparecer a lo lejos en la calle?

Tememos tanto la soledad que dejamos abierta la posibilidad de volver a encontrarnos con quien tiempo atrás nos hizo compañía aunque ya no queramos volver a verlo. Otra forma más de autoengaño. Pero lo hacemos tan a menudo..

Quizá se os haya olvidado ya el nombre de Siduri, la primera o una de las primeras taberneras de la historia. Aquella tabernera que, guiñando el ojo, trataba de que aquel forastero de inusual envergadura llamado Gilgamesh, desistiera de su ilusorio propósito de encontrar la inmortalidad.

–“¿Por qué vagas de un lado para otro?

La vida que persigues no la encontrarás jamás. Cuando los dioses crearon la humanidad, asignaron la muerte para la humanidad pero ellos guardaron entre sus manos la Vida. En cuanto a ti, Gilgamesh, llena tu vientre, vive alegre día y noche, haz fiesta cada día, danza y canta día y noche, que tus vestidos sean inmaculados, lávate la cabeza, báñate, atiende al niño que te tome de la mano, deleita a tu mujer, abrazada contra ti. Ésa es la única perspectiva de la humanidad”

(Tablilla X, columna III, versión paleobabilónica, del Poema de Gilgamesh).

San Juan, finales de mayo de 2021. José Luis Simón Cámara.

[1] No, no me refiero a la Sánchez Ayuso. Ni siquiera Max Estrella inventando el esperpento en el fondo del vaso en la taberna de la Picalagartos…. Por favor, un poco de respeto.

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