Desde el más allá. 13.

XIII

— Así como Ea, para no revelar la decisión secreta de los dioses de provocar el Diluvio, se la contó a una pared de cañas para que Utnapishtim la escuchara al otro lado de la pared, se la cuento yo a esta pared de papel para que tú, tras ella, vuelvas a recrearte en esta historia que, asidua devoradora de libros, desconocías hasta aquel viaje en el que vine cargado con reproducciones de las tablillas de arcilla escritas en cuneiforme y depositadas en el British Museum de Londres.

— ¿Cómo quieres, amigo mío, que me recree, que me contente, cuando ahora ya nada puede volver atrás? Igual que Enkidu no puede ya volver a abrazar a su amigo con el que ha corrido tantas aventuras, porque lo ha raptado el Infierno, así nosotros ya no podemos volver a abrazarnos. Ya sé que tú te refieres a la ausencia de dolor, a la ausencia de deseo. Así es. ¡Qué más da comer dulces y miel, como los niños que apenas han vivido un día, que beber agua pútrida o llorar sobre una cuerda? Todo aquí está impregnado de tristeza. La sonrisa, la risa, la alegría, son palabras de cuyo significado se ha perdido la conciencia. Todo es como en blanco y negro. Más bien negro. Esa profusión de colores a los que nuestros ojos estaban acostumbrados ha desaparecido del horizonte monótono, gris, nublado. Nunca imaginé que aquella descripción tan triste hecha por Enkidu a Gilgamesh del más allá, que tanto me impresionó, que tanto me cautivó, se acercara tanto a la realidad que desde mi anunciada muerte estoy experimentando. Sí, amigo mío, sé que todas estas cosas que te digo, únicamente van a servir para aumentar tu triste visión de la vida a pesar de tu irresistible optimismo ante la misma. Quiero con ello animarte, imitando a Siduri, la tabernera, a que aproveches hasta el último reducto de la vida, a que no pierdas ni un minuto en la búsqueda de la felicidad, de la amistad, del amor, del cariño. Abraza cuanto puedas porque luego la soledad sin brazos, se abalanzará sobre ti. Ama cuanto puedas. Si de algo me arrepiento es de no haber amado más aún a todos mis seres queridos. De no haber prodigado más abrazos. Sabes que no era precisamente muy efusiva. De haber controlado tantas veces, quizá en su momento fuera lo mejor, los impulsos salvajes de mi corazón.

Ahora, desde aquí, veo que todo aquello, el sufrimiento, la alegría, el deseo, la pasión, se ha convertido en agua que se escapa entre los dedos de la mano.

¡Cuánta razón tenía, ya lo intuía yo en la otra vida, ya lo sabía yo, Siduri, la tabernera! Tenía que ser precisamente una tabernera, claro, que escucha el sollozo de los amantes desesperados gimiendo sobre un tronco de cedro tras beber una tras otra jarras de cerveza hasta caer exhaustos de pena. No encuentro palabras mejores que las suyas, que las que dirigió a Gilgamesh cuando llegó cansado, como el que ha hecho un largo viaje, y desesperado porque la angustia embargaba su corazón, ansioso de la inalcanzable vida eterna.

“Llena tu vientre, vive alegre día y noche, haz fiesta cada día, danza y canta día y noche, que tus vestidos sean inmaculados, lávate la cabeza, báñate, atiende al niño que te tome de la mano, deleita a tu mujer, abrazada contra ti. Ésa es la única perspectiva de la humanidad” ¡Cuánta razón tenía Siduri!

Éstas, amigo mío, son mis conclusiones, conocidos ambos mundos, el tuyo, el vuestro, que también fue mío y el del más allá en el que me encuentro después de atravesar las aguas de la Muerte.

Ahuyenta la angustia de tu corazón y disfruta la vida.

— ¡Oh, amiga mía! ¡Oh, amiga nuestra! Cómo nos consuela, a pesar de todo, escuchar tus siempre sabias y, a menudo, adustas palabras. Porque no sé cómo te las arreglabas, pero envolvías incluso el cariño en modales desabridos. No, no es un reproche, sabemos que era tu peculiar manera de mostrar tu afecto, rara vez de forma efusiva, y, en esas contadas ocasiones, sorprendente. No sé si tendría que ver con tu tierra. Pero ¿para qué hablar de tu origen, de Extremadura, de aquella tierra pródiga en conquistadores? El origen es pura casualidad la mayoría de las veces. Ese lugar icónico en el que basan sus identidad las más antiguas y modernas xenofobias es puro azar. Si tú conquistaste algo no fueron tierras denominadas aleatoriamente ni lenguas, vehículos de comunicación, ni pigmentaciones nórdicas, más bien, o africanas. Sí conquistaste corazones, sí conquistaste mentes, sí conquistaste voluntades. No era innumerable el número de tus amigos pero sí inconmensurable tu relación con ellos. Aquellos cafés tan serenos, poco amiga de alcoholes enajenantes, aquellos paseos tan escasos, aquellos almuerzos, frugales, compartidos, una astillita para Pepe, otra astillita para ti, siempre de mi trozo de pan con anchoa, que me saciaba más que comérmelo yo todo. Aquellos atrevimientos míos acariciándote la rodilla, siempre delante de todos, siempre delante de amigos, nunca a escondidas.

¿Qué vamos a hacer ahora con tu ausencia?

No vamos a darnos arrapones en la cabellera, como hizo desesperado Gilgamesh; muchos de nosotros ya no podríamos.

No cometeríamos la locura de golpearnos contra la pared, ni siquiera de cañas. Tampoco correríamos enloquecidos por la estepa, ya no están nuestras piernas, con contadas excepciones, para dar saltos por trochas y vaguadas.

Nos sentaremos más bien, como hijos de Buda, con los brazos cruzados sobre las piernas, a lamentar serenamente, como Garcilaso, “salid sin duelo lágrimas corriendo”, tu irreemplazable ausencia.

Tampoco convocaremos a los escultores y orfebres para que levanten una estatua que el tiempo y los pájaros cubrirían de olvido.

Eso sí, estarás siempre presente en cada uno de nosotros y esa presencia crecerá cuando podamos volver a reunirnos como hacíamos en tiempos cada vez más lejanos, con esta peste que, como si volviera la Edad Media, nos recuerda la fragilidad humana. Somos como una vasija de barro golpeada contra el suelo.

Mientras uno solo de nosotros esté sobre la tierra, mientras uno solo de los que te han conocido siga vivo, sean hijos, alumnos, amantes o amigos, tu memoria pervivirá aunque no hayas construido murallas, como Gilgamesh en Uruk, ni pirámides como los faraones en Egipto, monumentos que también acaba barriendo el paso del tiempo, como hizo el Diluvio con aquellas hermosas ciudades, jardín de los dioses, como hizo el Diluvio con los hombres, zarandeados como pececillos por las aguas.

Te recordaremos cuando una palabra nueva o la etimología de una antigua surja en nuestras conversaciones, como cuando le preguntabas a Antonio, que lo sabía casi todo, por el origen de una que te traías aprendida. Seguirás entre nosotros hasta que nosotros mismos, como tú, como otros amigos antes que tú, abandonemos este mundo y, como vasijas rotas, volvamos al barro del que surgimos y al que nos reincorporaremos, diluyéndonos, reencontrándonos quizá en esa gran artesa de la tierra.

San Juan, 15 de agosto de 2020.
José Luis Simón Cámara.