Desde el más allá. 8.

VIII

TABLILLA IX

“Gilgamesh llora por causa de su amigo Enkidu; llorando amargamente vaga por la estepa. ¿Debo morir yo también? ¿No seré semejante a Enkidu? La angustia ha entrado en mis entrañas, el temor por la muerte me hace vagar por la estepa. Para encontrar a Utnapistin he emprendido el camino y marcho sin perder tiempo; he alcanzado por la noche los desfiladeros de las montañas. El nombre de estas montañas es Mashu. Cuando llegó a las montañas Mashu, unos hombres—escorpión estaban guardando la entrada, tan terroríficos y pavorosos eran que su sola vista acarreaba la muerte. Estaban para guardar a Shamash en su amanecer y en su ocaso. Al verlos tan pavorosos y terroríficos, Gilgamesh se cubrió el rostro, después, recuperado su coraje, marchó hacia ellos. Entonces el hombre-escorpión dirigió estas palabras a Gilgamesh: ¿Quién eres tú que has hecho tan largo viaje? ¿Por qué has vagabundeado hasta llegar ante nosotros, después de haber atravesado montañas tan difíciles de franquear? Quiero conocer el propósito de tu viaje. Gilgamesh dijo al hombre-escorpión: Si he hecho tan largo viaje es para ver a Utnapistin, que pudo asistir a un consejo de los dioses y allí logró el don de la Vida. Quiero preguntarle sobre la muerte y sobre la Vida. El hombre-escorpión respondió: Nadie ha podido hacer nunca ese recorrido, nadie todavía, ha atravesado los valles de estas montañas. Con la angustia en mis entrañas, dijo Gilgamesh, he caminado hasta aquí; a causa del frío y del calor mi rostro está curtido, con fatigas y gemidos he hecho este viaje tan largo; pero ahora tú ves que me hallo al límite de mis fuerzas. El hombre-escorpión le dijo: Ve, Gilgamesh, recupera tu coraje, no temas. ¡Que las montañas Mashu, tan alejadas y difíciles de atravesar, puedan acogerte sano y salvo! Gilgamesh, habiendo oído estas palabras, se alegró. Al cabo de una y muchas dobles leguas la oscuridad era profunda, no había luz. Al cabo de nueve dobles leguas de haber andado, notó el viento del norte, el cual, con su soplo le rozó su cara. Al cabo de once dobles leguas de haber andado, la aurora apuntaba. Al cabo de doce dobles leguas vio resplandecer la luz. Ante él apareció el jardín de los dioses.”

— Curioso, amigo, cómo en muchas culturas se habla del Cielo, del Jardín, del Olimpo, donde los diferentes dioses viven la vida eterna y ven allá abajo a los mortales, ansiosos, en muchos casos, de poseerla como Gilgamesh, e infelices porque saben que no está a su alcance. ¿Y cuándo, en ese largo viaje, lleno de dificultades y sobresaltos, llega a una especie de venta que me recordaba aquellas que aparecen en el Quijote, donde se reunían a contar y leer historias de enamorados junto al fuego?

— Parece que lo has olido porque ese episodio ocurre justamente en la siguiente tablilla. En la diez. Es un jarro de agua fría para Gilgamesh que anda en busca de objetivos inalcanzables, como la vida eterna. La tabernera de turno le hace mirar al suelo y olvidar el cielo. Al menos lo intenta.

TABLILLA X

“Cuando se hizo de día, el divino Gilgamesh va caminando, aquí y allí. Cuando llegó al mar, Siduri, la tabernera, que habita en la orilla del mar, estaba allí, sentada sobre un trono; le habían hecho una cuba y una prensa de oro (para la cerveza); iba cubierta con un velo. Gilgamesh, después de haber vacilado, se dirigió hacia ella. La tabernera lo vio desde lejos y se hacía estas reflexiones: Tal vez ese que viene puede ser un asesino, ¿adónde va por este camino? Al ver que se acercaba la tabernera cerró la puerta y aseguró el cerrojo. Pero Gilgamesh, poniendo atención al ruido, levantó el mentón y fijó en ella su mirada y le dijo: Tabernera, ¿qué has visto para que me hayas cerrado la puerta? Voy a demoler la puerta y romper la cerradura. La tabernera se dirigió a él y le dijo: (¿Quién eres tú?).

Soy Gilgamesh, que venció y mató al Toro Celeste, abatió a Khumbaba, el guardián del Bosque y he matado leones en los desfiladeros de las montañas. La tabernera le respondió: Si tú eres Gilgamesh, que hizo todas esas hazañas, ¿por qué tus mejillas están demacradas, tu rostro abatido, tu corazón dolido y tus rasgos demudados? ¿Por qué la angustia ha entrado en tus entrañas? ¿Por qué, afrontando las ráfagas de viento, andas vagabundeando por la estepa? Y Gilgamesh le respondió: Tabernera,, si estoy así como dices, es por miedo a la muerte. Lo que ha ocurrido a mi amigo me obsesiona. ¿Cómo callarme? Enkidu, mi amigo, al que yo amaba, ahora es como el barro. ¿No iré, como él, a acostarme para no levantarme nunca más? Mi amigo Enkidu, al que yo amaba entrañablemente, se ha ido al destino del hombre. He llorado por días y noches, no permití que se le enterrase –para ver si mi amigo se levantaba ante mis lamentos—durante siete días y siete noches hasta que los gusanos cayeron de su nariz. Desde que partió yo he buscado en vano la Vida, no ceso de errar como un bandido a través de la estepa. Ahora, tabernera, que he visto tu rostro, ojalá pueda evitar la muerte que constantemente temo.

La tabernera le respondió: Gilgamesh, ¿por qué vagas de un lado para otro? La Vida que persigues no la encontrarás jamás. Cuando los dioses crearon la humanidad, le asignaron la muerte, pero ellos guardaron entre sus manos la Vida. En cuanto a ti, Gilgamesh, llena tu vientre, vive alegre día y noche, que tus vestidos sean inmaculados, lávate la cabeza, báñate, atiende al niño que te tome de la mano, deleita a tu mujer, abrazada contra ti. Ésa es la única perspectiva de la humanidad.

Gilgamesh le respondió: ¿Por qué, tabernera, me hablas así? Puesto que habitas en la orilla del mar, tú conoces el interior de todos los secretos. Muéstrame el camino, ponme en la ruta. Si es posible atravesaré el mar. La tabernera le dijo: Nunca nadie ha atravesado este mar, como quieres hacerlo tú. Y le dijo Gilgamesh: ¿Sabes, tabernera, cuál es el camino para ir hacia Utnapishtim? Y le respondió la tabernera: Nunca, Gilgamesh, ha existido tal proyecto; nadie desde los tiempos más antiguos ha atravesado el mar. La travesía es penosa, muy difícil su recorrido, pues en su curso las Aguas de la Muerte bloquean su paso. ¿Cómo podrías atravesar el mar? Una vez llegado a las Aguas de la Muerte, ¿qué harías? Sin embargo existe Urshanabi, el barquero de Utnapishtim. Ve y que te vea tu cara. Si es posible efectúa la travesía, si no, retrocede. Gilgamesh, habiendo oído estas palabras, blandió el hacha en su mano, desenvainó el puñal de su cintura y, furtivamente, descendió para encontrarlos. Como una flecha cayó en medio de ellos, el ruido que hizo retumbó en el seno del bosque. Urshanabi, cuando vio brillar el puñal y oyó el ruido del hacha, tembló ante él. Gilgamesh arremetió y le golpeó la cabeza, le agarró de su mano y le puso el pie sobre el pecho. Urshanabi lo miró a los ojos y le dijo: ¿Quién eres tú? Dime tu nombre. Yo soy Urshanabi, el hombre de Utnapishtim, el Lejano. Gilgamesh le contestó: Yo me llamo Gilgamesh, he venido de Uruk, he atravesado las montañas por el larguísimo camino hacia la salida del sol. Ahora que he visto tu rostro, hazme encontrar a Utnapishtim, el Lejano.”

San Juan, Julio aún de 2020.
José Luis Simón Cámara.

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