Sueños. 31.

Al otro lado del dique y golpeándose contra él había unos cuerpos flotando, todos ellos, descubrí horrorizado, pertenecientes a alumnos del Instituto cuyas cabezas iban una y otra vez contra el muro empujados por el vaivén de las olas.

Nosotros estábamos en la ensenada del puerto resguardados por el dique que nos protegía del mar abierto. Aunque sabíamos que el mar estaba picado no creíamos que hasta el punto de acabar con la vida de los tres que, confiados en su experiencia y habilidad, se habían aventurado al baño al otro lado del muro.

Triste final para un día que había comenzado celebrando el fin de curso. Después de los actos académicos, del reparto de premios, de la lectura de discursos tanto de los alumnos que se despedían del centro tras muchos años allí pasados, quizá de los más importantes de su educación, como de algunos profesores recordando su paso por el centro y el futuro que les esperaba, hubo un almuerzo con todo tipo de tapas y bebidas.

Muchos de los alumnos y algunos profesores, aprovechando el buen tiempo, el calor del incipiente verano, decidieron darse un baño, pero no en la playa, donde iban habitualmente. En esta ocasión bastante excepcional quisieron hacerlo en el puerto para evitarse el engorro de la arena.

La mayoría nos lanzamos al agua cerca de la bocana pero por la parte interior y hubo unos pocos que, a pesar de advertirles del peligro, lo hicieron desde las rocas de protección del muro orientado al mar abierto.

No había pasado mucho rato cuando desde el agua vimos a uno de los que se habían lanzado al exterior, gesticulando sobre el dique y dando alaridos de espanto entre los que apenas conseguimos distinguir sus lamentos. Salimos a toda prisa del agua y ya arriba del muro escuchamos la explicación entre sollozos del compañero y vimos los tres cuerpos golpeándose como peleles contra las rocas.

Inmediatamente llamamos a los servicios de socorro. Toda la prisa por venir fue inútil. Únicamente sirvió para recoger con mucha dificultad los cuerpos inertes, ya bastante destrozados por el golpeteo de las rocas y certificar su muerte, algo innecesario dado el lamentable estado en que se encontraban.

Otras veces, con motivo de algunas celebraciones, había habido problemas con algunos alumnos que tuvieron que ser atendidos o por ligeras borracheras o incluso llevados al hospital en coma etílico. Pero jamás había habido un fin de curso tan aciago como aquel año.

Nunca el mar había sido tan poco hospitalario con aquellos jóvenes que quisieron acabar en él, definitivamente en este caso, la fiesta comenzada con hurras y discursos.

En este caso no fue el vino el causante de la tragedia. Fue el agua. ¡Quién lo diría! La fuente y origen de la vida.

San Juan, 5 de Abril de 2017.
José Luis Simón Cámara.

El ruedo ibérico. 9.

Cuando he visto hoy en los medios informativos a Ramón Espinar, diputado y significado prohombre de Podemos, pedir disculpas por haber sido sorprendido bebiéndose dos coca-colas, y, poco después al líder máximo, Pablo Iglesias, admitiendo su error, del que sin duda sacaría fuerzas para endurecer aún más su lucha contra la multinacional americana, no estaba seguro de si toda esa historia era real o más bien un sueño.

He tenido que palparme la ropa. Me he metido la mano en los bolsillos y he sacado un pañuelo para sonarme la nariz. Llevaba los zapatos puestos y eran solo las 9 de la noche. Acababa además de echarles la comida a los perros y soltarlos para que pudieran moverse durante la noche por el jardín. Vamos, estaba claro por todos estos detalles que no se trataba de un sueño. Aunque, claro, ¡quién sabe!, en los sueños todo se presenta como real. Pero no me resultó fácil llegar a esa conclusión porque la historia resultaba alucinante. Por no llamarla ridícula.

Que una fuerza política que ha entrado en el Parlamento como elefante en cacharrería, arrumbando con todo a su paso, con modales y lenguaje chulescos, se vea obligada a disculparse por haber tomado uno de sus dirigentes unas coca-colas me recuerda la estrecha y pacata moral meapilas de la más retrógrada iglesia clerical del franquismo.

Cuando en la época de Cuaresma no se podía comer carne los viernes o la gente dejaba vicios como el tabaco o no se podía enchufar la radio para escuchar música, a menos que fuera religiosa o los bares y, por supuesto, las discotecas tenían que permanecer cerradas, sobre todo los días en que se conmemoraba la pasión y muerte de Cristo …

Recuerdo de cuando estudiaba a los escritores franceses del siglo XIX, una historia referida a Baudelaire. El poeta “maldito” no solo escribió “Spleen de Paris” y “Las flores del Mal”, obras que fueron objeto de procesos judiciales. Además de pasear hecho un dandy por las orillas del Sena, para mostrar la elegancia de su espíritu, como él decía, además de probar todos los alucinógenos de la época, lo que él llamaba “paraísos artificiales”, y por supuesto, los naturales, también era crítico de arte. Acudía a las exposiciones que se hacían en los Salones y con un criterio bastante exigente, independiente e insobornable, establecía relaciones entre la belleza poética y pictórica en los momentos previos a la explosión de los “ismos”, comenzando por el impresionismo, a alguno de cuyos precursores admiraba.

Pero era implacable y hasta despiadado con los autores cuya obra no cumplía a su juicio la función del arte.

En una ocasión concretamente manifestó su disgusto ante la obra de un pintor desconocido para él. Días después, informado ya del autor, de su obra y sus costumbres, creyó entender por qué su obra no cumplía los requisitos del arte.

El autor era abstemio. Solo bebía leche. Ahora se lo explicaba todo.

Para él, ávido de ebriedad, de donde quiera que viniera, del vino, de la poesía o de la virtud, del hachís, del cielo o del infierno. Eso no importa, como tampoco de dónde venga la belleza.

¿Qué hubiera pensado Baudelaire de aquel joven barbado sorprendido bebiendo coca-cola? ¿Lo habría quizás invitado a probar alguno de sus paraísos artificiales o hubiera sido suficiente con los naturales como beberse una tercera sin disculparse ante nadie bajo cualquier puente del Sena?

San Juan, Abril de 2017.
José Luis Simón Cámara.

Retazos. 14.

La mañana del sábado viene a casa una señora a limpiar. Inma me manda a la carnicería-tienda a comprar algo y allí me encuentro con algunos vecinos haciendo cola. Por suerte veo el producto por el que he ido, lo cojo y dejo el precio justo encima del mostrador.

Encarna, vecina de casa desde la infancia, que está entre los que esperan su turno, me saluda y pregunta:

— José Luis, ¿conoces a este chico?
— Pues no caigo. ¿Quién es?
— Es José Luis, el hijo de Carlos el de la Salud.

Empiezo a recordar el aspecto de un niño al que se le parece desde hace muchos años. Lo saludo.

— Eres entonces el hijo de Carlos y nieto de Carlos y Salud.
— Sí, el mismo. Pero hace tiempo que no vivo aquí.
— ¿Dónde vives?
— En Alemania.
— Y, claro, trabajas allí.
— Sí vivo y trabajo en Francfurt.
— Y ¿a qué te dedicas?
— Doy clase en la Universidad.
— ¡Ah, hombre! ¡Qué interesante! Y ¿de qué das clase?
— Explico a los filósofos del siglo XVI.
— ¡No me digas! Y ¿hay una o varias universidades en Francfurt?
— Hay solo una.
— Pues yo tengo un hijo que vive y trabaja en Bruselas, también en la Universidad.
— ¡Vaya! ¡Qué curioso! Y ¿en qué especialidad?
— En Relaciones Internacionales. Dirige además el Real Instituto Elcano en Bruselas.
— ¡Ah! Muy interesante.

Le pregunto el nombre por la posibilidad de que algún día puedan encontrarse.

— José Luis Egío García.
— Viel spaas, le digo, “Que lo pases bien”, haciendo pinitos en alemán por mi próximo viaje a Viena.

Él me corrige amablemente la pronunciación.

No salgo de mi asombro. Su padre, Carlos, es bastante burdo al menos. Y recuerdo a sus abuelos. Carlos, con su eterna camiseta blanca de tirantes durante casi todo el año y sus largas patillas, sin más cultura que la poca de la calle. Y Salud, su mujer, hermana del Pablo, siempre con las cabras y el cayado colgado del antebrazo, de una humildísima familia de la sierra, autor de la teoría de la mujer del hueso fino, que desarrollaré en otra ocasión. Es realmente sorprendente que este chico esté ahora explicando en la Universidad de Francfurt a los filósofos del siglo XVI, nada menos que a Erasmo, Montaigne, Maquiavelo, Luis Vives, Francisco de Vitoria, Suárez, a los padres de la Europa moderna. Un joven del Siscar dando clases de filosofía en alemán a los teutones en el corazón de Europa.

Se lo cuento a mi hijo, que se acuerda de los dos mellizos de pequeños, casi de su edad, cuando correteaban por la calle, y también asombrado, comprueba la veracidad de su historial.

San Juan, 28 de abril de 2017.
José Luis Simón Cámara.

Retazos. 13.

Estoy pasando unos días en el Siscar, acompañado de Inma y los niños. Mi hija está de excursión por Málaga y mi hijo en Bruselas donde reside. Cuando hablo de los niños me refiero a mis nietos que cada vez ocupan más el tiempo de estancia aquí, donde los amigos se reducen con el paso de los años. Esta mañana, después de subir al monte con mi amigo José Francisco, ¡es curioso cómo nuevos amigos reemplazan a los desaparecidos!, he ido con Juan a visitar al hijo del antiguo peluquero, José María el barbero, del que decían que estaba un poco loco, y todo, según creo, porque en las madrugadas de no sé qué fechas, recorría el pueblo a lomos de un caballo. Su hijo, también José María, esas costumbres de heredar el nombre también se van perdiendo, lleva el camión de unos viveros y además cría animales en unas conejeras o cuadras del patio de su casa. Pollos, faisanes, pavos reales y sobre todo conejos, de los que con relativa frecuencia le compramos alguno, o bien para comerlos allí mismo con patatas fritas o con arroz, o para llevárnoslos a San Juan. Mi nieto quería hoy un conejo, pero vivo. Cuando hemos llegado a su casa y le he dicho a José María el objetivo de la visita le ha preguntado a Juan:

— ¿De qué color lo quieres?
— Blanco, le dice el niño.

Allá que entra José María a la conejera y sale con un hermoso conejo blanco. Un saco de cáñamo que había arrugado por allí encima entre otros enredos ha servido para llevárnoslo a casa. Juan iba tan contento y despreocupado con su trofeo en la mano, apenas daba crédito a haberlo conseguido, que la base del saco casi rozaba el suelo de la calle. De vez en cuando me lo pasaba, era demasiado peso para él. En el patio de la casa y ante la sorpresa de su hermana y de su abuela ha abierto el saco y ha salido el conejo blanco como si un mago lo hubiera hecho aparecer bajo el sombrero de copa. Lo ha tenido un rato entre macetas y revolcones. Cansado ya del conejo lo hemos vuelto a meter en el saco, un poco mojado de arrastrarlo por el patio recién regado, y se lo hemos devuelto a su dueño.

— José María, le dice Juan, queremos llevarnos dos conejos muertos, pero no el blanco. Y uno de ellos troceado como siempre, pero el otro sin despellejar.

Juan quería despellejarlo y partirlo él en casa. A pesar de mi insistencia y la de José María en que lo despellejara allí mismo, Juan se ha salido con la suya y nos hemos llevado los dos conejos, uno despellejado y troceado y el otro muerto pero sin despellejar. Al llegar a casa le hemos quitado el pellejo entre Inma y yo, como se ha hecho toda la vida, soplando a la altura del lomo para que no se interfieran los pelos, abriendo una brecha con un cuchillo, metiendo los dedos y estirando de la piel en dirección contraria hasta la mitad de la cabeza por un lado y de las patas traseras por otro. Se recorta por ahí la piel y, ya colgado con una cuerda en los barrotes de la escalera del patio, se va cortando la carne después de vaciarle las tripas y restos de excrementos de la barriga, quitándole con mucho cuidado la hiel para que no se rompa y amargue la carne que roza. Inútil toda advertencia. El niño, enfrascado en la insólita operación de cortar trozos, acaba salpicado por alguna de las inevitables gotas de sangre que el balanceo del pobre animal colgado de la escalera proyecta en ropa, manos y cara.

San Juan, 27 de Abril de 2017.
José Luis Simón Cámara.

Sueños. 29.

–¿Has leído algo de Javier Cercas?

Le pregunto mientras vamos hacia la playa. No se trata de una pregunta impertinente porque con frecuencia hablamos de libros, de las últimas lecturas, sobre todo si por alguna razón nos han llamado la atención. En los últimos meses se había multiplicado la presencia de obras sobre la guerra o posguerra tanto en España como en Alemania. Meses atrás hicimos un viaje a Munich y una de nuestras asiduas compañeras matinales es alemana.

“A sangre y fuego” de Manuel Chaves Nogales, “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez, o “Palomas en la hierba” de Wolfgang Koeppen y “El lector” de Bernhard Schlink, son algunas de las obras leídas y comentadas en nuestras conversaciones cuando corremos y muestran como pocas la crueldad de que es capaz el ser humano. En la península Ibérica, con una España desgarrada por la guerra civil y en la culta Alemania, patria de insignes filósofos, pensadores y músicos, donde el horror alcanzó límites inimaginables. Y decía que la pregunta era pertinente porque pensábamos regalarle a Rafa por su cumpleaños la última novela de Javier Cercas, que es justamente un ejercicio de desmitificación de un tío suyo que en el imaginario familiar era considerado un héroe de la guerra civil. El autor lo coloca en el sitio que le corresponde, como debió de ocurrir a la mayoría que, con contadas y admirables excepciones, le tocó en suerte o en desgracia la pertenencia a uno u otro bando por razones geográficas o familiares más que por razones propiamente políticas. Sí que había leído otra obra del autor publicada años atrás, “Soldados de Salamina”, aunque alguien le había dicho que, por su dificultad, se trataba de una obra para especialistas, para expertos. Le digo que estoy en absoluto desacuerdo con esa apreciación, al tiempo que, llegando a la playa, nos acercamos a una casa invadida por el agua del mar y, a pesar de eso, habitada, porque aparece una señora como saliendo de la cocina, con agua hasta la cintura. Quizá pudo influir en el sueño la reciente visita a Guardamar del Segura, donde vi no solo casas devoradas por el imponente oleaje de hace unos días sino grandes trozos de la carretera también comidos de forma irregular. La señora avanzaba esforzándose entre el oleaje que le lamía hasta el pecho y levantando los brazos para proteger el plato con una tortilla de patatas que parecía llevar hasta el comedor, un poco más allá, donde su familia esperaba sentada en torno a una mesa que flotaba literalmente sobre el agua. Nosotros, casi ajenos a aquella circunstancia, como considerándola normal, discutíamos sobre la comprensión de la novela y la dificultad o no para entenderla. Un viejo tema de discusión en el ámbito de la cultura. ¿Hay que facilitar la comprensión de un texto dándolo mascado para la mayoría o es mejor intentar elevar el nivel cultural del pueblo con obras difíciles que exijan un esfuerzo?. ¿Acaso los refranes, quintaesencia del saber popular, no son una muestra ejemplar de la capacidad del pueblo llano para entender lo difícil? “Ande yo caliente y ríase la gente”, “Cuando las barbas de tu vecino…..”, “Más vale pájaro en mano que ciento volando”, “Obras son amores y no buenas razones”, etc.. ¿No son acaso condensaciones culturales perfectamente entendidas, asumidas y usadas por el pueblo llano incluso carente de estudios?.

Días después, en el reconfortante y acogedor ambiente de un bar del pueblo, alrededor de una mesa, jamón, queso, manitas de cerdo y vino, le regalamos “El monarca de las sombras”.

San Juan, 5 de Abril de 2017.
José Luis Simón Cámara.