Viejos amigos

Nunca como ahora he ido tanto a mi pueblo. Cuando digo mi pueblo me refiero al lugar donde nací. Aunque después he vivido y vivo en otros incluso más tiempo que en el mío, a esos otros nunca los he considerado míos, y no porque en ellos me haya sentido excluido o extraño, al contrario, tengo algunos amigos y muchos conocidos, pero nunca me he sentido tan arraigado a ellos como a aquel pequeño pueblo, casi caserío, El Siscar, apenas ha llegado nunca a los 1000 habitantes, en el que tengo la sensación de que hasta las pocas piedras que quedan en las calles, ya asfaltadas, me conocen, como conocían a Celestina en el suyo y a su paso gritaban “puta, por aquí, puta, por allá”; en mi caso se traduce en “hombre, otra vez aquí, otra vez allá”.

¡Me es todo tan familiar! Los cruces de caminos, las veredas que dirigen mis pasos a la huerta, cuando llueve llenas de barro, o las que los llevan a la sierra, a la vieja mina de la que aún quedan escombreras brillantes por el cobre de sus piedras. Las gentes, casi todos hijos o nietos de viejos amigos o conocidos míos, a los que consigo identificar por los rasgos de la cara; ellos me reconocen más a mí, como suele ocurrir entre los que ya quedan pocos, que yo a ellos, de los que abundan más.

Suelo ir los fines de semana, y salgo a caminar en compañía de un nuevo y joven amigo, tres palabras estas últimas difíciles de conjugar porque no es fácil hacer un amigo sobre todo nuevo y menos aún joven cuando uno ya no lo es. Después de tomar un café en el bar del Seva, donde el hermano mayor ejerce la quisquillosa tiranía sobre su familia y los clientes que la soportan amable o displicentemente, según el humor y las horas del día, salimos a caminar, si entusiastas, hacia la sierra donde se calman las inquietudes cuando las rampas de subida empiezan a disolverlas mojándonos las espaldas, si cansinos, hacia la huerta siguiendo el cauce de la Rambla hasta el Merancho y viendo semana tras semana cómo crecen en los huertos las lechugas simétricamente alineadas o el eneldo, esa verdura hasta hace poco inexistente por estos pagos.

Este día que refiero caminé en dirección a la sierra, solo, por indisposición de mi joven amigo. Ya muy cerca de la Mina, junto a un pino solitario, rodeado de huertos escalonados de limoneros me encontré, serían las 8 de la mañana, apenas aparecían los primeros rayos de sol, con un amigo de la infancia que aparcaba el coche a la orilla del camino.

–¡Hombre, cuánto tiempo sin vernos!

–Porque tú no quieres. Sabes que vengo casi todos los fines de semana. Tienes mi número de teléfono. Sabes dónde está mi casa. Muchas veces he ido a la tuya a buscarte, otras te he llamado y siempre estás ocupado.

–Chico, tienes toda la razón. ¿Para qué te voy a decir otra cosa? No tengo ninguna disculpa. Y no es que no tenga ganas de verte, de estar contigo, de tomarnos algo juntos como en otros tiempos, como cuando venías con el Torero a mi casa en Navidades y nos tomábamos las lonchas de tocino curado con habas tiernas y el porrón de vino, como cuando íbamos a tomar los “michirones” en el Tites, como cuando….

–Pues, claro, le interrumpí, y si no seguimos haciéndolo es porque no queremos, porque tú no quieres, porque sabes que yo te he buscado muchas veces y sabes…

–Sí, sí, tienes toda la razón. No vamos a discutir por eso ni voy a buscar ninguna justificación. Todo lo que dices es verdad y hoy mismo vamos a ponerle solución.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que hoy mismo podemos estar un rato juntos e ir a tomarnos unas cañas y dar una vuelta.

–Por mí encantado, ¿cuándo nos vemos?

–Esta misma tarde sobre las 7. Cuestión de tres o cuatro horas.

–Creo que sí. Tengo que hablar con mi mujer para decirle que no cuente conmigo esas horas.

–Perfecto. Si no hay ninguna dificultad, quedamos en eso. ¿Me llamas, te llamo o nos vemos directamente en El Tites?

–Si no te llamo, nos vemos directamente en El Tites a las 7.

Hechas las consultas correspondientes, por mi parte sin ninguna dificultad, como suele ocurrir afortunadamente, eso lo tenemos muy claro tanto mi mujer como yo desde hace ya bastante tiempo, el acuerdo tácito de disponer de espacios no compartidos, de cierta privacidad personal, de poder descansar periódicamente o al menos de vez en cuando uno de otro, experimentar en la práctica la sensación de libertad y también para reencontrarnos con más gana sobre todo cuando ha pasado un tiempo.

En el caso de mi amigo ninguna pega tampoco. Hacía ya muchos años que había muerto su mujer, aquella chica que conoció en unas fiestas de su pueblo a las que acudíamos juntos él y yo. Quizá aún íbamos en bicicleta. O quizá en una pequeña moto que él tenía. Era una de las primeras del pueblo después de la Ducati del Torero que fue la primera de gran cilindrada para aquella época. Pero El Torero era bastante mayor que nosotros y ya había estado en la inmigración, que fue la salida para muchos jóvenes y menos jóvenes al estancamiento económico de los años 60. Antes de tener su moto, de la que su padre, el Moreno el Hormiga, un buscavidas, estaba tan orgulloso que cuando escuchaba el cadencioso sonido del motor exclamaba “Ese es mi Pepe”, se hacía más de 30 kilómetros en bicicleta para traerse hoja de morera para los gusanos de la seda recorriendo la vega hasta Almoradí.

Una vez me contó que en su primera salida a Suiza en busca de trabajo, desconocedor de la lengua, de las costumbres, sin contrato de trabajo y, desconfiando de lo que le podía deparar su primer viaje al extranjero, se llevó un jamón, por si acaso, para asegurarse la comida por lo menos. No tuvo ningún problema en el paso de las fronteras española y francesa, pero al llegar a la frontera suiza le impedían atravesarla con el jamón por las leyes sanitarias del país. Sin pensárselo dos veces se bajó del tren y permaneció dos o tres días en tierra francesa hasta comerse el jamón. Después, con la barriga bien llena, continuó viaje a Suiza.

No había ningún problema para el encuentro por la tarde en el bar El Tites. Cuanto más que mi “domadora”, como dice mi amigo Pinki refiriéndose a su mujer, aprovechaba mi salida para desplazarse a su pueblo y pasar la tarde con sus hermanas y su amiga Carmen. Así pues, a las 7 de la tarde, apenas tuve que esperar 5 minutos la llegada de mi amigo. Nos tomamos un téwhy junto a la chimenea encendida. Ya refrescaba por las tardes. Y le pregunté dónde íbamos.

–De eso me encargo yo, dijo.

Hacía muchos años que había pasado el tiempo de ir en bicicleta o en moto, como entonces, como en aquellos años en que nos desplazábamos por esos medios a las fiestas de los pueblos de las proximidades, siempre a mediados o finales del verano.

Ahora conducía un coche, si no de lujo, sí de alta gama. Le habían ido bastante bien los negocios, había comprado muchas tierras. Algunos sospechaban, la propia policía lo investigó, que sus negocios eran turbios y habían rozado la ilegalidad, aunque nunca se demostró ninguna de las sospechas. Hay quienes atribuyen esas habladurías a la envidia, virtud muy frecuente en las pequeñas sociedades humanas cuando alguien acrecienta su fortuna más de lo que al resto parece razonable. Yo siempre hice oídos sordos a esos comentarios que nunca enturbiaron nuestras relaciones, escasas pero afectuosas. Al subirnos al coche observé una mueca de dolor en su cara.

–¿Te ocurre algo?

–La maldita espalda.

Él siempre había tenido problemas con la espalda. Concretamente las lumbares. No sabía si algún esfuerzo de juventud, si algo congénito. Algunas temporadas las pasaba francamente mal. Aunque ya menos pero había levantado muchos envases de alcachofas a lo largo de su vida. Y eso se paga. También había obtenido muchos beneficios. Parece que fue ese el origen de su fortuna.

Ya en el  coche comenzamos un paseo por esa laberíntica zona entre la carretera nacional de Alicante-Murcia y el río Segura desde Murcia hasta Orihuela. Zona de pequeños pueblos que no se sabe dónde empiezan ni dónde acaban, llenos de ventas, bares, restaurantes y algunos tugurios a la vista o disfrazados.

–Ya no se encuentran tascas donde tomarse un chato de vino y unos michirones.

–¿Cómo que no? Ya verás qué pronto encontramos una.

Se desvió de la carretera de Sucina y tomó por una vereda medio asfaltada hasta un amplio rellano donde paró bajo una morera recién podada. Se diferenciaba de una casa normal por un anuncio luminoso de coca-cola en la fachada. Tasca como ya hay pocas. Sólo se conservan en pequeños caseríos como éste. Recuerdo cuando recorría con mis amigos, Vicente, Alfredo, Santy, aquellas tabernas de Orihuela, “Los Perolicos”, el bar de la Estación, donde podíamos tomar patatas al horno con pimienta, michirones, patatas hervidas con ajo, u otro de Bigastro, “El Candil” donde tomábamos pájaros y ancas de rana … pero ya recuerdos.

Efectivamente, sobre el mostrador, una perola de barro con habas hervidas, unos boquerones en vinagre, un trozo de bonito y un capazo de esparto con habas tiernas. Un lujo impensable en los modernos y finos bares de la capital que han reemplazado a aquellas cálidas tascas de antaño.

Nos tomamos media frasca de vino tinto, sin preguntar de dónde era, una cazuela de michirones, y unos trozos de bonito con un puñado de habas tiernas. La chica que nos atendió parecía del Este, por el acento quizá ucraniana, ya había muchas por la zona.  Con el estómago caliente seguimos la excursión. Se sucedían filas de casas junto a la carretera, algún almacén de verduras, cajas con alcachofas, otras con naranjas, cruces de caminos.

–Recuerdo un bar cerca de Beniel, al otro lado del río, le dije a mi amigo, que está en la provincia de Alicante y tiene el aparcamiento en la de Murcia. Alli he tomado alguna vez camarrojas con ñora seca frita y sardina de bota. Pero no recuerdo el nombre.

–Claro, ése es El Angelín. Hace poco le han cambiado el nombre. Ahora se llama “La Bellota” y sigue siendo tan bueno como siempre. Vamos a tomarnos algo.

Cruzamos el rio Segura, más lleno de cañas que de agua, cerca de El Raal y con un largo rodeo por Beniel porque el antiguo camino que cruzaba la vía del tren por un paso a nivel está cortado, llegamos a La Bellota, aunque todo el mundo sigue llamándolo Angelín, aparcamos en Murcia y cruzando el camino pasamos a Alicante. Llaman a esta vereda “La verea del Reino” porque separa al antiguo reino de Valencia del reino de Castilla, a la que pertenecía Murcia.

Pudimos tomar una tapa de camarrojas con sardina y admirar la exposición de ensaladillas, tapas, el techo plagado de jamones y la gran vitrina con piezas enteras de ternera colgadas del techo.

Pocos kilómetros después, aquel lugar era más espacioso, con varios sitios de aparcamiento protegido por una larga carpa metálica, hicimos la última parada. Sus anuncios luminosos me distrajeron del nombre del local, medio bar, medio restaurante, medio Pub. Una mezcla de todo. Nos recibió una señora sesentona, más bien entrada en carnes, marcadas tetas fláccidas pero generosas. De las que deben de gustarle a mi amigo, pensé.

–Hombre, te echábamos de menos, dijo mirándolo fijamente.

Hacía tanto tiempo que no salía con él que desconocía sus gustos en cuanto a señoras se refiere pero por lo que él me había contado de alguna de sus amistades femeninas de estos últimos ya largos años, había tenido alguna amiga de larga duración,  se trataba de mujeres más jóvenes que él pero ya maduras, incluso había hecho algún viaje con alguna de ellas, señoras más bien fondonas, con buen culo y buenas tetas donde poder agarrarse, como decía mi tío Jeromo, recién salido yo del Seminario y ajeno hasta entonces a ese mundo.

–“Que coman poco porque las mujeres que comen mucho son la ruina. Y eso sí, con buen culo y buenas tetas donde puedas agarrarte”.

Y luego algún escarceo en esporádicas salidas a salas de baile por la costa o con chicas más jóvenes en esas aventuras viciadas que se establecen cuando median las relaciones laborales. Terreno resbaladizo y peligroso. Su preferencia, en cualquier caso creía yo se decantaba por mujeres entradas en años y en carnes. No sé si las flacas aún le recuerdan aquellas épocas en que la delgadez se asociaba a la escasez, al hambre. Mi madre contaba que a la suya de daba vergüenza que vieran a su hija tan delgada y la sobrealimentaba con leche de cabra. Llevado por estas impresiones, ya desde años atrás, supuse que aquella señora que nos había recibido tan amablemente reprochando con delicadeza las espaciadas visitas de mi amigo, era una de sus amigas de estos últimos tiempos. Nos sirvió unas gambas hervidas y unas cervezas, no sé si pedidas por mi amigo o por iniciativa de la señora (propia). Después de eso sacó un plato de jamón y queso con una botella de vino, éste sí, de Rioja, y mientras comíamos y bebíamos observé que cogía su móvil del bolsillo y hacía una llamada. Mi amigo y yo dábamos buena cuenta de los manjares que nos iba sirviendo. Todo de primera calidad. Hablábamos de cuando íbamos a la escuela con Don Diego, el maestro, casi siempre con catarros que lo obligaban a escupir tanto en una escupidera junto a la mesa o en el patio, que no se nos ha olvidado todavía; recordábamos a sus hijos, Dieguito, de frente despejada y fumador empedernido, muerto hace ya unos años de cáncer de pulmón; Federín, casado en Murcia. Hablamos de sus viajes con otros amigos en bicicleta hasta el Seminario de Orihuela, donde yo estudiaba para cura, a hacerme una visita. Enfrascados en estos recuerdos iba pasando el tiempo cuando ya habíamos comenzado a tomarnos un cuba-libre él y yo un tapón de whisky bourbon. No tenían Jack Daniels que prefiero pero sí tenían Jim Bean. Seguíamos en la barra del bar. Sentados en taburetes pero en la barra. Ambos la preferimos a la mesa. Todo está más a la vista, la atención suele ser más rápida y está uno preparado para lo que pueda presentarse. De vez en cuando se abría la puerta de la calle y entraba o salía algún cliente. Mi amigo estaba de espaldas a la puerta. Ya serían las 9 de la noche cuando se abrió nuevamente la puerta y entró una tía espectacular. Saludó con un gesto de la mano a la señora del local y se dirigió hacia nosotros en silencio. Se colocó sin hacer ruido detrás de mi amigo y le tapó los ojos con las manos. Él debió reconocerla por el tacto o por el perfume.

–¿Qué haces tú aquí, Laura? ¡Vaya sorpresa!

Ella se puso delante, le estampó un beso, una ancha sonrisa le recorría toda la cara.

–Me he enterado de que estabas aquí y quería darte una sorpresa.

–¡Qué alegría, mujer! Este chico es uno de mis mejores amigos desde hace muchos años. Mira por dónde, tenía muchas ganas de que lo conocieras. Más de una vez te he hablado de él. Y también quería que él te conociera. Laura me miró, siempre sonriente, como escrutándome, sin decir nada. Mientras mi amigo hablaba, se le sentó en las rodillas, le echó el brazo por el cuello y le cuchicheó algo al oído mientras me miraba con aire de complicidad. Él sonreía relajado. Laura tendría poco más de 40 años. Morenaza, ojos grandes y claros, delgada pero robusta, manos ásperas y cuidadas. Boca grande y dientes perfectamente alineados que mostraba con facilidad cada vez que sonreía. Cayeron algunas copas más. Se sucedieron los recuerdos entre él y yo, como antes de la llegada de Laura que, entre bromas y carantoñas a mi amigo asistía divertida a nuestra conversación sin quitarnos ojo hasta que en un momento se levantó del taburete, cogió su copa en la mano y con pose un tanto teatral comenzó a recitar : “ C´est un trou de verdure òu chante une rivière…”  Yo no salía de mi asombro. Tampoco mi amigo que no entendía nada de lo que Laura acababa de decir.

–Eso es el principio de un poema de Rimbaud, un escritor francés. Uno de los poemas más bellos, inquietantes y tristes que conozco.

–Sí, y fue usted el que me lo enseñó.

No me lo podía creer. De golpe la situación había dado un vuelco inimaginable hasta minutos antes. ¿Cómo era posible? Después de tantos años como hacía que yo había dado clases de francés en un Instituto.

–Desde que lo vi al entrar supuse que era usted. Ha pasado mucho tiempo pero lo he reconocido, sobre todo, ya más cerca, al verlo sonreír. Entonces llevaba usted más rizos, el pelo mucho más largo, pero su sonrisa es inconfundible.

–Y ¿cómo has podido acordarte de ese poema después de tanto tiempo?

–Era tan bonita la historia… Alguien contempla a un soldado que parece dormido entre la hierba junto a un riachuelo y cuando se acerca a mirarlo ve que tiene dos agujeros rojos en el lado derecho. Está muerto. No se me ha olvidado con el paso de los años.

Había sido alumna mía hacía muchos años en un Instituto de Enseñanza Secundaria en Alicante. A partir de aquel momento, aunque ya se hacía tarde, se abría un terreno nuevo y ancho de conversación. Me aseguró que en algún encuentro futuro, hizo prometerle a mi amigo que me llevaría con él, me contaría cómo las circunstancias la habían llevado estos años a desplazarse desde Alicante, donde había nacido y pasado los primero años de su vida hasta esta tierra que la había acogido y donde había conocido a mi amigo. También ella se había quedado muy sorprendida de nuestra amistad, para ella impensable, dadas las circunstancias tan distintas en las que había conocido a uno y otro, las profesiones, el origen. ¿Cómo iba ella a saber que yo hubiera nacido en un pequeño pueblo de Murcia? Mi amigo, sin abrir la boca, sin acabar de creérselo todavía, se quedó tan sorprendido como yo. Luego me confesó que cuando se le acercó al entrar le había susurrado que creía conocerme. Difícil imaginar lo que puede depararnos la noche en cualquier lugar y con cualquiera gente.

Entre recuerdos, bromas  y adioses acabó la noche. Laura, mi antigua alumna, era su amiga de los últimos años.

Evidentemente desconocía los gustos femeninos de mi viejo amigo.

San Juan de Alicante, 17 de dic. de 22.
José Luis Simón Cámara.

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