Historias del Camino (2019)

Antes del viaje.
Preámbulo a las historias del camino.

El camino aún no ha comenzado y por tanto nada de lo que pueda decir a propósito de él ha tenido lugar. Cuando hablo del camino me refiero a cualquiera, no al que solo lleva a determinado sitio o lugar, santificado o mitificado por la historia, la religión o la cultura, sea Santiago, la Meca o Ítaca. Lo importante, lo significativo es la disposición del ánimo, el desprendimiento del hábito, la modificación de costumbres, el desasimiento de ataduras, físicas o mentales que la proximidad de un viaje, en este caso a pie, tan poco habitual de la época que vivimos, cuando en otras era casi el único posible, desencadena en nuestra vida, inevitablemente rutinaria.

La mayoría de circunstancias que van a rodear ese viaje son previsibles en gran medida: los horarios de levantarse, de caminar, parar a desayunar, descansar, sentarse a la vera del camino bajo un árbol si lo hay en esta paramera entre Burgos y León, conversar con otros caminantes, llegar a los puntos fijados previamente, la búsqueda del refugio o albergue, elegir el lugar para comer, si es que hay posibilidad porque a veces no hay más que uno, lavar la ropa sudada, una buena siesta y por la tarde paseo, visita a esas joyas de la antigüedad, sea mudéjar, románica o gótica, que encontramos a lo largo de nuestra viejísima ruta, volver a conversar con algún nativo o viajeros como nosotros,…todo eso, que no es poco, es lo previsible, pero ya solo eso, ¡qué distinto resulta de las rutinas diarias!, ¡cómo explaya y esponja el ánimo encontrarse en otros lugares, con otros paisajes, con otras gentes!

Hasta tal punto esto es así que sólo la proximidad del viaje tiene el poder de desatar la imaginación que, en ocasiones, se desborda como el cauce seco de un barranco cuando la tormenta descarga sobre él aguas torrenciales.

Como tales hay que leer estas historias del camino que pasan por mi imaginación antes aún de que haya comenzado a preparar los arreos del viaje, calzado, ropas, linterna y navaja para cortar la vara de avellano que me ayudará a saltar riachuelos y ahuyentar los lobos que se interpongan en mi camino o el de mis amigos, sin los cuales nunca lo he hecho ni creo que lo haga porque, solo, podría convertirse en un desplazamiento de mi soledad a otros territorios.

Atapuerca.

El año pasado, 2018, algunas dificultades logísticas, como la rotura del calzado y la premura de tiempo, nos impidieron completar el proyecto inicial del viaje que iba desde Logroño a Burgos. En Villafranca hubimos de interrumpirlo y no pudimos subir a los Montes de Oca ni pernoctar en el aislado monasterio románico de san Juan de Ortega, uno de los principales constructores de puentes y calzadas junto con santo Domingo, para facilitar el viaje de los peregrinos a Santiago. Tampoco pudimos ilustrarnos en Atapuerca, donde se encontraron por azar los yacimientos humanos que parecen albergar a los primeros europeos.

Puestos a imaginar ¡qué más nos da remontarnos al año 1221, fecha del comienzo de la construcción de santa María de Burgos por iniciativa de Fernando III el santo, que 1.000 o 5.000 años antes! O incluso un millón de años, fecha aproximada de los restos del “homo antecessor” en Atapuerca. Aún había bastante vegetación, no solo en los Montes de Oca sino también más abajo en la llanura. En realidad la vegetación era una mancha verde tan espesa que, como muchísimos años más tarde decía el historiador romano, un mono podía viajar sin pisar tierra desde los Pirineos hasta el Peñón de Gibraltar.

Un espectáculo que me fascinó en uno de mis viajes por estas tierras fue el de un ganado de ovejas sobre las que cabalgaban unos pájaros negros picoteándolas. Le pregunté al pastor qué hacían aquellos pájaros y por qué las ovejas parecían tranquilas a pesar de tener sobre sus lomos varios ejemplares. La explicación era sencilla. Los mirlos las desparasitaban. Ellos se alimentaban y libraban a las ovejas de sus desagradables inquilinos.

Mientras observaba a la banda de mirlos sobre el ganado vi bajar de los árboles una pareja de humanos desnuda. Rasgos bastante simiescos, la hembra con una cría agarrada a sus tetas bien dotadas y con los pies apoyados en sus nalgas prominentes, descendía por una frágil escalera formada por dos lianas y unos travesaños. El macho, era como un anticipo de hombre, lo hacía por una cuerda con la agilidad de un mono. Me miró huraño y emitió un gruñido como de aviso a la hembra que paralizó su descenso por si era una señal de peligro, supuse.

Pensé que lo mejor era no acercarme y seguí observando al ganado y los mirlos. El pastor había desaparecido, quizá detrás de un robusto tronco de los abundantes árboles. En cuanto a la pareja vi que se dirigieron no lejos hacia otras lianas que colgaban de los árboles próximos y levantaban la cabeza haciendo gestos hacia arriba. La cría, sin soltar la teta de sus manos, dirigía su mirada en mi dirección. En ningún momento escuché sonidos articulados, sólo gruñidos y unas especie de silbido. ¿Para qué preguntarles, pensé por un momento, por la catedral de Burgos o por el Cid Campeador? Si hubieran conseguido entenderme supongo que les hubiera provocado una carcajada, si es que ya eran capaces de reírse, conquista bastante tardía de los homínidos. No sé cómo se me pudo ocurrir semejante idea. Posiblemente aún no se habían formado las piedras y materiales que servirían para su construcción muchos siglos después. Ni aquel caballero, expulsado de su reino por Alfonso VI, sospechoso de instigar el asesinato de su hermano mayor Sancho, se había convertido en un mercenario al servicio del mejor postor, fuera moro o cristiano y faltaban miles de años para que exigiera venganza de los Infantes de Carrión. Por cierto, si las inclemencias del tiempo no lo impiden, en pocos días llegaremos a Carrión de los Condes, de donde procedían los cobardes y envidiosos, según cuenta el poema, yernos de Rodrigo Díaz de Vivar.

Aquella pareja peluda, huidiza, encorvada, parecía más bien parte de una manada, cruce de monos y gorilas, que homínidos antecesores del “homo sapiens” del que descendemos. Sus manos y brazos casi rozaban el suelo al caminar, quizá por su longitud y por el encorvamiento de su espalda. Sus formas groseras no despertaban ninguna sensación erótica a pesar de la desnudez. Los sentía más bien como animales. No parecían tener aún nada de racionales. Esa era, al menos, mi percepción. Nos fuimos alejando de aquel paraje y los mirlos seguían picoteando sobre las ovejas que se desplazaban pacientemente mordisqueando la abundante hierba.

Burgos.

Parece que no tenían otra cosa que hacer en aquellas épocas, o como si dios fuera uno más con el que todos los días se encontraban o como si fuera él el que se hacía unas casas realmente suntuosas para recibir a sus amigos y allí, machacarles el cerebro y sacarles la pasta que había invertido en la costosísima construcción de sus templos. Aunque no sé por qué, porque si tiene tantísimo poder… Encima tiene su gracia que aquellas pobres gentes que vivían en cuevas o en casas de barro y cañas se dejaran los ojos colaborando, de una u otra manera, en las larguísimas empresas de los templos que duraban años y años; porque, claro, se dice que si el rey Juan I o Sancho el fuerte o Alfonso el Bueno, mandaron construir y entregaron su fortuna para elevar templos en acción de gracias por las victorias sobre sus enemigos. Pero ¿de dónde sacaban ellos las riquezas destinadas a los templos? ¿Quiénes eran los artífices de sus victorias? Con contadas excepciones ellos recibían noticias de las batallas en sus palacios como más tarde Felipe II cuando recibió mientras oraba las nuevas del desastre de la Invencible.

Ahora es muy fácil que vaya Calatrava a Venecia a construir puentes inestables o que Norman Foster se desplace a Sidney, ¡pero entonces! Que vinieran desde otros países en aquella época lejanos a dejarse aquí media vida dirigiendo, si no colocando ellos mismos las piedras y encarándolas por el perfil más seguro o hermoso…

Porque Santa Águeda (la santa Gadea del Cid, “do juran los fijosdalgo…”.), santa María (la catedral), el Arco de santa María, Las Huelgas, La Cartuja,… en una ciudad que tendría en el siglo XIII poco más de 10.000 habitantes….

Primer día.

Entre la catedral de Santa María y santa Águeda, protegido por esas sólidas construcciones medievales levantadas en honor del inmisericorde dios de los cristianos parece que aún se estimula más la sensualidad por las rígidas e hipócritas normas eclesiásticas sobre el pecado carnal. Parece que se exacerba más aún el deseo en esos ambientes tan restrictivos. Siempre me acordaré en estas ocasiones de la semana santa en una pequeña ciudad episcopal rebosante de cenobios, monasterios y seminarios de distintas órdenes religiosas, Orihuela, allá por el sureste de la península, cuando justamente en las procesiones de recuerdo y enaltecimiento de la pasión de Cristo, celebrada en primavera, cuando estalla el azahar de naranjos y limoneros, cuando todo tipo de flores perfuman el ambiente, ahí justamente embriagado por esos perfumes y con la sensibilidad y el deseo a flor de piel, tuve la suerte de encontrarme con una morena de Tarrasa, bastante ajena al mundo que pasaba delante de nuestros ojos y más atenta a lo que pudieran tocar y sentir sus manos. Ni siquiera sabía su nombre, pero no como resultado del descuido o de mi natural despiste para los nombres. En este caso era todo resultado de una decisión muy pensada. No queríamos que quedara constancia de nuestro encuentro y para eso, para no dar ninguna muestra, ningún indicio, ni siquiera un nombre falso, como hizo el astuto Ulises al decir a los cíclopes que se llamaba Nadie.

No era la primera sorpresa que me deparaba precisamente un ambiente de dolor y arrepentimiento tan contrario al desbocamiento de pasiones. Porque se escuchan tantas tonterías sobre la edad antigua, la edad media, la edad de hierro, vamos, como si los instintos, impulsos y pasiones del ser humano hubieran cambiado a lo largo de la historia. Sí, sí, mucho rollo de infraestructura y de superestructura, muchos legajos de leyes y normas decretadas desde el poder político o religioso, pero el deseo, la avaricia, la lujuria, la envidia, siempre han estado y siguen estando ahí, a nuestro alrededor, dentro de nosotros mismos.

Pero me salgo del tema.

No era la primera vez en el largo camino que, sin pretenderlo, quizá por el cansancio, por otros recuerdos, me surgía alguna aventura. Quizá exagero con lo de aventuras fortuitas. La verdad es que, aunque no me lo confesara a mí mismo, y con la apariencia de casual, no buscaba más que la forma de propiciar algún encuentro. Ésa es la verdad. Lo demás es literatura y ganas de ocultar la realidad que ni yo mismo quería confesarme. Aunque en esta ocasión era verdad. No me engañaba a mí mismo. Es cierto que nunca me había pasado. El hecho es que en aquel enclave en el poco trecho de hay entre Santa María y Santa Águeda, tuvo lugar el encuentro. Y esta vez fui yo el sorprendido, fui yo el solicitado, fui yo el incrédulo. Alguien, que luego supe me venía siguiendo y observando, me cogió de la mano y, sin mediar palabra, como solo me ha ocurrido otra vez en las afueras de París hace ya muchos años, me condujo delicadamente hacia la derecha de la escalinata, he de decir que no opuse ninguna resistencia, y me dirigió hacia unos soportales en penumbra. Hasta entonces sólo la suavidad de su mano y sus gráciles andares me hicieron suponer que se trataba de una dama. Fue entonces, bajo los soportales, cuando retiró el embozo de la cara y sus facciones me dejaron deslumbrado.. ¡Cómo era posible tanta fortuna!, ¡Tanto tiempo buscando la belleza y era ella la que había dado conmigo! Soltó su mano de la mía pero ya no hacía falta otro vínculo que sus ojos. Su rostro, sus ojos, su mirada, eran una atadura mucho más fuerte que sus manos. No sabría decir el camino que seguimos. Mis ojos ya solo veían los suyos. Me daba igual la calle o la escalera o los charcos, abundantes por un chaparrón reciente en aquella zona. De su bolsa sacó una vieja llave y la puerta se abrió sin chirrido a pesar de su tamaño y el de la cerradura. El zaguán de la casa desembocaba en un patio con un pozo central y cuatro grandes macetones en las esquinas. Un pequeño claustro rodeaba el patio y allí, en un banco, mirando la luna grande entre las columnas, se llevó el dedo a los labios indicando silencio. Ni nombres ni procedencia, ni títulos ni apellidos. Tú y yo. Solos en la noche. Mañana nos olvidamos Tú sigues tu camino. Yo el mío. Esas son las condiciones. Nada que objetar por mi parte. Era tal mi sorpresa, era tal mi aturdimiento que aunque hubiera querido no podía articular palabra. Subimos a una dependencia y, rodeados de sutiles cortinas empezó un lento juego de caricias al ritmo de la caída de las suaves telas desgarradas por mi impaciencia y mi impericia, siempre me ocurre en estos casos aunque no sea la primera ni ¡quién sabe!, la última vez. La luna seguía de testigo desde el banco del claustro hasta los abiertos aposentos donde la noche, envidiosa, nos envolvió y aceleró sus relojes, incapaz de presenciar tanta felicidad.

Segundo día.

Los primeros rayos de sol me daban en la espalda mientras caminaba nuevamente hacia el oeste y por más que me decía a mí mismo, recordando la mansión, las facciones de su cara, que acababa de pasarme todo aquello, me quedaba la débil duda de que no hubiera sido más que un sueño, porque tengo entendido que esas cosas no pasan en la realidad y desde luego a mí nunca me habían pasado, bueno, hasta ahora, hasta anoche mismo, si es que, como creo, no ha sido, como dicen los amigos a los que se lo cuento, un sueño, resultado del deseo insatisfecho de un otrora joven soñador.

Devanándome entre las razones de que había pasado una noche maravillosa y las de que sólo había sido un sueño, también maravilloso, fui bebiéndome el camino sin darme cuenta del paisaje, de lo árido del sendero, de las conversaciones de mis compañeros. Ellos, extrañados, se preguntaban qué podía haberme pasado porque mi silencio era total cuando habitualmente les voy contando historias o preguntándoles el nombre de los pocos árboles, si distinguen a los pájaros por su canto…

Los 20 kilómetros hasta Hornillos del Camino se me pasaron volando, sin síntomas de cansancio a pesar de que ese recorrido y el duro sol de Castilla es mucho para el primer día, con los músculos aún entumecidos por el largo viaje en coche. Llegados allí y visitado (58 vecinos), antiguo Forniellos, lugar de pequeños hornos donde se cocían las tejas con que se construyeron hasta tres hospitales, hoy desaparecidos, destinados a peregrinos, leprosos y romeros. De aquellos antiguos restos castellanos hoy tenemos el albergue “Hornillos Meeting point”. La fiesta del gallo a finales de julio cuenta cómo los franceses en la guerra de independencia llegaron al pueblo y robaron todas las gallinas. Vista la iglesia de san Román y saludados el alcalde y casi la totalidad de sus 58 vecinos, con poco más que hacer que dejar pasar el tiempo por la calle Real, decidí volver sobre mis pasos y regresar a Burgos donde había vivido, o eso creía, una experiencia inolvidable. Afortunadamente a media tarde pasaba en aquella dirección un destartalado autobús, en el que también subió un anciano con una cesta donde llevaba una gallina, seguramente de las pocas que dejaron los franceses. Aunque el viaje en autobús apenas duró unos 15 minutos, (nos había costado 5 horas a pie), hubo tiempo para que me contara que iba a la ciudad donde vivía su hija a pasar unos días y se llevaba la gallina para hacer un buen caldo, su hija acababa de parir, y algún guiso porque a él no le gustaban esas comidas modernas que hace ahora la gente joven. Mi natural cortesía disimulaba bastante dignamente mi foco de atención que se centraba en lo que esperaba encontrar a mi llegada a la ciudad. Ni siquiera me preocupé, bastante lo lamentaría más tarde, de preguntar por la hora de regreso del autobús a Horniellos. Tal era mi obsesión por rehacer la ruta que me deparó aquel encuentro. No me resultó difícil llegar hasta la catedral por una sencilla indicación desde la parada del autobús y enseguida la tenía a la vista. Sus 88 metros de altura la hacen visible casi desde cualquier parte de la ciudad. Cuando llegué a la plaza, un manojo de nervios, hice un esfuerzo por tranquilizarme. No se podía soportar aquel estado de agitación. Me impuse un ritmo más sereno. Disfruta el momento, pensé. Observé minuciosamente las esbeltas torres, su innumerable crestería, como dejando pasar el tiempo para ver si se reproducía el milagro mientras disfrutaba de aquel otro milagro arquitectónico. Bastaba que un paseante me rozara al pasar a mi lado para que se dispararan los latidos de mi corazón. Anduve paseando por la plaza y me encaminé hacia las escalinatas que suben hasta santa Águeda. Era el mismo camino que había seguido el día anterior pero todo me parecía distinto. Y era evidente que la catedral no era otra que la del día anterior, y la escalinata, y santa Águeda y los soportales. Todo era igual pero nada era lo mismo. A medida que rehacía aquel camino se iba desvaneciendo la expectativa de volver a repetir la experiencia o, al menos, de llegar a la certeza de que aquello no había sido un sueño, de que aquello me había pasado de verdad. Iba apagándose la claridad diurna y comenzaba a oscurecer, ya perdida toda esperanza de encontrarme con aquella dama, cuando desde un ángulo más oscuro de los soportales escuché una voz que me dejó paralizado.

— Sabía que volverías. Y esas no eran las condiciones.

— Puedes reprocharme lo que quieras pero no podía evitar volver. Y no por reproducir los maravillosos momentos que pasamos juntos sino por comprobar que todo ocurrió y no había sido una invención o un sueño.

— Puedes estar seguro de que todo lo que crees ocurrió realmente. No te quepa la menor duda.

Se acercó hasta donde pudiera verla a la luz de la luna.

— Mira como muestra esta azulada marca de la succión de tus labios en mi pecho y luego en tu albergue comprueba las huellas de mis uñas en tu espalda.

Y, mientras se ocultaba nuevamente en la zona más oscura..

— Todo eso no ocurre en un sueño. Todo lo que pasó anoche es irrepetible. Mi experiencia me ha enseñado que hay situaciones en la vida que jamás pueden volver a repetirse y el intento de reproducirlas aboca al fracaso y la frustración. Regresa a tu camino y sintámonos felices de haber vivido una experiencia maravillosa.. Quizá no volvamos a vernos.

Ya era noche oscura. Yo, sumido en éxtasis, no sabía si volvía a estar soñando o todo esto me estaba ocurriendo de verdad. Mientras me tentaba el cuerpo y la cara para cerciorarme de la realidad del encuentro y cuando quise acercarme al punto desde donde salía la voz, vi una sombra esfumarse. Sólo pude seguirla unos metros por la estela del perfume que impregnaba los aposentos donde había pasado la noche con ella. Ya no volví a verla más.

(¿continuará?)

San Juan, 25 de agosto de 2019.
José Luis Simón Cámara.

Del cross del Pryca a la Maratón de NYC (6-Noviembre-1988)

… sin entrenar y sin estrenar ni las zapas ni la camiseta. ¡Así me fue!

Esto es lo que se dice del NYC Marathon :

The New York City Marathon is one of the largest marathons in the world, and since its inauguration 1970, it has attracted a un montón de CORREDORES de todos los continentes, making it a truly global event. The 26.2 mile (42.195 metros para nosotros) annual race is contested through the five boroughs of New York City (Staten Island, Brooklyn, Queens, The Bronx and Manhattan), beginning at the Verrazano-Narrows Bridge and finishing in Central Park.

Y yo, por aquella época (1987) sin saberlo ¡! Y al igual que a muchos de vosotros el inglés, por mucho que lo di en la escuela, me sonaba a chino y lo descubrí en mis propias carnes nada mas aterrizar en el JFK (Aeropuerto de Nueva York). Del dicho al hecho hay mucho trecho y eso que días antes de embarcar me compre el libro de «Aprenda ingles en 10 días» y lo tenía de libro de mesita de noche,…

Pero sonaba muy bien ( NYC Marathon ) y a más de uno que pregunté, siempre me daban la misma respuesta:

La maratón de New York es el sueño de la mayoría de los maratonianos. Es la maratón por excelencia. Es la Meca de los amantes de la distancia. Todo el mundo quiere correr allí al menos una vez en la vida .

Así que, manos a la obra, lo primero era comenzar a trotar. Vivía en aquella época en El Troset/San Juan y con Pepe (vecino) empecé a quedar para a primera hora de la mañana salir a rodar. Como bien podéis imaginar, quienes conocen a Pepe, él siempre por delante y yo detrás. En las primeras salidas solo llegábamos al Poli (unos 1000 m, i/v ), fuimos alargándolo hasta el Pryca y posteriormente logramos hacer un circuito que vendrían a ser unos 3 Km. Con eso afrontamos nuestro primer reto: el Cross del Pryca y nada más terminarlo lo tuve muy claro y así se lo hice saber a quienes me preguntaban «y la próxima cual será ¿? «: la Maratón de Nueva York contesté. Sonaba tan bien que me lo creí y en esa nube me subí a la que poco a poco fui dando forma, esos sueños nos transforman y en mi caso hacen que afrontes cualquier cosa con más animosidad y por supuesto  siempre en positivo, ¡! es vital ¡!

Empecé a creerme que era todo un Maratoniano, famoso, porque había pocos, importante, porque a Nueva York no acudía cualquiera, era como la Meca del Maratón y eso de cruzar el charco para correrla era todo una hazaña, sólo para privilegiados. En fin, que comencé a prepararme. Seguía haciendo el mismo circuito y poco más, eso sí, los domingos por la mañana solían caer 15 km. En una de esas mañanas de invierno tuve mi primer percance. Dirigiéndome al Pryca a la altura del túnel me estampe las partes bajas contra un poste metálico que en medio de la acera había para evitar que la gente se llevasen los carritos, blanco me quedé y el Pepe ni me miró. Si no me partí en dos ese día dudo que me parta el resto de mis días ¡!.

Maratón Nueva York (1-Noviembre-1988)Maratón Nueva York (1-Noviembre-1988)

Maratón Nueva York (1-Noviembre-1988)

 

Había que hacer campaña para venderme como corredor consagrado y eso solo se consigue echando mano de amigos y de ir construyendo una leyenda, ya que repito: la NYC Marathon no era moco de pavo y estaba rodeada de una gran aureola, así que a sacar punta. Gracias a los amigos Penalva (transportistas que subían las mercancías a Barajas) conseguí la equipación, …y menuda equipación: Le Coq Sportif, zapatillas rojas y camiseta y pantalón a juego. Tan bien me quedaban que no les quise quitar ni las etiquetas para que no se deterioraran y las zapatillas eran mi número, nada de un numero más, las estrene el día de la carrera, vamos, de profesional ¡!; el vuelo y alojamiento fue regalo de Air France, al trabajar en el gremio de los transitarios conocía a las personas que estaban al frente de las Cias. Aéreas y en esa época Air France tenia representación en Alicante y vuelo también (la oficina AF estaba en la Rambla). Al frente de la misma estaba Jesus Cereijo y Angel Oñate, a ellos debo el haber volado y en París haber pernoctado (Hotel Le Meridien), codeándome con la crem de la crem de la sociedad francesa, ya que por pura casualidad me crucé con Jean Paul Belmondo en los ascensores del Hotel, él con un abrigo de cuero negro que le llegaba a los tobillos y con un perrito caniche pegado a su pecho y yo al verlo de sopetón me salió eso de : «Je suis Jesús de l’Espagne», importándole más al perrito que a Jean Paul ¡! Poco duró la jornada francesa ya que mi destino era Nueva York, pero al volar con Air France, por París había que pasar.

Llegué a NYC atardeciendo y en invierno eso significa poca luz, Manhatan por la noche queda vacío ¡! Pero, allí estaba , no me lo podía creer, del Cross del Pryca a la Maratón de NYC, estrenando equipación, zapas, con el vuelo pagado y con lo más importante, el dorsal, ya en aquella época existían problemas, así que para evitar follones y garantizarme el mismo hice la inscripción como residente en New York , consiguiendo el dorsal 10524. Y una vez allí, a soñar, a creerse que eres un maratoniano y a disfrutar de esas horas: feria del corredor donde te quedas boquiabierto de toda la parafernalia que ya en esa época rodeaba a este mundillo, marcas que nunca había escuchado tal como Brooks, relojes podómetro, máquinas estáticas, infinidad de Maratones que allí se publicitaban para enganchar a los fieles, y como no, acudiendo el día antes del Maratón, al Breakfast running que partía del edificio de las Naciones Unidas, mucho esplendor y sin embargo a escasos 200 metros de allí, en unos soportales, cantidad de homeless moraban entre cajas de cartón ¡! Poco hemos cambiado ¡! En ese tipo de eventos, fluye mucha alegría, muchas ganas de contar de cotillear, desearse lo mejor para el día siguiente.

Nueva York 1988Nueva York 1988

Nueva York 1988

 

Y ese día, domingo, la ciudad comienza a rugir en la oscuridad ya que son muchos los corredores llegados a la gran manzana de muchas partes y que se dirigen hacia la Biblioteca, en la Quinta Avenida, para coger los buses que nos llevarían a la salida de la prueba. El frío arrecia, por lo que el crujir de los plásticos es la música de ambiente que imperaba ¡!. Ya en la zona de salida (base militar), la gente en función de tiempos iba entrando por unas u otras jaulas. No sé cómo me las ingenié pero acabé en la zona de favoritos. Haciendo cola para ir a los toilettes, poca cola, pero en cola estaba, cuando me preguntaron acerca del tiempo que haría, a lo que contesté entre 2 y 5 horas (no fallé), y es que la pinta que se tenga es importante. Imagino que la gente al ver esa equipación y con sponsor (Garmann) pensaría que algo bueno acabaría haciendo.

Casi ni me enteré de la salida (finalmente encontré el cajón de los míos, los que sólo pretendíamos acabar), pero la marabunta comienza a moverse y eso algo quería decir. De repente un continuo lanzamiento de ropa hace que los árboles acaben llenos hasta la bandera de todo tipo de prendas (hay una fundación para recoger esa ropa y dársela a alguien, no se a quien, pero hayla ¡! ). La gente sigue empujando y después de varios minutos, comenzamos a trotar. Sin darme cuenta me encuentro en medio de un puente rodeado de miles de corredores, todos o casi todos buscando acabar y por supuesto disfrutar y es que no hay mejor forma de conocer NYC que participar en su Maratón ya que recorres todos los barrios y por tanto sus atmósferas y gentes: chicanos, judíos, negros, …. . Cada uno tiene allí su sitio, su comunidad y dependiendo de la zona, puedes palpar que se esconde detrás de cada uno de ellos.

En todo el recorrido hay animación, no solo de bandas musicales, sino de gente, mucha gente, aún en las zonas mas depre había gente y cada uno te daba lo que podía o tenía. Los caramelos que me dieron en el Bronx me supieron a gloria ya que en esa zona, aproximádamente km 33 pinché de lo lindo, me paré, caminé, y gracias a los caramelos y la tromba de corredores que no paraban de pasarme conseguí subirme al carro del trote, para continuar hasta la Meta en el Central Park. En esos momentos te creces, corres y una gran sonrisa hace desaparecer cualquier trago amargo ya que la Meta te convierte en finisher y en mi caso mi primera Maratón. Sólo conservo esta foto recogiendo mi llegada a Meta, una imagen vale mas que mil palabras ¡!

En meta traté de buscar a Pepe y Mª Jesús que casualmente estaban de viaje de placer en NYC, pero no conseguí verlos así que me dirigí a su hotel para que pudieran ver a este héroe. Pepe al verme lo primero que me dijo fue: «nos hemos cansado de esperarte» ¡! Como no, siempre dando ánimos. Una vez en el hotel, me quité mis maravillosas zapas. Humo echaban los pies, pues eso de llevar el número justito tiene sus consecuencias: ampollas por doquier, vamos, que no pude volver a ponérmelas después. Las agujetas vinieron después, pero también vinieron muchas más carreras, ultras y un sin parar hasta la fecha y un continuo soñar en la próxima que aún está por llegarBuen estreno maratoniano y mira hasta donde hemos llegao.

Con el tiempo hemos ido descubriendo algo más acerca del material, estiramientos, entrenos, alimentación, etc, pero como todo en la vida, solo necesitamos tiempo ¡!

Mi primera maratón en la terreta

Antonio y yo habíamos preparado nuestra primera maratón de forma concienzuda:

  • Como queríamos terminar en la Playa de San Juan y allí bañarnos, había que coger el coche dirección Benidorm y contar hasta el km 42. Los 195 restantes los calcularíamos a ojo
  • Entrenamiento: el de los tres meses, entrenando todos los días antes de entrar a trabajar
  • Dicho y hecho, el 12 de Mayo de 1985 cogimos el coche y llegamos a la distancia del Museo Taurino a las afueras de Benidorm.
  • A las 9:00 más o menos empezamos nuestro personal maratón. Cruzamos Benidorm en un abrir y cerrar de ojos. Día radiante, sol intenso, mar azul en calma y apenas tráfico. Todo perfecto.
  • A mitad camino notamos algo que no habíamos advertido, el trayecto era un continuo tobogán, todo era subir y bajar y el calor apretaba. Bueno pensamos, ya que estamos aquí hay que terminar sea como sea. A lo hecho pecho.
  • Subir y bajar. Sol y más sol. Los coches en aumento. Nos dicen de todo. Pero nosotros a lo nuestro.
  • De repente nos encontramos con el túnel de Campello ¡C… el túnel! ¿cómo lo cruzamos? Pues con dos c…… Allí no había ni un centímetro de arcén, ni una raya en el suelo, ni por supuesto una luz. Y los coches a toda pastilla, pitándonos y diciéndonos de todo…
  • Bueno al final salimos y de ahí a la Playa. Es decir a la meta
  • Como trofeo acuñamos en una piedra gris de mar la fecha 12 Mayo 1985.
  • Entonces las zapatillas no tenían cámara de aire que amortiguaran, no se estilaba la vaselina para las rozaduras ni los esparadrapos. ¡Pero teníamos 37 años! Y podíamos con todo

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Las fotos no corresponden con la carrera pero son de esa época

El día que me atropellaron corriendo una maratón.

10 de Mayo de 1992. Tiene lugar la X edición de la Maratón de Lorca que me dispongo a correr por tercera vez. A To Trapo aún no existe y voy con los amigos corredores de Elda, Ismael, Ezequiel, Pascual y Manolo. Nos encontramos bien temprano en una gasolinera de Elche y en un mismo coche nos dirigimos a Lorca para tomar parte en la prueba.

En esa fecha ya llevaba unas cuantas maratones en el cuerpo -exactamente 23- y la última menos de dos meses antes en la Barcelona de su año olímpico.

La Maratón de Lorca consiste en dos vueltas a un circuito, en el que el 80% transcurre por caminos estrechos asfaltados entre huerta y campo. La participación no es muy alta, estimo que unos 400 corredores, por lo que pronto nos vamos desperdigando y enseguida te quedas solo.

VIII Maratón Popular de Valencia (7-Febrero-1988)

VIII Maratón Popular de Valencia (7-Febrero-1988)

 

Así iba yo por el km 22 cuando veo a tres ciclista que venían de frente, a mi izquierda, y uno de ellos dice gritando: ¿pero dónde va ese loco?. En un instante, en el que todo sucede al mismo tiempo, oigo un fuerte frenazo, me noto impulsado por el aire, me encuentro sentado en la cuneta, veo un coche que se detiene 8 m. delante de donde me encuentro, y cuatro personas discutiendo a gritos (los tres ciclistas y el conductor del vehículo). Analizo los daños: sangre y raspaduras en rodilla y codo derechos (aunque no recuerdo haberme golpeado contra el suelo); no siento especial dolor, así que me incorporo y reanudo la carrera mientras que aquellos se quedan increpándose uno a los otros y los otros al uno sobre quién había tenido la culpa.

A los pocos minutos un coche, el del atropello, se sitúa a mi paso y me pregunta cómo estaba y si necesito algo, le digo que bien y que la próxima vez circule con más cuidado. Cuando se va le veo la matrícula y la memorizo.

No ha pasado mucho tiempo cuando una ambulancia de Cruz Roja que da servicio a la carrera pasa por mi lado, le hago señas, para y me limpian y curan las heridas. Les cuento lo que me ha pasado y sigo mi marcha.

Cuando llego a meta los de Cruz Roja han informado del accidente y la organización me está esperando para que les dé el parte. Les cuento lo que pasó y les doy la matrícula del coche.

Me ducho, recojo mi trofeo -como corríamos tan pocos había premio para casi todos-, y cogemos el coche para comer en carretera y llegar a buena hora a casa.

Manolo, que conducía, pone la radio, y aún no habíamos salido de Lorca cuando escuchamos: «Durante la maratón de Lorca de esta mañana un vehículo ha atropellado a un corredor, dándose a la fuga. Se conoce la matrícula y la Guardia Civil está realizando pesquisas para la localización del conductor. También se está tratando de localizar al corredor para tramitar la correspondiente denuncia».

Automáticamente me hundí en el asiento, oculté mi rostro y dije: Manolo acelera que como nos pillen nos dan aquí las tantas.

En mis archivos tengo que la marca que hice fue de 3 h. 27 m. 47 s. pero no fue lo más importante ese día.

Maratón de Los Ángeles (Marzo-1996)

Hace tiempo que tenía la intención de escribir esta crónica /recuerdo de la participación en la maratón de los Ángeles. USA- (L.A.) el 3 de marzo de 1996, sólo que no encontraba la ocasión.

Aunque han pasado casi 15 años, guardo en mi memoria de forma nítida muchas de las experiencias y anécdotas de aquel viaje.

Allí fuimos como atletas aventureros, Jesús Jurado, Rafa Bernabeu y el que esto os cuenta, Vicente Soriano.

Los tres habíamos participado juntos desde el año 94, en algunas carreras populares, y a principios del 95, nos propusimos correr la maratón de Nueva York. Lamentablemente al no ser americanos y no ir por los cauces “oficiales” de una agencia de viajes, no fue posible.

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Jesús que los que lo conocen bien, saben que se crece ante las dificultades, propuso ir a correr al sitio más lejano de Alicante, Los Ángeles a la Costa Oeste de Estados Unidos, en la maratón del siguiente año. Cuando Rafa y yo nos dimos cuenta, ya estábamos inscritos como residentes en Beverley Hills, en el domicilio de una actriz secundaria, amiga suya, Shannon Wilcox.

Tanto Rafa y yo estábamos un poco escépticos (entonces conocíamos poco a Jesús) de cualquier forma a principios de año, empezamos a entrenarnos, por si acaso, y la confirmación vino cuando recibimos documentación con el número de  dorsal y tuvimos que anticipar el dinero para el billete de avión.

En ese momento tomamos consciencia real que nos proponíamos hacer mas de 24.000 Km. en menos de una semana, en la otra parte del mundo con el exclusivo fin de correr una maratón de 42 Kms.

Lo que había empezado como una broma entre nosotros, mientras trotábamos juntos, había tomado cuerpo e iba muy en serio.

Y llegó el 29 de febrero, jueves, un día frío, en que de madrugada, cargamos las bolsas con el equipaje en mi coche y directos al aeropuerto de Madrid.

En este relato, voy a contar algunas anécdotas que ilustran las habilidades y cualidades de Jesús, nuestro Líder y Presidente de A TO TRAPO; una de ellas fue, que habíamos conseguido un billete muy barato para el trayecto de ida y vuelta: Madrid-NY-Los Ángeles. Pues bien, Jesús cuando estábamos facturando en el mostrador de UNITED AIRLINES, hizo una llamada a alguien y … nos ubicaron en clase Business que para un viaje de esta distancia se aprecia.

Después de 7 horas de vuelo, y hacer escala en NY, conectamos con otro vuelo a los Ángeles, donde tras otras 5 horas de avión, llegamos sobre las 8 de la noche hora local, aunque en nuestro reloj biológico eran las 5 de la mañana, hacía 24 horas que habíamos iniciado el viaje desde Alicante; cuento todos estos detalles para reflejar nuestro estado de cansancio cuando llegamos y lo que ocurrió al llegar.

En el aeropuerto de los Ángeles, nos esperaba un amigo suyo, Ettore Siciliani, -podéis imaginar el origen y características- compañero sentimental de Shannon, la actriz, el cual nos informó al instante que habían preparado una fiesta en su casa para nosotros y nos habían anunciado como «los atletas del equipo español de maratón»

Jesús, siempre seguro de si mismo, alquiló un coche para los tres, pidió un mapa de carreteras -en L.A. es imprescindible ya que apenas hay transporte público y las distancias son inmensas- y nos sumergimos en la madeja de autopistas, en dirección a la casa chalet, de Shannon en Beverley Hills,

Al llegar quedamos sorprendidos, nos estaban esperando para celebrar una fiesta bienvenida unas 10 personas, vinculadas al mundo del cine y del espectáculo y … efectivamente hubo barbacoa de churrasco, ensaladas, copas y … baile, hasta tarde, y todo ello en honor del «equipo español de maratón».

Casi a las 3 de la madrugada, nos dirigimos al Hotel Holiday Inn en Beverley Hills, donde teníamos reservada habitación, Jesús a esa hora tan adecuada, se presentó ante el recepcionista como un representante de una importante agencia de viajes española y recabó la presencia del Director del hotel, su gestión negociadora, hizo que nos ofrecieran una formidable habitación a mitad de precio.

Apenas habían pasado unas horas cuando nos levantamos, -durante la corta estancia allí, nuestro cuerpo no se acostumbró a la gran diferencia horaria- y nos fuimos a conocer el ambiente de la ciudad que considerada la Meca del cine y nos percatamos que así era.

Ese día, Ettore nos mostró los lugares de moda, los paseos y playas de los Ángeles, en especial Venice Beach, donde es un espectáculo ver la gran cantidad de paseantes, gimnastas, patinadoras, exhibicionistas, aspirantes a artistas en busca de un trabajo de extra en una película, y donde el culto al cuerpo se mostraba en todo su esplendor.

Al día siguiente, sábado, nos fuimos al Monumental Parque de atracciones que Universal Pictures tiene instalado, recreando éxitos de sus películas, y … disfrutamos como chavales visitando todas las atracciones.

Y llegó el 3 de marzo domingo, día de la maratón.

Desde el reducido Downtown, Mohamed Ali, considerado un mito allá, dio la salida a las 9,30 horas, éramos más de 25.000 corredores, de todos los lugares del mundo, tardamos más de 10 minutos en cruzar la línea de salida y … empezamos a trotar.

Era un espectáculo de gente y de animación, en cada una de las 26 millas en que los norteamericanos dividen la carrera, habían grupos musicales de diferente nacionalidad y/o estilo, como japoneses, chinos, mariachis, jazz, soul, etc. etc. que rivalizaban por animar a los atletas, creo que nunca olvidaré los inmensos tambores japoneses que estaban casi al final de la carrera y que nos insuflaban ritmo y energía.

La carrera va recorriendo varios barrios de la ciudad sin dejarla nunca. Los Ángeles es una ciudad que ha crecido de forma horizontal, quizás obsesionada por su tendencia a los terremotos y siendo como es una de las más pobladas de EEUU, ocupa una vasta extensión de terreno.

El cansancio, la diferencia de horario y la falta de sueño, hizo mella en nosotros y la verdad es que nos costó cruzar la línea de meta, donde una multitud de familiares y amigos esperaban a los suyos Jesús nos adelantó unos minutos y Rafa y yo cruzamos la meta entre agotados y emocionados.

Esa misma tarde, con la íntima satisfacción de haber logrado nuestro objetivo, empezamos a preparar nuestros enseres y recuerdos para iniciar el camino de vuelta al día siguiente a primera hora de la mañana.

Fueron cuatro días únicos, distintos, donde interrumpimos la rutina y preocupaciones del trabajo, desconectamos de nuestro entorno habitual, y en los que nos sentimos, adolescentes, inmersos en una aventura y lo que es más importante el viaje propició el que entre los tres compañeros de carrera de fines de semana, se establecieran unos vínculos de afecto y amistad que perduran de forma indeleble hasta ahora.

Alicante a 4 de septiembre de 2010.