Desde el más allá. 12.

XII

TABLILLA XII1

“En aquel tiempo había un árbol plantado a orillas del puro Eúfrates. Una mujer cogió el árbol con sus manos y lo llevó a Uruk. Años después Gilgamesh abatió a la serpiente cobijada en sus raíces y a los pájaros de su ramaje. En cuanto al árbol le arrancó sus raíces y le rompió sus ramas. A su Dama, la pura Inanna, se los entregó para hacerse un trono y un lecho. Fabricó para sí con las raíces su tambor y con las ramas sus palillos. Los llevó a la gran plaza. Al alba, allí, después de la acusación de las viudas y tras los llantos de las jóvenes, su tambor y sus palillos cayeron en el Infierno. Introdujo su mano pero no pudo alcanzarlos. Se habían detenido en la puerta llamada Ganzir, antecámara del País de los Muertos. Gilgamesh lloró, se lamentó amargamente. Oh, tambor mío, Oh palillos míos! ¿Quién me los traerá?

Su servidor Enkidu le dirigió la palabra: Mi señor, ¿por qué tu corazón llora? ¿Por qué haces daño a tu corazón? Yo, hoy, te los remontaré del Infierno. Gilgamesh responde así a Enkidu: Si tú desciendes al Infierno, te aconsejo que atiendas mis instrucciones: no te vistas con ropas inmaculadas, no te frotes con buen aceite del precioso frasco, no calces tus pies con sandalias. No beses a la esposa que amas, no golpees a la esposa que detestas, si no los griteríos del Infierno te capturarían. Enkidu no atendió los consejos de su señor. Los griteríos del Infierno lo capturaron. Por eso no se dejó a Enkidu remontar del Infierno. No lo raptó Namtar (demonio del destino), no lo raptó Asakku (demonio de la enfermedad). El Infierno lo raptó. No cayó en el campo de batalla. El infierno lo raptó. Entonces Gilgamesh, llorando por su servidor, dirigió sus pasos al templo de Enlil y le imploró: Padre Enlil, hoy ha caído mi tambor, han caído mis palillos en el infierno. Enkidu fue para hacerlos subir, pero el Infierno lo raptó. El padre Enlil no le ayudó en este asunto. Tampoco el padre Sin. Gilgamesh dirigió sus pasos a Eridu, a Enki. El dios Enki le ayudó en este asunto. El venerable Ea le escuchó y pidió al héroe, al valiente Nergal:

Héroe, de acuerdo a mis órdenes abre solamente el acceso al Infierno para que el espectro de Enkidu pueda salir del Infierno y pueda informar a su hermano sobre las reglas del Infierno. El héroe, accediendo a sus órdenes, abrió solamente el acceso del infierno y el espectro de Enkidu, como un soplo de viento, salió del Infierno. Se abrazaron y se besaron el uno al otro y se pusieron a hablar con grandes suspiros. Dime, amigo mío, ¿has visto las reglas del Infierno? Dime las reglas del Infierno que has visto. Yo no puedo decírtelas, amigo mío; si te dijera las reglas del Infierno que he visto, te arrojarías a tierra y llorarías. Me arrojaré y lloraré, replicó Gilgamesh. Mi cuerpo, que tu corazón se complacía en tocar, jamás volverá ante ti, los gusanos lo devoran como a un viejo vestido. Mi cuerpo está lleno de polvo, como las grietas del suelo. ¡Ay de mí, gritó Gilgamesh. Y se arrojó al polvo.”

(El lamentable estado de la versión asiria impide conocer el resto del texto. Gracias al relato sumerio se puede saber algo de las preguntas de Gilgamesh y de las respuestas de Enkidu)

— “A aquel que tuvo un único hijo ¿lo has visto allí? ¿Qué hace?
— Se lamenta amargamente.
— A aquel que tuvo seis hijos ¿lo has visto allí?
— Lo he visto. Su corazón se regocija, como el de un campesino.
— A aquel que no tuvo heredero ¿lo has visto allí? ¿Qué hace?
— Come pan como un hombre derrotado, tumbado de espaldas.
— A la mujer que nunca engendró ¿la has visto allí? ¿Qué hace?
— Es arrojada al suelo como un vaso roto: no da alegría a ningún hombre.
— ¿Has visto allí al hombre joven que no había desnudado los pechos de su mujer?
— Lo he visto.
— ¿Qué hace?
— Si tú le ofreces una cuerda para ayudarle, él llora sobre ella.
— ¿Has visto allí a la mujer joven que no había desnudado el pecho de su marido?
— Lo he visto.
— ¿Qué hace?
— Si tú le ofreces una trenza de cañas bien alineadas, llora sobre ella.
— A aquel que fue devorado por un león ¿lo has visto allí? ¿Qué hace?
— ¡Ay, mi mano! ¡Ay, mi pie!, grita amargamente.
— A aquel cuyo cadáver yace abandonado en la estepa ¿lo has visto? ¿Qué hace?
— Su espíritu no reposa en el Infierno.
— ¿Has visto allí a mis hijitos que no vieron la luz del sol?
— Los he visto.
— ¿Qué hacen?
— Ellos juegan junto a una mesa de oro y plata llena de dulces y miel.
— ¿Has visto allí al que no tuvo respeto por la palabra de su padre y de su madre?
— Sí, lo he visto.
— ¿Qué hace?
— Bebe agua pluviosa, agua racionada, de la que nunca tiene bastante.
— ¿Has visto allí a mi padre y a mi madre?
— Sí, los he visto.
— ¿Qué hacen?
— Ambos están en aquel lugar de muerte; beben el agua de este lugar de mortandad, agua pútrida.”

(Una segunda tablilla, también en sumerio, nos ha transmitido el regreso de Gilgamesh a Uruk y la celebración de un ritual funerario)

Aquí podemos dar por concluido este resumen extraído íntegramente de la cuarta edición del Poema de Gilgamesh en Tecnos, con estudio, traducción y notas de Federico Lara Peinado.

San Juan, 13 de agosto de 2020.
José Luis Simón Cámara.

1La presente tablilla constituye una especie de segunda parte o epílogo de la primera, traducida al acadio y que fue añadida al conjunto general del poema hacia el año 700 antes de Cristo.

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