La peste

La mayor parte del tiempo lo dedicaban a colocarse la armadura. El enemigo era tan sutil que podía introducirse por cualquier rendija. No había que dejarle el más mínimo resquicio porque aprovechaba para filtrarse hasta por el estrechísimo hueco dejado por la aguja al coser las costuras si era ligeramente más gruesa que el hilo enhebrado a través del ojo.

Como aquellos guerreros medievales que eran izados desde la argolla colocada en lo alto de la espalda de la pesada armadura, algo así como 35 kilos, para dejarlos caer sobre su caballo. O como los astronautas con sus trajes espaciales.

Pero por donde no puede entrar la espada, la lanza o el hacha, por donde no puede entrar un pájaro, el vacío o una esquirla de asterisco, puede penetrar ese nuevo enemigo para el que estamos aún tan indefensos como los toreros antes de Fleming o los indios ante la sífilis, también llamada curiosamente, para que reflexionemos:

Mal francés, por italianos, alemanes e ingleses. Mal napolitano, por los franceses.

Mal polaco, por los rusos. Mal alemán, por los polacos. Mal chino, por los japoneses.

Mal cristiano, por los turcos. Mal portugués, por los españoles.

El caso es que se extendió por toda Europa, por el Nuevo Mundo y por las tierras del sol naciente, y la costumbre era culpar de ella a los países vecinos y rivales.

Como es sabido y demostrado cada noche a las 8, millones de manos anónimas salen al balcón para aplaudir a esos héroes de bata blanca que día y noche se juegan el pellejo. Nunca podremos agradecerles como se merecen su esfuerzo, entrega y riesgo. Porque si la mayoría, por prescripción sanitaria y gubernamental, estamos recluidos, como única forma de impedir que el mal se propague de forma salvaje, ellos no solo no están recluidos y resguardados sino que están en primera línea de combate enfrentándose al bicho que, en muchos casos y a pesar de las precauciones, puede darles alguna cornada.

No es casual que en estos tiempos se haya vuelto a poner de moda la novela de Albert Camus, “La peste”, donde en una ficción similar a la realidad que vivimos aparecen reflejadas la solidaridad y la miseria de los personajes. Desde aquellos que arriesgan su vida por ayudar a los infectados por la epidemia hasta los que quieren aprovecharse de la desgracia ajena para hacer negocio sin importarles un bledo sus conciudadanos. La novela, aparte de apoyarse en hechos reales, hubo una peste que asoló Orán en 1849, hace referencia a epidemias recientes y, sobre todo, esa invasión de ratas que propaga la peste es una alegoría de la invasión nazi de Francia y de Europa, en la que se puso a prueba el temple de personas y gobiernos, desde el colaboracionista de Vichy hasta la lucha de la resistencia francesa frente al nazismo. La peste, dice Tony Judt, no irrumpe inesperadamente. Se va extendiendo poco a poco, casi sin darnos cuenta se van aceptando hechos sin prever las consecuencias. Pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. La advertencia de Camus es bien clara al final de la novela:

“El bacilo de la peste nunca muere o desaparece completamente, puede permanecer dormido durante décadas en muebles y camas, espera pacientemente en dormitorios, sótanos, cajones, pañuelos y papeles viejos y quizá llegará un día en que, sólo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir en alguna ciudad feliz”

San Juan, 19 de marzo de 2020.
José Luis Simón Cámara.

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