Javier Marías

No lo conocía personalmente, como tampoco a Almudena Grandes. Aunque a veces están más cerca de ti personas que jamás has visto ni saludado, personas con las que ni te has cruzado por la calle. Más cerca, digo, que otras a las que ves y saludas todos los días, con las que tomas un café o una caña, incluso personas que han trabajado a tu lado durante años o viven junto a tu casa. Me ha pasado eso con estos dos madrileños cuyo conocimiento se limita o se extiende, no sé qué significado es el más adecuado, a la lectura de algunas de sus novelas o escritos, tampoco todos todavía. Y es que pasar horas y horas leyendo embebido historias que les han llevado a ellos, no horas sino meses y hasta años no es como pasar junto a alguien por una alameda. En una novela, por mucha ficción que se haya desplegado en ella, es tal la cantidad e intensidad de elementos, de características, de sensaciones, de reflexiones de la personalidad del autor, que inevitablemente acaba por convertirse si no en un amigo, porque la relación personal, la intercomunicación no es mutua, sí en un compañero de viaje o de reposo.
Hoy, cuando un amigo me ha dado la noticia, tan habituado a la periodicidad de sus artículos, he buscado, incrédulo, en los diarios digitales que me han confirmado la inesperada noticia. Atribuía su ausencia en los periódicos semanales al período vacacional. Hoy me he enterado de que ya estaba meses aquejado de coronavirus y una neumonía bilateral ha acabado con él. Con las historias que hubiera podido contarnos aún. Pero sobre todo con la vida que aún podía quedarle por delante. Supongo que le ha sorprendido la muerte como podría sorprenderme a mí si me llegara, como sorprendió sin duda a mis amigos, a todos mis amigos muertos, porque ninguno pensó que le hubiera llegado la hora, estoy seguro, ni siquiera aquellos a los que todos los indicios les hubieran llevado a pensar en, al menos, esa posibilidad.
La lectura de un autor interesante, te identifiques o no con su forma de pensar, es un acto tan placentero que con frecuencia se reserva para saborearlo en la intimidad del salón o del despacho o junto a un riachuelo, libre de injerencias ajenas, buscando la tranquilidad para transportarse a otros ambientes, a otras realidades, a otros mundos.
Es, sin duda alguna, como vivir otras vidas, otras experiencias, en muchos casos inimaginables, gracias a la portentosa o ingeniosa imaginación del autor. Que alguien tenga el poder de trasladarte, desde la tranquilidad de tu casa, a otros mundos llenos de intriga, de emoción, de sobresalto, es algo que no tiene precio.
Una suerte, después de todo, no haber leído aún toda la obra de estos autores. Siempre es un pequeño consuelo egoísta tener la posibilidad de seguir disfrutando de la potencia creativa, de la riqueza lingüística del autor que hace apenas unas horas que nos ha dejado. ¡Quién sabe cuántas historias hubiera podido contarnos todavía ya dormidas en su cerebro para siempre! Tan distintos, tan distantes, ambos nacidos en la misma Villa, en la misma Comunidad marcada con el sino, esperamos que pasajero, de ser gobernada por quien prefiere ignorar a dos de sus conciudadanos ilustres y poner la bandera a media asta por una señora lejana y demasiado llorada ya allá en la pérfida Albión. ¿Qué ha hecho, en el mejor de los casos, esa señora por Madrid, por España, frente a la contribución de Almudena Grandes y Javier Marías en el mundo de la cultura, del entretenimiento, del análisis, del civismo, de la convivencia?

San Juan, 19 de sept. de 22
José Luis Simón Cámara.

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