Marineras. 3.

Camino, como tantas veces, como tantos días, por la playa, abstraído en la contemplación de los caballitos de mar, esa efímera espuma blanca galopante, a lo lejos, salpicado por las gotas escapadas del recio volumen envolvente de las olas y levantadas por el viento hasta refrescar brazos, piernas y cara desnudos.

Difícil distinguir algunos días las caricias del agua y de la finísima arena, también transportada por el viento.

Ese mar inmenso, su relajante sonido ininterrumpido, descansando de la fatigosa y permanente costumbre o vicio o necesidad del pensar, que en ocasiones puede llegar a taladrarnos el cerebro.

Solo preocupado de no ser sorprendido por una de esas olas más atrevidas que la mayoría, una de esas olas que inopinadamente se resiste a ser engullida por la arena y llega hasta lamer los pies aún calzados.

Es mientras paseo, como digo, cuando me la encuentro en medio del camino.

Las alas extendidas, boca arriba, las patas alineadas, el pecho aún erguido, la cabeza hacia un lado posada en la arena.

Rodeada de algas, unas verdes y aún brillantes, seguramente recién arrancadas de sus raíces por el temporal, otras ya marchitas, marrones y deshilachadas, también algunos rizomas rugosos, esponjas de mar, hinchadas sus oquedades que recuerdan a ese famoso queso francés.

Y ella allí, junto al mar batiendo, ese mar sobre el que tantas veces ha planeado vertiginosamente hasta zambullirse intentando sorprender a la presa, pobre pececillo desconocedor de que su destino iba a ser sobrevolar su medio acuoso asfixiándose atravesado en el pico de una de esas aves.

Esos pajarracos de sordo graznido que proyectan su sombra en el agua, como un negro presagio, mientras rastrean la estela fugaz de los pececillos ignorantes de sus aviesas intenciones, después de todo tan sensatas como las suyas, como buscar alimento, como hacer por la vida, puro instinto de supervivencia, fuerzas de la naturaleza enfrentadas.

Siempre es triste ver el fin de una vida.

Un pájaro desaparecido en pleno vuelo devorado por una rapaz.

O en caída vertical, interrumpido su vuelo por el disparo de un cazador.

Un ciervo que salta de risco en risco hasta que una bala lo detiene y muerde el polvo que su cuerpo levanta en el monte mientras hunde sus cuernos contra el destino.

Siempre o, casi siempre, es triste el fin de una vida.

Pues sí, allí estaba inmóvil la gaviota.

Si acaso el leve vaivén de las alas movidas por los últimos cabrilleos de las olas al fin de su recorrido, ya sin fuerza, y en su regreso a las cóncavas profundidades.

Aves que se remontan, si el viento en contra, o caen en picado, si a favor, ebrias de velocidad, batiéndose sin rumbo, por el solo placer del vuelo, por el solo placer del viaje, mezclando en su borrachera el azul del mar y el del cielo, perdida la noción del arriba y el abajo, sujetos a un giro de sus alas.

También las gaviotas aparecen un día muertas en la playa.

Como aquélla.

San Juan,24 de abril de 2018.
José Luis Simón Cámara.

Sí, siento vergüenza.

Sí, siento vergüenza.

Estos días atrás hemos asistido atónitos a un espectáculo ni siquiera imaginable en la peor de las pesadillas.

Las históricas organizaciones sindicales, defensoras de la clase obrera, marchando de la mano del conglomerado independentista para pedir la libertad de sus opresores de clase, presos o huidos de la justicia, por delitos tan graves como pisotear la Constitución Española que nos ha proporcionado el más largo y fecundo período de paz y libertad de toda nuestra historia.

¿Cómo es posible que organizaciones tan sesudas, con una arraigada práctica de análisis crítico, se dejen seducir precisamente por sus tradicionales adversarios de clase aunque algunos de ellos exhiban en sus anagramas y programas símbolos y palabras de izquierdas?

¿Quién puede entender a estas alturas de la historia que un movimiento xenófobo, supremacista, insolidario, reciba el apoyo de presuntas organizaciones de izquierda?

¿Apoyar al conglomerado independentista que vulnera la ley, destroza la convivencia, azuza la intransigencia y ha puesto en peligro la pervivencia de la democracia?

¿A quienes han hecho de la lengua un arma de enfrentamiento en lugar de un instrumento de entendimiento y enriquecimiento, a quienes durante muchos años han menospreciado e insultado a tantos inmigrantes y sus tierras de origen, a esos mismos de los que se han servido como mano de obra barata y a los que siguen considerando ciudadanos de segunda?

¿A quienes han acusado a España de robarlos, cuando si algo ha hecho ha sido derivar gran parte de su potencial económico e industrial para multiplicar su desarrollo?

¿A los continuadores y defensores de esa saga familiar que, perpetuada en el poder, ha amasado fortunas como una organización criminal, protegida o tolerada por sucesivas administraciones, como ya quisiera para sí la mafia italiana?

¿A quienes han falseado sistemáticamente la historia para ir sembrando, durante todos estos años de consolidación democrática y sirviéndose de ella, supuestos agravios a su integridad territorial, lingüística y cultural?

Pues sí, justamente esas organizaciones que representan a los trabajadores y sectores populares de la sociedad más explotados acaban de dar su apoyo a la burguesía catalana y los sucesivos gobiernos que la representan, esos gobiernos que además se han servido de su poder para enriquecerse personalmente y beneficiar a sus amigos con subvenciones y privilegios.

Pues sí, CCOO y UGT, tradicionales siglas en defensa de la libertad, la justicia y la solidaridad, enfebrecidos por el veneno nacionalista, origen de casi todos los desastres bélicos de la historia pasada, reciente y presente, se han dejado arrastrar por el cerril discurso independentista para llevar a cabo sus inconfesables objetivos de pureza y limpieza étnica y cultural de todo aquello que no sirve a la excluyente recatalanización de su territorio.

Por todas estas razones, siento vergüenza de haber defendido, propagado y pertenecido a organizaciones que, en su zigzagueante trayectoria y no ya solo por su pasado intransigente ante el que muchos de sus militantes sucumbimos ingenuamente, han acabado apoyando desde sus más altas instancias esta tragicómica farsa.

San Juan, 20 de abril de 2018
José Luis Simón Cámara.

Laderas del Machu Picchu1

Las huellas húmedas de sus pies descalzos iban dejando por el aire un aroma que, como el canto de las sirenas enloquecía a Ulises, me forzaba a seguir el sensual zigzagueo de su culo, ostensible a través de la falda sudada y pegada a sus  delicadas y turgentes nalgas. Su atracción era irresistible. Como un perro en celo mi apetito se acrecentaba según me iba aproximando al objeto de deseo. Si su solo meneo era una incitación incontrolable, la contemplación del  rostro en uno de sus alegres giros, fue ya un hechizo. Afrodita quisiera par sí sus atractivos. Ni la fría blancura de las valkirias del norte ni el negror invisible de las tribus abisinias. Un cálido atezado,  no sé si cruce de   blanco y de negra o de indio y de blanca o de mestizos, tal es la variedad de posibilidades…

Una morenaza de hombros contorneados, ojos escondidos tras la cortina del cabello negro como el azabache, expresivos, sugerentes, absorbentes. Mi atención se centra en ellos, es lo único que veo. Ha desaparecido la montaña, han desaparecido las murallas, las llamas, la vegetación, solo sus ojos tras su cabellera movida por la brisa, solo ella, inalcanzable. El eco de su risa me perfora los oídos, su mirada me aturde, sus movimientos, no sé si juega o huye de mis pasos, me incitan a seguirla.

Laderas del Machu Picchu. No existe el tiempo en aquel espacio tan limpio, donde solo las huellas de piedra de seres que nos precedieron en aquellas altitudes, casi rozando el cielo, por encima de las nubes, apenas el oxígeno imprescindible, el pellejo sobre los huesos, imperceptible el paso del tiempo y, aun así, el deseo, siempre el deseo que prolonga el sufrimiento de la especie por el goce. Bajando de aquellas laderas tropecé con ella, una pared vegetal le corta el paso. Se gira frente a mí que la sigo a poca distancia. Una chola,  que dicen, y se me encaró como un gato acorralado:

–Tío, ¿cómo se te ocurre venir a babearme si tu espada flamígera hace ya tiempo que perdió el temple? Eres demasiado viejo. Regresa a la montaña,  encomiéndate a los dioses con los que bien pronto te vas a reunir y déjame a mí gozar mi juventud.

–Qué cosas tiene la vida, pensé yo.

Con la agilidad de una gacela, riendo como una hiena, se esfumó entre la muralla vegetal.

¿Tendría razón aquella joven salvaje, desconocedora, sin duda, de las correrías de Gilgamesh huyendo de la muerte, de los viajes de Ulises hasta llegar a los brazos de Penélope en Ítaca o de los pactos de Fausto en busca de la eterna juventud?

¿Qué sabría ella de todo eso?

¿Qué sabría ella de las viejas cenizas apagadas que, removidas por el viento de la pasión, atizan la hoguera adormecida por el paso del tiempo?

San Juan, 4 de abril de 2018.
José Luis Simón Cámara.

1 Andanzas de mi amigo Andrés Basso Romero de Hoyos alias Pinki, viajero infatigable en busca del brebaje de la mocedad prolongada, sea cuerno de rinoceronte, leche de llama, uña de oso polar o diente de cóndor.

Sueños. 36.

“Si no sabes que cuando canta Sinatra en Washington la Casa Blanca en pleno se traslada hasta el teatro es que no sabes nada ni de Sinatra ni de Washington”.

Como si para mí fuera un baldón desconocer la vida del cantante y los entresijos de la Casa Blanca. Sí, había leído historias de cuando Ava Gardner, entonces casada con Sinatra, bajaba las escaleras del hotel Palas en Madrid, después de haber recorrido tablaos y tabernas con el torero Dominguín, envuelta en su abrigo de piel que abría mostrando su desnudez y dejando boquiabiertos a los muchos admiradores que se agolpaban en los salones del hotel ansiosos por ver a su ídolo. También sabía de los chismes que circulaban por los burladeros de Washington sobre Kennedy, Jacqueline y Marilyn. Pero a mí me interesaba bien poco todo eso. Apenas como una curiosidad. Lo que a mí me interesaba desde hacía tiempo y me seguía interesando era ella. Ni Jacqueline ni Marilyn y mucho menos aún Sinatra y Dominguín. Pero ¿por qué me diría aquello a la vez que se desembarazaba de mis brazos?

Fue su manera de decirme que le quitara las manos de encima aquella rubia que me había costado tantos años llevarme al huerto.. Más clara no podía ser. Me gustaría o no pero lo dejaba bien claro. Lo cual siempre es de agradecer. Si algo aborrezco es la ambigüedad. Así, al menos, sabe uno a qué atenerse. Ni siquiera aquella noche pasamos a mayores. Apenas unos besos, un deslizamiento manual por sus sinuosos contornos y poco más. “Es mejor que todo siga como hasta ahora”, se limitó a decir.

Habíamos coincidido en otros viajes mucho tiempo antes cuando nuestros compromisos morales nos ataban más de lo que estábamos dispuestos a sobrepasar. Pero en aquella ocasión todo había resultado mucho más fácil. La misma ciudad, el mismo hotel y los dos solos. La ocasión era única.

Su propuesta era bien clara. Quería que fuéramos al teatro. Sería una de las pocas veces que podríamos escuchar a Sinatra. Primero porque daba la coincidencia de que estábamos en la capital del país, donde él actuaba, y en segundo lugar porque ya le quedaba poca mecha al cantante. En una actuación reciente la “pájara” le había hecho olvidar las letras de canciones que llevaba cantando muchos años.

No podía imaginarme que desaprovecháramos ocasión tan singular de dar rienda suelta a nuestros deseos reprimidos durante tanto tiempo. Quizás ella pensara que la actuación de “La Voz” ya no podría volver a repetirse para nosotros y sí, en cambio, nuestro encuentro. Quizá la asistencia al recital fuera solo un pretexto para posponerlo. Quizá pensara, ¡quién sabe! Que era mejor mantener esa permanente situación de deseo no satisfecho para evitar que se desvaneciera el hechizo de lo desconocido, de lo prohibido, que durante tantos años había alimentado nuestra mutua atracción. O quizás acabara de descubrir que sin todos los elementos que dificultaban nuestra relación hasta ahora, y que realmente la estimulaban, había desaparecido la razón principal de nuestra fascinación.

El caso es que, con desgana, ¡qué coño me importaba a mí Sinatra!, me vestí.

Ella ya lo había hecho. Nos fuimos al teatro. Llegados allí en una noche fría, vimos aglomeración de gente en las proximidades. Encima de las puertas de entrada al vestíbulo un gran cartel luminoso visible desde lejos no cesaba de parpadear.

“Suspendida la función por indisposición del artista”.

San Juan, 28 de febrero de 2018.
José Luis Simón Cámara.

Retazos. 27.

Monólogos en el bar.

Ojeando el periódico en el rincón más cobijado de la barra del bar donde me sirven el “ristreto” a mi gusto, con el vaso de agua, como en las cafeterías romanas, se sienta en el taburete de al lado del mío un señor de unos 80 años, al menos esos aparenta, con pinta y modales de antiguo agricultor, asiduo en sus visitas mañaneras. Aparta el periódico deportivo que tiene sobre la barra delante de los ojos y pide el café con leche.

En la televisión el programa de Susana Grisó entrevista a un tal Lluis Bassat, icono de la publicidad, catalán. Apenas se escucha la conversación entre el movimiento de vasos y bandejas, el arrastre de los taburetes y, sobre todo, el familiar ruido de la cafetera cuando esa membrana externa calienta la leche. Frases sueltas como “¿Qué le parece a usted el veto del ayuntamiento de Girona a la entrega de premios por el rey?”

–“¡Lamenteibol, como diría Forges”.

Forges está hoy y ayer en boca de todos porque acaba de subir al olimpo de sus dibujos.

Poco después, eran ya casi las 9 de la mañana, en la calle se escuchan los pasos precipitados de los padres que llevan a sus hijos al cole con un poco de retraso, comienza una tertulia donde el primer tema del día es la citación judicial del exmayor Trapero, hasta hace unos meses responsable de los Mossos de escuadra o fuerzas autonómicas de seguridad de Cataluña.

Mi vecino en un soliloquio, pues no va dirigido a nadie en concreto dice:

“El carro está atascado y no hay quien lo desatasque, ni para un lado ni para otro. Solo marear la perdiz. ¡Qué hartura! Por la mañana, por la noche, a todas horas, todos los días lo mismo”.

No sé si antes o después le pregunto al camarero:

–¿Cuántos grados había esta mañana cuando llegabas al bar, Pepe?

Pepe suele abrir el bar hacia las 5 de la mañana. Enfrascado en la máquina de café no me ha escuchado. Su mujer le dice:

–“Te están hablando, Pepe”.

–Perdona, Simón, no te escuchaba.

Le repito la pregunta.

–“5 grados. Parece que ha nevado algo otra vez en la montaña”.

Como si no escuchara sigo hojeando el periódico. Otro cliente pide cambio al camarero para seguir echando monedas en la máquina tragaperras. La mujer del camarero le pregunta si hace falta algo más del mercado y así van pasando los minutos. Entra entonces un chico que fue amigo de mi amigo Chimo, muerto ya hace más de un año. Siempre lleva una bolsa de plástico en la mano con algo dentro, no sé si alguna botella, alguna verdura. Más bien, pienso, lo primero, porque parece consistente. Nunca la suelta de la mano. Sin pedirlo le ponen siempre un chupito de wisky en vaso fino y pequeño. Deja el dinero justo sobre el mostrador, se bebe el chupito, saluda y se va con su marcha siempre un poco renqueante. Poco después, nunca suelo estar más de 15 minutos, sigo los pasos del último que ha salido y atravieso la plaza o bien en busca del periódico, si es día de comprarlo o me dirijo al coche para regresar a casa.

San Juan, 26 de Febrero de 2018.
José Luis Simón Cámara.